Claudia Guerrero
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-A 33 meses de iniciado su Gobierno, el Presidente Andrés Manuel López Obrador llega a su Tercer Informe de Gobierno con saldos negativos que van desde los 90 mil muertos por la violencia y más de 250 mil fallecidos por la pandemia, hasta un aumento del 24 por ciento en los niveles de marginación extrema, que incluso ha puesto en duda la eficacia del corazón de su proyecto político: primero los pobres.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador llega a su Tercer Informe de Gobierno en medio de un ambiente de polarización, alimentado por un discurso hostil, en el que prevalecen la descalificación y hasta el insulto.
La tensión entre el Mandatario y sus adversarios políticos no solo se ha mantenido en los dos años y nueve meses de Administración, sino que incluso se ha incrementado con el paso del tiempo.
En el más reciente episodio de confrontación, el tabasqueño se ha lanzado contra el ex candidato presidencial del PAN, Ricardo Anaya, acusado por la FGR de lavado, cohecho y asociación delictuosa, en la trama de sobornos pagados por el ex director de Pemex, Emilio Lozoya.
Aprovechando el foro de las “mañaneras”, ha calificado al panista de marrullero, chueco, hipócrita y ladrón, por acusarlo de instrumentar una persecución política en su contra.
Antes, en las campañas electorales y, ahora, desde Palacio Nacional, el Jefe del Ejecutivo practica un discurso provocador, pero, al mismo tiempo, mantiene cerrado al diálogo con la Oposición.
Hasta ahora, solo ha abierto las puertas de sus oficinas a los suyos, a los militan en Morena, el partido que fundó.
La estrategia ha derivado en reproches y reclamos, pero también en críticas permanentes a sus proyectos y políticas públicas.
Para él, los opositores están moralmente derrotados, aunque terminaron dándole la razón al unirse en el bloque del PRIAN y tratar de frenar a la Cuarta Transformación.
Desde su tribuna, los ataques del Presidente han alcanzado a políticos, partidos, jueces, empresas -nacionales y extranjeras–, órganos autónomos, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación y hasta a una clase media linchada públicamente por sus decisiones en las urnas.
Los misiles han sido lanzados contra colectivos feministas, escritores, ambientalistas, defensores de derechos humanos, candidatos, rectores, gobernadores, consejeros y magistrados electorales, ex presidentes y gobiernos extranjeros, como los de España y Estados Unidos.
En la definición el Presidente, los opositores electorales son corruptos y conservadores.
Los jueces, pertenecen a un Poder Judicial podrido, que responde a los intereses de una minoría rapaz, acostumbrada a mantener al Gobierno como su rehén.
Los órganos autónomos son estructuras ineficientes y onerosas, que solo sirven de florero ante quienes ostentan el poder económico.
Según el tabasqueño, el INE y el Tribuna Electoral están llenos de consejeros y magistrados de consigna, que no practican la democracia y que deben renunciar al cargo.
Los medios, en su concepción, operan como instrumentos de grupos de interés, que lo atacan todos los días y le pegan porque no les paga.
En su visión, la clase media es aspiracionista, individualista, egoísta, clasista, racista y hasta ladina.
López Obrador ha encontrado en muchos a los enemigos de su proyecto.
El choque del Mandatario con quienes considera sus oponentes no se ha quedado en la descalificación verbal, sino que ha derivado en presiones sobre otros poderes, renuncias forzadas, litigios y acusaciones penales.
La poca comunicación que ha tenido con opositores se ha limitado a gobernadores emanados de partidos diferentes al suyo.
Pero la relación no ha fluido del todo, como lo prueba la fractura de la Conago y el surgimiento de Alianza Federalista, integrada por 10 mandatarios del PRI, PAN, PRD, MC e independientes que también fueron al choque con el inquilino de Palacio.
López Obrador ha peleado con cualquiera que sea crítico de su Gobierno o no se alinee con sus prioridades.
En sus lances, el Presidente ha arremetido hasta en contra de los suyos.
Ha desmentido públicamente a colaboradores como Alfonso Romo y Arturo Herrera, y recientemente calificó de ultraneoliberal al subgobernador del Banco de México, Gerardo Esquivel, a pesar de su cercanía.
En esa línea, ha regañado a diputados y senadores de Morena por no conseguir que se aprueben sus reformas y ha leído la cartilla a los militantes de esa fuerza política por lo que ha definido como su incapacidad para entender el momento que viven.