Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

STREAMING – “HISTORIA DE UN MATRIMONIO” (“MARRIAGE STORY”)

Ya lo dijo Milan Kundera: Los amores son como los imperios, pues cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, ellos también perecen. Y sobre esto se fundamenta el brutalmente antropocéntrico guion del también director Noah Baumbach (“Historias de Familia”) titulado “Historia de un Matrimonio”, muestra de que el gigante del streaming conocido como Netflix tenía muy bien preparado su uno-dos en cuanto a calidad cinematográfica se refiere para este fin de año, primero con la obra magna de Scorsese que es “El irlandés” y ahora con esta pieza rebosante de exquisitez discursiva, una aproximación tan honesta, directa y necesaria a la erosión matrimonial que se suma a los esfuerzos que sobre ello han planteado con soltura y vigor Ingmar Bergman o Woody Allen sosteniendo una vena creativa única mediante una tormenta perfecta creativa que circunvala lo literario, lo plástico y lo histriónico.
Baumbach logra urdir con una fineza que pasma, los hilos argumentales que van revelando los porqués y el devenir de una pareja que se ama intensamente, aun cuando las circunstancias los ponen en punto de colisión. Scarlett Johansson y Adam Driver son el matrimonio en cuestión interpretando a Nicole y Charlie, respectivamente. Ella es una actriz que tiene el talento para triunfar en cine, avalada por un éxito fílmico previo, mientras que él es un director de teatro avecindado en Nueva York que, una vez casados, la suma a su tropa escénica para que estelarice sus obras fuera de Broadway muy herederas de lo propuesto por el simbolismo de Jean Moréas. Sin embargo, su relación encuentra dilución ante la necesidad de Nicole por abrirse una vía propia mientras que a Charlie lo domina un ego y cierta inmadurez que repele a su pareja.
La cinta trabaja con gran mesura la presentación del tema, pues el espectador ingresa a la trama ya en el punto de implosión de la pareja cuando tratan de arreglar su divorcio primero de forma amigable para no afectar tanto su estado emocional como el de su pequeño hijo Henry (Azhy Robertson), punto nodal en este enfrentamiento en cuanto a la custodia y ciudad de preferencia para asentarse, pues él quiere permanecer en Nueva York debido a su labor dramatúrgica y ella en la ciudad de Los Ángeles, donde vive toda su familia. Poco a poco la situación escalará en dimensiones cuando Nicole contrata a Nora (la formidable Laura Dern), abogada con ribetes feministas y emancipadores, pero trabajada por el director con mucha inteligencia para no caer en una desagradable caricatura de la nueva mujer empoderada, pues es sabia, alentadora y sensible, mientras que Charlie acude primero con un abogado económicamente razonable y mucha experiencia llamado Bert Spitz (Alan Alda) para sustituirlo por todo un tiburón en los tribunales de nombre Jay Marotta (un estupendo Ray Liotta) cuando Charlie se da cuenta que requiere todo el arsenal posible una vez que va perdiendo el litigio. Pero la brillantez de la cinta no yace en el conflicto legal, sino en el visceral belicismo que comienza a producirse entre Nicole y Charlie, personajes explorados con el microscopio narrativo de Baumbach quien construye a seres humanos con tal pasión y entrega que desgarran al espectador no mediante estrategias telenoveleras con llanto y gritos (aunque los hay), sino con las emociones genuinas que brotan a través de los humanos diálogos que les ha confeccionado y en las escenas clave en solitario, como aquella donde Charlie canta desolado una melodía de Stephen Sondheim a modo de amarga y melancólica síntesis de la historia. Y esto solo puede funcionar gracias a las supremas actuaciones que ofrecen Johannson y Driver, realizando su mejor trabajo en sus distinguidas carreras y realizando actos acrobáticos de dolor y alegría cotidianos que resulta imposible no salir aunque sea raspado o un con moretones leves en la conciencia. “Historia de un Matrimonio” es un discurso inteligente, sublime, conmovedor y compasivo y una de las mejores películas de este año.

“UN DIA LLUVIOSO EN NUEVA YORK” (“A RAINY DAY IN NEW YORK”)
Ámenlo u ódienlo, pero Woody Allen es un cineasta que jamás pierde de vista la integridad de sus historias y manifiesta con una soltura que muchos cineastas jóvenes quisieran sus observaciones sobre la vida y el amor. Y en el caso de “Un Día Lluvioso en Nueva York” se percibe particularmente relajado, lúdico y no atado a sus estructuras narrativas habituales aun si no prescinde de sus herramientas diegéticas favoritas (tiempo psicológico, personajes que proyectan cierto estado de neurosis, el arte y la intelectualidad como basamento en la construcción de personajes), pero el resultado es increíblemente fresco y entretenido. Ahora tenemos a Timothée Chalamet (“Llámame Por Tu Nombre”) como protagonista en el papel de Gatsby Welles, un apostador que viaja a Nueva York junto a su novia Ashleigh Enright (Elle Fanning), periodista proveniente de Tucson, Texas, para pasar un fin de semana de ensueño en La Gran Manzana donde ella tendrá la oportunidad de entrevistar a un famoso director de cine muy a la Goddard llamado Roland Pollard (Leiv Schrieber) mientras él trata de evadir una velada muy elitista organizada por su madre (Cherry Jones). Todo desembocará en vías paralelas cuando Ashleigh se transforma en el objeto afectuoso, catártico y apasionado de tres hombres, el mismo Pollard, quien sucumbe a una crisis nerviosa, su guionista de cabecera Ted Davidoff (Jude Law) lidiando con una infidelidad marital y un galancete latino de nombre Francisco Cega (Diego Luna), apetente por una vida fuera de los reflectores. Por otro lado, Gatsby coordina el tumulto de emociones provocado por la ausencia de su novia a través de Chan Tyerll (Selena Gómez), una chica madura y algo cínica a quien conoció por ser la hermana menor de un amor de antaño. En el trazo de estas dos historias se conjunta un eje narrativo sobre la identidad, la honestidad emocional y el sentir en los tiempos del Facebook, proeza que muestra a Allen como todo un veterano que comprende el lenguaje fílmico hasta sus entrañas y sabe cómo reconfigurar sus tópicos favoritos mediante un andamiaje expositivo focalizado en la exploración de personajes y no tanto en lo que producen, generando un sustrato de encuentros y desencuentros muy sutil que incluso pudiera lucir marginal al panorama macro de su obra, pero que si se le ve de cerca veremos que es por demás coherente. La constante lluvia que da pie al título, solo sirve para que la trama adquiera una dimensión lírica y melancólica sobre la presentación de la ciudad a la que el director tanto adora y se muestre como el marco perfecto para una historia clásica de comedia y amor que, como siempre, se sostiene gracias al inteligente ritmo que Allen siempre confiere a sus textos. “Un Día Lluvioso en Nueva York” no es una obra maestra, y jamás debiéramos exigirle una a cada director que logra trascender, pero funciona de maravilla para, pues, un día lluvioso y sin pretensiones.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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