Moshé Leher

Pues no, tampoco festejamos el Año Nuevo de la ‘era común’, ustedes entenderán que los judíos no podemos, ni queremos, hablar de los años antes o después de Cristo, por razones que a ustedes les resultarán obvias; de hecho el festejo de Rosh Hashaná, nuestro año nuevo, será entre los días primero y segundo del Tishrei, el séptimo mes del calendario hebreo, que en el Gregoriano, el calendario, claro, correspondería a los dos días que van del atardecer del 25 al aterdecer del 27 de septiembre próximo.

Por lo demás nosotros no recibiremos el año 2022, sino nada menos que el 5783, que ya son años.

Omito cualquier explicación, porque tampoco festejo esos días, pues para empezar ni tengo un cuerno de carnero (Shofar) para tocar, ni con quién celebrar, que como sea es una ventaja.

En fin que, para que vean que no soy ni tan huraño, ni tan aguafiestas como algunos malpensados suponen, yo alguna cosa festiva hago estos días para unirme a las celebraciones de los gentiles (los goy), que para mí no es que sean simpáticos y gentiles en el sentido de la tercera entrada del Diccionario (hermoso, amable y que tiene gracia), sino en las dos primeras: paganos.

Mal me fue la primera vez que se me ocurrió acudir a una fiesta de esas de Fin de Año, la del 95-96 del siglo pasado en Barcelona, donde acudí con mi pareja de entonces a una macro celebración en el Palau dels Esports, arriba de la ‘montaña mágica’ de Montjuic: entrada, uvas, cinco copas por no me acuerdo cuántos miles de pesetas, de las de antes.

En el Palau Nacional seguimos a un grupo que pensábamos iba a donde nosotros, y que iban a hacer botellón en la explanada de un estacionamiento, por lo que ya casi a las doce nos adentramos en ese laberinto de senderos empedrados y curvas pavimentadas, donde irremediablemente quedamos a media noche -lo supimos cuando escuchamos las campanadas lejanas- perdidos en una madrugada helada.

A la fiesta llegamos cerca de la una y acabamos de pleito.

Un año después, ya con una compañera más comedida, fuimos a Madrid a las famosas campanadas de la Puerta del Sol, lo que repetí al año siguiente, para recibir el 97 y el 98, lo que en la memoria se ve idealizado: campanadas, uvas, botellas de cava, algarabía, hasta que me acuerdo de un pleito que tuve con unos chilenos un año, el primero, y una lluvia de botellazos y una batalla campal, el segundo.

Como sea desde mi regreso y hasta hace unos años, mi compadre Antonio que es astur, un grupo de amigos y yo, festejábamos con una comida (siempre fabada asturiana traída de Prendes, sidra natural de Gijón y arroz con leche), veíamos las campanadas en la TVE, nos poníamos como cubas y dábamos por terminada la celebración a las seis o siete de la tarde, hora en que yo me iba a dormir, para no amanecer sino hasta bien entrado el primero de enero.

Mi compadre hace años que se marchó a climas más cálidos, de tal manera que desde entonces hago cualquier cosa que se presenta (menos ir a restaurantes u hoteles a celebrar con perfectos desconocidos), y a veces nada.

Hace un par de años recibí en casa a unos amigos madrileños; armamos una buena jarana, pero el asunto se prolongó hasta el amanecer, que es una actividad de riesgo para mí, de tal manera que ahora suelo aceptar alguna invitación, lo que tiene la ventaja de que me puedo largar a la hora que se me venga en gana y no hasta la que se le dé al último de los invitados.

Por lo demás es como ir a cualquier fiesta: ni hago rituales para nada (me parece una de las muestras de que vivimos en plena paganía), ni como uvas (soy alérgico), y mucho menos hago propósitos de ninguna naturaleza: ya sé los idiomas que necesito, ya hago ejercicio, me alimento lo más sanamente posible y tampoco se me ha pegado la gana antes, ni ahora, dejar de beber ni de fumar; ya quisiera que este año de ustedes que inicia el sábado me sea menos hórrido que el que se termina hoy en la noche, pero no tengo ningún indicio objetivo de que eso vaya a suceder.

Como sea Shaná Tobá Umetuká (que tengan un buen y dulce año nuevo).

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