Por Dra. Ednna Milvia Segovia Miranda

El evento de la migración es un fenómeno global y transfronterizo, multifacético. Migrar nunca ha sido ajeno a la condición humana, el mundo ha sido poblado a través de la migración, países como Estados Unidos han sido forjados con trabajo de migrantes, por generaciones y generaciones. También es muy conocido que desde hace varios años -a través de resoluciones- se ha venido exteriorizando la preocupación sobre la situación tanto de los refugiados, apátridas, desplazados internos como de los migrantes, reafirmando la importancia de brindándoles protección y asistencia, sin embargo, continúan desprovisto de condición jurídica o social alguna.

Los migrantes siguen siendo objeto de un doble discurso político en el que se vinculan dos conceptos antagónicos: exclusión e inclusión. Pero sobre todo, una cruda y dolorosa realidad es que siguen siendo objeto de palpables, dolorosas y peligrosas vicisitudes, arriesgan sus vidas para huir de las “economías del bienestar” de nuestros países latinoamericanos para poder vivir en el “capitalismo salvaje” norte-americano. Todo se recrudece cuando se trata de niños que viajan separados de sus familias o sin acompañamiento. Está claro que nadie deja atrás a su familia, su tierra, sus afectos, si no tiene una razón poderosa para hacerlo. La migración debería ser una opción y no una obligación.

Hemos sido testigos de grandes movimientos migratorios y es alarmante la inmisericorde actuación de los llamados “Coyotes” hombres y mujeres; aunque está por demás decir que la red de traficantes de personas no se constituye por un par de personas. Muchos años atrás, al “pollero” hasta se le llegó a atribuir una labor social pues guardaba al menos un gramo de humanidad, pero hoy, son desconocidos impuestos por el crimen organizado. La muerte de los migrantes en la frontera de Texas con México -y ni quÉ decir también de la masacre en la frontera de Melilla-, son catastróficas. Los migrantes no son una estadística, detrás de las cifras y de los porcentajes están seres humanos, familias y nombres. El dolor de estas tragedias es incalculable. Migrar es humano, sí; pero hacerlo sofocado, escondidos o amontonados, con el latente peligro de encontrar la muerte, jamás será humano. ¿Qué hay en la cabeza de los polleros que los dejaron morir?, nada, la banalidad del mal. Thomas Hobbes en su obra El Leviatán, tenía razón al decir que “el hombre es un lobo para el hombre”.

Ser migrante significa ser otro, más específicamente, «el otro» o incluso «lo otro”. Ser «otro» alude a la diferencia; pero ser «el otro» implica una noción de alteridad: distinto, extraño, peligroso; ser «lo otro» agrega la cosificación. De ida y vuelta, los migrantes son cosificados, clasificados, estigmatizados ante la opinión pública, amedrentados e invisibilizados. Debemos recordar que el respeto a la dignidad humana es la base de la civilización. Permitir violaciones como las que se cometen contra los migrantes nos hace daño a todos como sociedad. Si queremos defender la dignidad de nuestros connacionales más allá de nuestras fronteras, debemos tratar a todas las personas como tales.