Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“WOLFWALKERS: ESPÍRITU DE LOBO” (“WOLFWALKERS”)

Es insondable el abanico de posibilidades temáticas y audiovisuales que tiene para ofrecernos el rico universo de la animación cinematográfica, pero pocas son sus producciones las que pueden acrisolar una multitud de elementos que logren enunciar ideas válidas y valiosas a través de sus herramientas plásticas y argumentales. “Wolfwalkers: Espíritu de Lobo” es una de ellas, logrando no solo acumular diversos aspectos de la condición humana incluyendo su cultura, sociedad e ideología mediante un canal de comunicación místico, sino que consolida toda su narrativa mediante una gramática fílmica madura y entonada que logra involucrar a público de todas las edades. Lo que parecía era atributo casi exclusivo de unos cuantos (Miyazaki, PIXAR, Chomet) se extiende ahora al director Tomm Moore, quien a través de su estudio Cartoon Saloon fundado y establecido en Irlanda, propulsa las posibilidades de la animación 2D o de lucimiento tradicional pero soportada por la tecnología digital y seguir demostrando que esta técnica no sólo se sirve de princesas o animales antropomorfos barítonos para contar sus historias, sino creando las suyas tomando inspiración del mundo mismo (para muestra, se recomiendan de este estudio “El Libro Secreto de Kells” y “The Breadwinner”, ésta última disponible en Netflix). En esta ocasión, Moore se nutre de las leyendas irlandesas para tejer una sustanciosa trama ubicada en 1650 que va acompañada de una plástica similar a los tapices romanescos de los normandos-sajones medievales, enfatizando mediante los angulados rasgos de los personajes en contraste con las rizadas y bellas atmósferas bucólicas las emociones y el sentir de los personajes, siendo los principales una pequeña audaz y valiente llamada Robyn Goodfellowe y su padre, hombre inglés noble y cálido que no duda en expresarle amor a su hija a la vez comprometido con la causa de Lord Protector, cacique de la aldea irlandesa de Kilkenny a donde se han trasladado recientemente con el fin de apoyar y dirigir a la noble guardia que lleva la encomienda de frenar la aparente invasión de feroces lobos provenientes del oscuro y misterioso bosque aledaño. Las entrañas de su espesura serán exploradas por Robyn, ávida practicante de la ballesta, en compañía de su águila mascota Merlyn. En sus andanzas terminará topándose con una exuberante niña llamada Mebh, quien gruñe, habla y viste de modo salvaje, al punto que intempestivamente muerde el brazo de Robyn transfiriéndole sus cualidades mágicas, pues Mebh es una Wolfwalker como su madre, seres que esconden espíritus lupinos que solo pueden liberarse cuando el cuerpo humano duerme. Al darse cuenta de ello, Robyn se percata que los lobos solo buscan vivir en paz, pero ante el desconcierto de su padre y los oídos sordos de Lord Protector, decide unirse a la causa de Mebh, quien busca desesperadamente a su progenitora cautiva en el castillo del lugar. Lo que puede percibirse como una gesta unidireccional de rescates y batallas maniqueas se dilata para darle cabida a una variedad de componentes que enriquecen la diligente y fogosa historia como el oscurantismo, la opresión gubernamental, el libre pensamiento y el hieratismo en esta cinta con peso femenino sobre el crecimiento y la identidad. Las elecciones visuales de esta película siempre son atinadas, moviendo la cámara cuando debe y mesurando su ritmo en los momentos correctos, pero siempre en constante movimiento al igual que sus protagonistas. “Wolfwalkers: Espíritu de Lobo” es una de las mejores películas en cualquier plataforma de streaming actualmente y Cartoon Saloon, al igual que el Estudio Laika, es un centro de producción creativa y cinematográfica al que siempre habrá que seguirle el paso.

“PALMER”

La redención es un camino empedrado no exento de alegrías y penas, y el cine lo ha demostrado en varias ocasiones. Ahora le toca a Justin Timberlake dar ejemplo al respecto en “Palmer”, la más reciente cinta del otrora actor Fisher Stevens que nos cuenta la historia de un hombre llamado Palmer (Timberlake), quien recién acaba de salir de prisión por un robo y ataque a un miembro de su reducida comunidad campesina. Viviendo con su abuela Vivian (June Squibb), mujer dinámica y emprendedora, Palmer buscará reintegrarse a la sociedad y encontrar algo de sentido a la vida, lo que ocurrirá con la llegada de un chiquillo regordete y miope llamado Sam (el estupendo Ryder Allen), quien es recogido por Vivian cuando su madre, una ninfómana y adicta, lo abandona. Palmer comienza a conectar con el niño después de que la anciana fallece de causas naturales, encontrándole un peculiar rasgo en su personalidad: gusta de ver un programa de princesas, usar el pintalabios de la finada y jugar al té con una amiguita. Por supuesto, al inicio Palmer se confunde, pero gradualmente va aceptando las idiosincrasias LGBTQ del pequeño y así comienza un sendero de sensibilización en el que se verá involucrada la maestra de primaria de Sam, quien entabla una relación sentimental con Palmer. Los esperados conflictos producto de la orientación de Sam aunado al pasado del protagonista serán el eje para el tiovivo dramático que vivirán estos personajes, culminando en un emotivo clímax algo trillado, pero bien empleado. La revelación del histrión infantil Allen y la buena actuación de Timberlake elevan una historia que se contenta con presentar lo mismo de siempre, aunque se reconoce el esfuerzo del director Stevens por generar una dimensión más amplia al respecto. “Palmer” logra conmover, pero definitivamente pudo emplear más rigor y potencia en su ejecución.

Corre. Corte-yqueda@hotmail.com