Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

El objetivo prioritario número tres del Programa Sectorial de Educación 2020-2024 dice, textualmente, “Revalorizar a las maestras y los maestros como agentes fundamentales del proceso educativo, con pleno respeto a sus derechos, a partir de su desarrollo profesional, mejora continua y vocación de servicio”. Este objetivo es retomado de la Modernización Educativa de 1992, bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari. En aquel entonces (en 1992), la estrategia principal para revalorizar al maestro y modernizar la educación, fue mediante la “Carrera Magisterial”. Ésta consistía en someter a los maestros a examen de conocimientos (así como a sus alumnos), y los que obtenían los más altos puntos merecían incrementos salariales; porque, supuestamente, eran los mejores maestros. La asignación de estos estímulos económicos siempre fue muy controvertida por ser pocos los maestros beneficiados en cada ciclo escolar, y porque la mayoría de éstos no presentaban examen: el sindicato y las propias autoridades educativas directamente enlistaban a los privilegiados para recibir los incrementos. “Carrera Magisterial”, de esta manera, se convirtió en un pantano de corrupción y de arrebatiña entre los interesados; quedando al margen de los estímulos muchos buenos maestros. Consecuentemente, la educación de los niños, en unos casos, se estancó, y en otros se atrasó, debido a que en lugar de realizarse un trabajo serio para mejorar la enseñanza, la inmensa mayoría se dedicó a buscar (o comprar) papales de “doctorado” y un “padrino” para poder estar en la lista de los beneficiados. Los estímulos no fueron garantía de mejora educativa.

El actual gobierno, ¿cómo logrará revalorizar al maestro? Según el propio objetivo mediante su “desarrollo profesional, mejora continua y vocación de servicio”. Pero, ¿cómo medir o valorar el desarrollo profesional, la mejora continua y la vocación de servicio del magisterio si no hay reglas ni tampoco instrumentos para ello?, ¿cómo saber que la educación va rumbo a la excelencia si el actual gobierno es enemigo de las evaluaciones para medir avances?, ¿cómo constatar que la enseñanza y el aprendizaje van superando si la pandemia ha dislocado el sistema escolar? Para revalorizar al maestro, mediante estímulos, se recurrirá a las mismas prácticas corruptas de antes? Hasta hoy, lo único que, tibiamente, ha intentado la Secretaría de Educación, al respecto, es ofrecer cursos de capacitación en línea a los maestros; sin embargo, ¿quién puede asegurar que los contenidos de esos cursos se están aplicando y que están dando resultados?, ¿cuántos maestros han modificado su docencia por los cursos recibidos y cuántos siguen las rutinas de siempre? Los cursos que sí transforman la docencia y mejoran la educación, por una parte, son aquellos que atienden, específicamente, lo que al maestro le hace falta para mejor su enseñanza; y, por otra parte, aquellos cursos que tienen seguimientos en el terreno de los hechos, para poder verificar que se están aplicando y, también, para reorientar, retroalimentar y consolidar partes del proceso con miras de permanente superación. Los cursos sin seguimiento, sin reorientación, sin evaluación y sin retroalimentación, son como “la carabina de Ambrosio”.

Ahí está la declaración del objetivo prioritario número tres, pero falta todo lo demás para que cobre realidad. Habrá que entender y aceptar que las transformaciones, las mejoras en materia educativa, no vienen de afuera, no se imponen; surgen del interior de cada maestra y maestro; surgen de su conciencia, de su intención y de su compromiso; los cuales se convierten en acciones responsables y constantes frente a los alumnos. En síntesis, la revalorización del magisterio, no es compra ni graciosa concesión de alguien; es idea, intención y acción diaria, que conquistan el reconocimiento, el respeto, la admiración y la gratitud de alumnos, padres de familia y de la sociedad entera, por el trabajo realizado y los resultados obtenidos. Sólo así se tendrá la calidad educativa.