Una parte de la Sierra de Tepezalá está conformada por piedra caliza, que no le sirve a nadie. Pero debo corregir: la piedra caliza sí le sirve a alguien, aunque no a la gente que vive en el Puerto de la Concepción, sino a otros, gente sin rostro, o etéreas organizaciones: allá abajo, en Arroyo Hondo, la Catedral del Progreso se alimenta de ella, la engulle con una voracidad insólita, y luego defeca sacos de cemento, cemento blanco, mortero, pegazulejo, para seguir llenando de concreto el planeta, dotando a la Madre Tierra de un vestido de porquería. Yo no sé… Ciertamente todos estos productos contribuyen a elevar nuestra calidad de vida, ¿pero será forzoso que debamos pagar el precio brutal de la contaminación de esta siembra de la muerte?

Por cierto, en una de mis últimas visitas al Puerto, al constatar semejante desolación, le pregunté a alguien su opinión sobre lo que ocurría. Su respuesta fue que gracias a esta minería había trabajo para muchos, cosa por demás benéfica, pero… ¿No habría alguna forma de conciliar todos estos mundos; estos intereses, los de la Tierra, los de la gente, los del capital; conciliarlos de tal manera que todos salgan beneficiados?

En fin. Hace unos días conversé con el maestro Ramón González, persona muy principal de Puerto de la Concepción, Tepezalá. De la plática que tuvimos rescato un par de cosas que comparto con usted. En primer lugar, la idea de que si, como dicen algunos en Tepezalá, esta cabecera municipal es la puerta del cielo, Puerto de la Concepción es el cielo mismo… Saque usted su conclusión.

Por cierto, también hace unos días vi uno de esos magníficos documentales que produce la alemana Deutsche Welle, sobre el río Misisipi. Uno de los segmentos estuvo dedicado a la nación Choctaw, uno de los denominados pueblos originarios de los Estados Unidos, establecida en el estado de Misisipi. En una ceremonia de iniciación, el líder Choctaw declara su beneplácito porque “la boca de la Tierra”, que es el centro del mundo, esté en sus tierras. Según su creencia, de ahí salieron todos los pueblos del planeta.

A esto agregaré que el significado de la palabra México es Ombligo de la Luna, y procede de los términos metztli, luna, xictli, ombligo, y co, lugar. Esto según el sitio de Internet de la Secretaría de Relaciones Exteriores, es decir, que al parecer algunas culturas asumen que su lugar es el centro del universo, o ya mínimo de la Tierra.

¡Vaya! Incluso ya ve que aquí algunos dicen que somos… El gigante de México. Pero los que sí se volaron la barda fueron los ingleses, o más bien el poeta William Blake, que a principios del siglo XIX escribió el poema titulado “Y caminaron esos pies en tiempos remotos”, cuya cuarteta final proclama: “No cesaré de luchar mentalmente/ni se dormirá mi espada en mi mano/hasta que hayamos construido Jerusalén/en la tierra verde y apacible de Inglaterra”. La referencia es, por supuesto, a la Jerusalén celestial, preconizada por el libro del Apocalipsis, que según Blake se construirá en… Inglaterra. Aunque quizá sí sea cosa de los ingleses, y no solo del poeta. Lo digo porque hace poco más de un siglo Hubert Parry le puso música al poema, que se convirtió en el himno extraoficial de Inglaterra, y es tan popular que se interpreta con bombo y platillo en el concierto final de la temporada de conciertos de verano en Londres, más un montón de ocasiones de las que no me entero.

No sé… Si veo este asunto desde una perspectiva chovinista, desecho el tema de inmediato, porque me parece una manera muy corta de ver las cosas; la forma que tienen muchos de verse el ombligo. Pero en todo caso hay que ser pacientes con esta perspectiva, porque en última instancia, en nuestra pobreza, en nuestras limitaciones, todos somos más o menos egocéntricos, y la verdad no es para menos porque, como diría Perogrullo: estamos todo el tiempo con nosotros mismos, escuchamos nuestra mente de tiempo completo, al igual que nuestra voz; lo vemos todo con nuestros ojos, escuchamos con nuestros oídos. Entonces, nada más natural que batallemos para ver más allá de nosotros mismos; escuchar otras voces que no sean la nuestra.

Pero hay otra perspectiva… Digna de consideración, que tiene que ver con echarse un clavado en nuestro interior, impulsados por las maravillas que nos rodean. A lo mejor resulta que Aguascalientes es, también, el centro del mundo, pero no nos damos cuenta porque andamos muy ocupados con las ventas calientes, la entrega inmediata, las prisas por llegar, siempre llegar, ganar, llegar; distraídos por los ruidos urbanos, vaya, venga, compre, quítese, muévase, llame, conteste, disfrute, verde, amarillo, rojo, rápido; todo rápido…

Quizá sea eso, y lo que hace la diferencia con Puerto de la Concepción; lo que hace de este rancho un lugar mágico es que ahí no existen las distracciones visuales, auditivas, propias de urbes como la nuestra. Ahí reinan el silencio y la soledad; quizá esto es lo que genera la magia, la posibilidad de escuchar la voz de la Tierra; su clamor.

En segundo lugar, el maestro Ramón me comentó que en esta fiesta de San Pascual Baylón que acaba de pasar, 17 de mayo, se preguntaba de dónde salía tanta gente; tantos desconocidos como le tocó ver, y agregó: “Han de ser fantasmas, que regresan a pagarle alguna manda a San Pascual”. La idea me gusta, encaja muy bien con el espíritu del rancho y sus fantasmas, como en la Comala de Pedro Páramo. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).