El Cerro de San Juan, altura muy principal de la Sierra de Tepezalá… Una de las cosas que llaman poderosamente mi atención es que según se vaya uno moviendo, esta cumbre cambia de forma… Si uno la ve de frente, digamos desde el Observatorio de Tepezalá, o desde la loma en la que el primer domingo de septiembre inicia la bajada de los indios en su ancestral enfrentamiento con los españoles en la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Tepezalá, parece un león echado, en actitud de descanso. Pero si se transita por la carretera que comunica esta cabecera municipal con la de Asientos, la forma va cambiando, el cuerpo del felino desaparece y lo que se destaca es una enorme formación rocosa de un color verde suave, oscuro, como si se tratara del lomo de una bestia mítica, digna de Helios y Selene. Si se trasciende la frontera municipal y llega a Asientos, la cumbre se alarga y se mimetiza con las demás alturas de la región.

Perdone usted el título de estas líneas, esta redundancia con la altura, pero es que fíjese, señora, señor: si ya de por sí Tepezalá, la cabecera municipal de esta comprensión administrativa, está en las alturas de Aguascalientes, resulta que Puerto de la Concepción está todavía más arriba. De hecho, valle de por medio, se alcanza a ver desde ahí el jalisciense Cerro de los Gallos, y hacia el norte, más allá de las fronteras estatales, hasta el estado de Zacatecas. O sea que desde aquí, como en la canción del carbonero, “se divisa el mundo entero”. Aunque ciertamente, hablar de las altas alturas de Aguascalientes a final de cuentas no es para tanto. No hay por aquí unas Cumbres de Maltrata, ni una Rumorosa, ni unos Altos de Chiapas, ni unas Barrancas del Cobre, aunque luego no faltan los que sacan el cobre. No hay nada de eso por estos lares, sino apenas unas humildes alturas pero, ¿qué quiere? Tratándose de la Suave Matria, todo es grande y maravilloso.

Puerto de la Concepción. El paisaje, la tierra donde fue sembrada esta comunidad, trae a mi memoria aquel poema de Federico García Lorca: Tierra seca, tierra quieta, de noches inmensas… Si me ubico en la calle del templo, digamos desde el lado noreste, y observo la arteria hacia el sur, con el templo y la plaza al fondo, o si observo las casas de piedra, que parecen una prolongación inteligente de la misma tierra, que se alza para conformar paredes y bardas, se me figura que se trata de una especie de centro cósmico, un lugar donde la Tierra se convierte en un altar en el que abre los brazos para abrazar las estrellas; algo así.

A propósito de esto último, recuerdo una noche de diciembre, ahí a un lado del templo dedicado a la Inmaculada Concepción, durante la presentación de una pastorela. Mientras los niños reían ante las gracejadas de los chamucos en el improvisado escenario, ahí a un costado de la placita del lugar, me retiré un poco, lo más lejos de las luces que pude, y me dediqué a observar el espacio cuajado de estrellas: Tauro, Orión, Géminis, los Perros… La oscuridad era tal, y tan magnífica, que jamás he vuelto a ver tantos satélites como observé esa noche. Iban y venían a placer, lo más cerca de las estrellas que se puede estar por estos lares, pero tan lejos de mi espíritu…

Puerto de la Concepción… Un lugar en medio de la nada; mágico. Tan así que por ahí no se llega ni a Roma ni a Londres, ni a Moscú o Buenos Aires… Cuando mucho, se puede ir a Tepezalá o El Tepozán, y ya de ahí, al resto del mundo. Aunque muy probablemente el lugar resguarde el ombligo del Universo; una puerta de las estrellas.

Pero éstas son puras elucubraciones mías, porque uno observa el entorno y no puede menos que preguntarse a quién se le habría ocurrido fundar aquí, justamente aquí, donde reinan la sequía; el semidesierto, la pobreza, los calores y los fríos que no dejan nada bueno. ¿A quién? Seguramente a algún minero, nomás para estar cerquita de su fuente de riqueza y trabajo. Porque en efecto, cuando se va para allá, encuentra uno en los tres kilómetros que separan la carretera del rancho importantes vestigios de la actividad minera: planicies innaturales fabricadas con desechos mineros, carentes de cualquier tipo de vegetación, edificios industriales habitados por fantasmas. Seguro que por eso se fundó el lugar, porque de otra manera no se entiende. Y sin embargo, también podría preguntarse uno: ¿por qué se aferra la gente a vivir aquí? ¿Por qué no se distribuye en alrededores más amables? ¿Cuál es la gracia de este lugar? No hay aquí instalaciones deportivas, cines, centros comerciales, ni todas esas cosas que caracterizan la vida urbana; la moda. Aquí lo que abunda es el Sol, la claridad del aire, el silencio, y esta piedra caliza que no le sirve a nadie… Tan es así que uno de los primeros ejidos del estado es precisamente el de esta comunidad, establecido en una fecha tan lejana como 1922, es decir, en tierras inútiles para el cultivo; tierras flacas, siempre sedientas, siempre deslumbrantes de tan secas… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).