Una de las formas más efectivas para despertar el gusto por la lectura en los niños y los adolescentes es empezar con la lectura de cuentos infantiles y populares, leyendas y mitos, y todo tipo de textos amenos. Después, gradualmente, introducirlos a leer temas de cultura general de fácil entendimiento; hasta llegar el momento en que puedan leer y entender temas de razonamiento lógico, de análisis, de reflexión profunda y hacer investigaciones. Curiosa o paradójicamente, los estudiosos han llegado a la conclusión de que empezar con la lectura de textos escolares como Español, Biología, Geografía, Historia, Física o Química, es más difícil promover la lectura, por ser tediosos o aburridos; sobre todo si no se utilizan técnicas idóneas para la comprensión lectora. Afortunadamente, en las bibliotecas de las escuelas se han hecho esfuerzos por dotarlas de una serie de lecturas amenas que deben aprovecharse para propiciar el gusto por la lectura. Durante las vacaciones próximas, se publicarán algunas leyendas o mitos más destacados de nuestra cultura prehispánica y colonial, con la sana intención de fomentar el gusto por la lectura:

EL POPOCATÉPETL Y EL IZTACCÍHUATL

Cuando los aztecas dominaban el valle central de la (hoy) República Mexicana, el resto de los pueblos debían obedecer y rendirles tributo. Un día, el Cacique de Tlaxcala, cansado de la opresión, decidió rebelarse del yugo impuesto por el imperio y llevar a su pueblo a la libertad, comenzando una cruenta guerra entre los tlaxcaltecas y los aztecas. La princesa Iztaccíhuatl, la hermosa hija del Cacique de Tlaxcala, estaba enamorada del guerrero Popocatépetl, quien a pesar de su juventud era un valiente líder de su pueblo, destacando sus proezas en el campo de batalla. Antes de partir a la guerra, el joven capitán se presentó ante el padre de la princesa para expresarle que si regresaba victorioso del campo de batalla, le concedería a su hija en matrimonio. El Cacique aceptó la petición del guerrero, prometiendo, a su vez, recibirlo con un festín de triunfo. Durante los intensos combates, un rival celoso de Popocatépetl inventó que el joven guerrero había muerto durante el avance del contingente. Esta mentira que llegó a los oídos de la princesa Iztaccíhuatl, la hizo palidecer de tristeza y, al haberle jurado amor eterno al valiente guerrero, lloró amargamente la desventura de su destino. La leyenda dice que la joven murió envuelta en una profunda tristeza. Por su parte, Popocatépetl volvió envuelto de triunfo. Al llegar, fue recibido con la terrible noticia de que su amada había muerto. Para honrarla, ordenó que veinte mil esclavos construyeran una gran tumba de frente al sol, amontonando diez cerros que le dieron forma de una montaña gigantesca. Popocatépetl, afligido, tomó el cuerpo de su amada princesa y lo llevó cargándolo todo el camino, hasta depositarlo suavemente en la cima del altar. El joven guerrero se inclinó para darle un tierno beso póstumo a Iztaccíhuatl, después tomó una antorcha arrodillándose frente a ella. De este modo, quedó velando su sueño eterno. Desde ese instante, permanecen juntos Iztaccíhuatl y Popocatépetl, el corazón del guerrero en ocasiones recuerda el amor de su amada y es cuando el fuego de la pasión eterna tiembla, y su antorcha forma un humo muy triste. En cuanto al cobarde tlaxcalteca que por celos mintió a Iztaccíhuatl sobre la muerte de Popocatépetl, también se convirtió en una montaña. El Pico de Orizaba, que se cubrió de nieve, recibió el nombre de Citlaltépetl o Cerro de la Estrella, que desde lejos vigila el sueño de los amantes a quienes, a pesar de la muerte, ya no podrá separar.

Tomado, textualmente, de Leyendas de Tlaxcala; recopiladas por Pamela Anet Valle. Ediciones Horus, S. A. de C. V. Ciudad de México.