Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Bob Esponja: Al Rescate” (“The Spongebob Movie: Sponge On The Run”)

A diferencia de muchos otros personajes animados diseñados para funcionar como elementos de expresión contracultural e incluso subversivo durante el boom incendiario que brotó durante la década de los 90’s (“Ren & Stimpy”, “Beavis & Butthead”, “Duckman”, et al.), sólo Bob Esponja, personaje creado por Stephen Hillenburg quien sucumbiera hace un par de años a la Esclerosis Lateral Amiotrófica, logró suavizar lo suficiente sus hoscas y en apariencia grotescas características visuales y narrativas como para lograr un adentramiento considerable en la psique popular e instalarse como otra de sus figuras insigne en el panteón de monigotes pop. Y eso podría deberse a que, traspasando su desagradable fisonomía e irritante conducta optimista-paroxista, así como su cuadro de personajes secundarios que se regodean en los arquetipos sociológicos más cargados (los cuales muestran tan solo los rasgos necesarios para identificarlos en cuanto a sus actitudes y disposiciones como para no confundirlos con sátiras urbanas), la naturaleza argumental de sus historias es blandita y noble, permitiendo que los espectadores de cualquier edad, sexo o nivel económico comprendan e incluso disfruten de sus frenéticas aventuras. Y tanto así debe ser que, a dos décadas de su creación, Netflix se arriesgara a distribuir su tercer largometraje, programado originalmente para su estreno en cines pero desterrado de la gran pantalla gracias al COVID-19, lo que le quedó al proyecto como anillo al dedo, pues “Bob Esponja: Al Rescate” no vale el costo de la gasolina que implicaría el traslado a un exhibidor cinematográfico ni el elevado precio del boleto, pero sí la hora y media que uno pudiera recrearse en su sencilla pero entretenida historia en la comodidad de su hogar.
En esta ocasión, el geométrico héroe absorbente se embarca a la búsqueda de su amada mascota, el caracol marino llamado Gary que está en posesión del Rey Poseidón, pues lo ha raptado con el fin de emplear sus gelatinosos residuos para emplearlos como tratamiento de belleza, pues el vanidoso monarca cree estar envejeciendo y debido a ello, ha empleado a todos los gastrópodos a su alcance. Por supuesto, el guion aplica la tónica del road y buddy movie, ya que Bob Esponja se embarca en una odisea por llegar al reino de Poseidón (la Ciudad Perdida de Atlantic City) en compañía de su fiel pero bastante menso compañero Patricio Estrella. En el camino, como suele ocurrir en las películas de este personaje, se toparán con otras entidades y lugares que coquetean con lo bizarro y surreal, como un matorral rodante con la cara de Keanu Reeves que se presenta como un sabio que los guiará por la senda correcta, o un vaquero llamado El Diablo encarnado por Danny Trejo que, en efecto, es un demonio viviente. Pero la faceta benigna de la historia ingresa con el arribo de sus amigos (Calamardo, Don Cangrejo, Arenita y, en un cambio drástico de personalidad, el malvado Plancton), quienes buscan rescatar, y posteriormente redimir mediante sus historias sobre cómo conocieron a Bob Esponja, al amarillo y cuadrado protagonista. Y prácticamente eso es lo más interesante de la película, pues todo el desarrollo se teje mediante gags que no pegan demasiado debido a su estrafalaria construcción narrativa y la dupla de amiguetes (Bob y Pat) no dan para mucha exploración, pues el director Tim Hill da por sentado que todos los conocen y entienden su proceder. Grave error en el caso de cuarentones como un servidor que no incluyen como referente formativo o cultural a esta serie, pero igual la atractiva y colorida animación y los simples pero efectivos puntos dramáticos bastan para evadirnos aunque sea un rato en esta aventura submarina.

“Más allá de la Luna” (“Over The Moon”)

Esta coproducción china-norteamericana explota de maravilla todos los recursos plásticos y técnicos que la animación por computadora puede proveer, pues luce magnífica gracias a su policromática paleta tonal y su texturizado diseño de personajes y escenarios. Lástima que eso es lo único valioso de esta ambiciosa cinta, la cual focaliza todos sus recursos a lo visual sin considerar la creación de una historia más rica o interesante de lo que permite apreciar el resultado final, todo un pastiche de clichés dramáticos que jamás aterriza a puntos de interés o propositivos con situaciones y caracteres que van de lo muy visto a o francamente irritante.
La película tiene como protagonista a Fei Fei, una animosa y chispeante niña que, como lo dicta la normatividad de las películas infantiles que buscan exprimir toda emoción del espectador aún si es a costa de chantajes emocionales, ha perdido a su madre por razones no del todo claras (al parecer estaba enferma, pero bien pudo ser arrollada por un camión), por lo que vive sola con su padre y su conejo “Brincos”. Más un día su progenitor decide casarse con una amable y empática mujer que a la vez es madre soltera de un hiperactivo chico, algo que Fei Fei no tolera, por lo que decide construir un cohete que la lleve literalmente a la luna en la búsqueda de una fabulada diosa lunar cuya historia le era relatada por su finada madre. Con su futuro hermanastro como polizón y sus respectivas mascotas, logran llegar al satélite y entrevistarse con la deidad, llamada Chang’e, pero ésta lejos de acogerlos les exige un regalo, por lo que Fei Fei se embarca en una búsqueda para encontrar el presente requerido y así poder tomarle una fotografía, pues cree que ello restaurará la fe de su padre en el mito de la diosa lunar y regresar a su antigua vida. Por supuesto, en el trayecto se topará con el ayudante tierno a la vez desesperante de rigor (un ser luminoso parlante que semeja un perro llamado Gobi) y algunas aventuras, pero nada inexplorado en tantas otras producciones animadas. “Más Allá de la Luna” constriñe todos sus elementos narrativos a las fórmulas preestablecidas y probadas, lo que lanza por la borda todo intento o pretensión por generar pretensiones serias o fuertes en su trama, aun cuando toca elementos importantes como la soledad, la pérdida y la forja de identidad, pero en términos planos y escuetos. Es como un pastel con un vistoso y suculento betún, pero hecho con pan seco y medio pasado.

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