Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Hace algunos años la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana, con la colaboración de la Universidad Autónoma de Aguascalientes organizó un foro en el que se analizaron con ponencias magistrales y la participación de personajes relevantes de la cultura y la ciencia nacionales, así como de destacados paisanos y la asistencia y participación de estudiantes y de interesados en general, las condiciones del desarrollo de la ciudad de Aguascalientes, sus perspectivas a corto y a mediano plazo con énfasis en la visión y participación ciudadana.

El hecho es que, aún las ciudades que presumen de una planeación relevante como es el caso de la nuestra, no resisten el menor análisis crítico. El gran eje que es la avenida Oriente-Poniente, bautizada luego Adolfo López Mateos y el sistema de anillos de circunvalación, surgieron del trabajo de uno de los primeros urbanistas mexicanos, Carlos Contreras, por cierto hijo del gran pintor aquicalidense Jesús F. Contreras, quien bajo los auspicios del gobernador Ing. Jesús M. Rodríguez y siendo presidente municipal el Ing. Luis Ortega Douglas, desarrolló el primer plano regulador de la ciudad. El proyecto original sufrió algunos ajustes, inevitables según se dice, por los intereses económicos y políticos, la limitada perspectiva de los planeadores y la inmediatez de los resultados políticos que se buscan.

Se sabe que el proyecto original de la Oriente-Poniente era más ancho pero, a mi no me lo crean, se dice que un gobernador se las agenció para adquirir terrenos en las áreas que ocuparía la avenida que, básicamente sería el cauce del arroyo de los adoberos. Un gobernador siguiente, dicen, decidió no permitir que el anterior hiciera un pingüe negocio y determinó estrechar las medidas de ancho de la vía aprovechando para comprar los terrenos que quedarían entre el proyecto original y la ejecución definitiva. Cierto o falso la avenida resultó insuficiente y sobre todo adolece de un cauce pluvial adecuado, como lo tienen algunas avenidas de otras ciudades en las que se tomó en consideración el caudal de las aguas en la temporada de lluvias. El mismo problema se provocó con la innecesaria a todas luces reconstrucción de la avenida Madero en que se destruyó la vialidad más sólida y bien hecha de la ciudad, para sustituirla por una carpeta llena de irregularidades en la que, también se olvidaron de que, a veces, en Aguascalientes llueve. Igual pasó en Zaragoza, lo mismo en Carranza y más recientemente en Galeana o Nieto.

La ciudad se ha destruido a ciencia y paciencia de las autoridades. Se han perpetrado crímenes destruyendo zonas céntricas como el Barrio de Triana, en el que hasta el nombre original tiende a perderse, en aras del desarrollo y crecimiento de una fábrica por el capricho de un empresario que se empeñó en hacerla y crecerla donde quiso, incluso con el costo de varias vidas por sus excentricidades y tosudez.

El llamado centro histórico ha perdido completamente su fisonomía, privilegiándose la destrucción de fincas para convertirlas en solares de estacionamiento o transformando casas unifamiliares en edificios de departamentos, condominios o comercios, que recargan los servicios viales, de agua y drenaje en una zona que no fue pensada ni construida para soportar esas cargas. Sin embargo todas esas modificaciones e intervenciones se han hecho con autorización de los funcionarios, particularmente del ayuntamiento. Algunos que han permanecido años en funciones en que deberían haber preservado la ciudad han sido sus principales depredadores, pero no dioquis, pues aprovecharon su función pública para enriquecerse a costillas del aspecto y función de la ciudad.

La planeación racional de la ciudad se estrella de repente con los intereses comerciales y más que eso, especulativos de algunos influyentes. El trazo de la avenida Colosio que habría de continuarse hacia el oriente cruzando la carretera panamericana, se vio abruptamente interrumpido por la construcción de un gran centro comercial a la salida a Zacatecas, que angustió la circulación tanto en el entronque del boulevard con Colosio, como de las zonas habitacionales al oriente del complejo comercial que encontraron inhabilitada la salida natural ya proyectada.

La pregunta que se antoja ante el inicio de una nueva administración municipal es “Qué ciudad queremos”. La que tenemos se está tornando invisible, se sigue privilegiando el uso del automóvil y aunque fue un programa de campaña del gobernador, si no saliente, sí con un pie en el estribo, el mejoramiento del transporte público, la realidad es que no es una alternativa real para traslado cómodo y seguro. Hace 61 años, siendo yo un mocoso, acompañando a mi abuelita en un viaje a Monterrey,  mis tíos, sobrinos de ella, vieron la manera de hacerme viajar a San Antonio, Texas, yo solito. Fue toda una experiencia, en el zoológico monté en elefante. Descubrí el root beer y el Dr. Pepper y las máquinas automáticas expendedoras. Fui a la Villita y me sentí orgulloso de ser mexicano en el Álamo. ¡Ah! y me sorprendió el transporte público: los autobuses modernos, limpios, con mobiliario cómodo, con aire acondicionado. En las paradas un anunció señalaba la hora de llegada y partida y, ¡créanlo o no a esas horas llegaban y partían! A 61 años lo más “currito” de nuestro transporte urbano sigue siendo de tercera, comparado con lo de entonces en San Antonio, Texas.

¿Es lo que queremos? Una ciudad de automóviles, en que los estacionamientos carcomen nuestras manzanas, los vehículos invaden las zonas peatonales, los accesos y zonas prohibidas se pasan por alto. Una ciudad en que los ciudadanos deben tomar medidas extraordinarias de seguridad para tratar de hacer su vida ordinaria. Una ciudad en que los servicios públicos se encarecen por una actividad administrativa que privilegia obras de oropel y lucimiento personal en detrimento de las funciones básicas. Una ciudad que sufre la destrucción paulatina de sus señas de identidad y en la que si usted se para en la esquina de 5 de mayo y Rivero y Gutiérrez, (donde por cierto la pasada administración municipal autorizó la destrucción de la antigua casa de Francisco de Rivero y Gutiérrez, benefactor de la ciudad, para poner unos localillos comerciales) no sabe si está en Aguascalientes, en Tuxtla Gutiérrez, en Durango o cualquier otra ciudad: los mismos anuncios, las mismas tiendas, los mismos ruidos, los mismos vendedores ambulantes.

Es un buen momento para la naciente administración municipal de plantearse la pregunta ¿Qué ciudad queremos? Y luego responder si la ciudad se está convirtiendo en la que queremos que sea.

bullidero.blogspot.com  facebook jemartinj  twitter @jemartinj

 

¡Participa con tu opinión!