Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“LOS CHICOS DE LA BANDA” (“THE BOYS IN THE BAND”)

Probablemente en esta era donde la pugna por la equidad en cuanto a representación sexual y genérica es el candente caldo de los moles mediáticos hoy en día, es cuando resulta más atractiva esta nueva adaptación a la obra de teatro estrenada en 1968 por el recientemente finado dramaturgo off-Broadway Mart Crowley que ya fuera llevada a la pantalla por William Friedkin (“El Exorcista”, “Contacto en Francia”) en 1970 donde desde una perspectiva eminentemente teatral siete homosexuales se reúnen en un departamento para festejar el cumpleaños de un octavo sólo para terminar en un proceso de expiación de culpas, traiciones, retos y debates sobre su identidad, las calidad en las relaciones que han tenido o tienen y, claro, la naturaleza de su identidad, sobre todo cuando un heterosexual fuerza su presencia en el sarao gay.

Para que un proyecto coral de esta índole funcione, el reparto debe unirse adecuada y orgánicamente como engranes, lo que por fortuna ocurre en esta cinta ambientada en el 68 y liderada por Jim Parsons (“La Teoría del Big Bang”) interpretando a Michael, guionista aficionado a la bebida cuyo apartamento será el recinto donde se efectuará la velada en honor a Harold (Zachary Quinto), un aficionado a la buena vida que centra su discurso existencial en el buen vestir y destazar verbalmente a sus semejantes mediante un hablar irónico y sibilante. Entre los asistentes a la fiesta se encuentran: Donald (Matt Bomer), hombre tranquilo y mesurado que recurre a terapia además de ser el ex de Michael; la pareja formada por Larry (Andrew Rannelis), un atosigante y algo conflictivo fotógrafo comercial y Hank (Tuc Watkins), maestro de escuela que acaba de separarse de su esposa; Bernard (Michael Benjamin Washington), un bibliotecario que lucha constantemente por una soberanía de identidad tanto por su homosexualidad como por ser afroamericano y Emory (Robin de Jesús), ser extrovertido y festivo que lleva además a un prostituto vestido de vaquero al convivio (Charlie Carver) como regalo para Harold. Su dinámica alegre e insidiosa se trunca con la llegada de Alan (Brian Hutchison), un ex compañero hetero de la universidad de Michael que arriba en estado de desolación y que se confronta y los confronta por su condición homosexual, ocasionando conflictos y exorcismos emocionales que los conducen en un estado in crescendo a la pirotecnia visceral de sentimientos y argumentos sobre lo que son y qué los condujo hasta ese momento. Todo se matiza gracias a la sólida dirección del también actor Joe Mantello, quien discurre la trama entre gritos, risas y desplantes gay con tino y gracia planteando un ritmo acomodado a la dinámica psicológica que cada personaje aporta. “Los Chicos de la Banda” se construye mediante arquetipos de esta sexualidad alterna que los trata como personas y no como rarezas, dándole al relato la entereza y fortaleza necesarios para que logre sostenerse entre la marejada de proyectos similares que, como mencioné hace un párrafo, ahora brotan como una catarsis sociocultural representativa. Y si además funciona como película, pues qué mejor.

VAMPIROS VS. EL BRONX” (“VAMPIRES VS. THE BRONX”)

En un intento posmodernista por recapturar ese sabor de cine de explotación marca grindhouse setentero en fusión con las andanzas de aventureros en etapa primaria como “Los Goonies” (Donner, E.U., 1985) o “Los Caza-Monstruos” (Dekker, E.U., 1987) nos llega esta cinta en ocasiones divertida y en otras tantas muy manida titulada “Vampiros vs. El Bronx”, la cual pretende colocar de entrada las posibilidades de un barrio tan conocido por sus pandillas y delincuencia como El Bronx neoyorquino, bebedero de inspiración para tantísimas cintas serias y no tanto. La película que nos ocupa es de las últimas, pues procura con mediano éxito la amalgama de los géneros cómicos y terroríficos muy al estilo de “La Hora del Espanto” (Holland, E.U., 1985) tomando como personajes centrales a tres chiquillos que por supuesto residen en el Bronx interpretados por Jaden Michael, Gerald Jones III y Gregory Diaz IV (pura dinastía) y que sospechan de una compañía inmobiliaria llamada “Murnau” que está comprando todas las propiedades el barrio. Con el nombre de esta empresa, es fácil adivinar que los que están detrás de las voraces adquisiciones son vampiros, cosa que los chamacos corroboran y por lo que intentarán detenerlos. Así como suena, la premisa entretiene la primera media hora, pero el desdibujado guion y las atroces actuaciones del elenco vampírico hunden toda posibilidad de diversión y hacen que la película no chupe sangre sino faros. Otro experimento de Netflix con buenas intenciones pero fallidos resultados.

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