Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“EL PAÍS DE LOS SUEÑOS” (“SLUMBERLAND”) – NETFLIX

De entrada, esta producción dirigida por Francis Lawrence (“Constantine”) comete un pecado de omisión al no darle crédito a Winsor McCay, cuya tira dominical titulada “El Pequeño Nemo En El País De Los Sueños”, publicada a principios del siglo anterior sobre un pequeñín que cada noche vive una diferente aventura de tintes freudianos hasta terminar en el suelo al pie de su cama invariablemente despertando a sus padres, sirvió de modelo para su historia. Es cierto que Lawrence hace lo suyo creando una trama muy diferente a lo propuesto por McCay, pero toma suficiente iconografía de la versión impresa como para no notarlo, incluso el nombre de la joven protagonista es Nemo y hasta se conjura una escena donde una cama prolonga sus extremidades de madera para andar por sí sola, tal vez la imagen más asociada con el trabajo de McCay que cualquiera, pero es de suponer que la pragmática mentalidad de sus productores asumió que a nadie le importaría tratándose de una historieta con más de cien años de haber sido creada, por lo que habrá que referirnos a la cinta en sí. Su historia es una de pérdidas y dolor emocional con pretensiones lúdicas al edulcorar sus propiedades tanatológicas con un ritmo desenfrenado y la estrambótica puesta en escena computarizada de rigor que cree que una cosa equilibra a la otra logrando diluir ambas. Nemo (Marlowe Barkley, quien da trazas de talento histriónico) es una niña de once años que vive con su padre (Kyle Chandler) en un islote donde él es un farero que le cuenta historias cada noche sobre un mundo de sueños, donde él y su compañero Flip eran forajidos que buscaban unas fabuladas perlas capaces de cumplir cualquier deseo. Por caprichos de un guion manipulador, el padre muere en altamar y la pequeña queda bajo custodia de su tío Philip (Chris O’Dowd), fabricante de picaportes que lleva una vida misántropa y algo patética. Una noche, Nemo es llevada al País de los Sueños en compañía de su peluche mascota porcina, llamada perezosamente “Puerco”, donde conocerá al famoso Flip (Jason Momoa, quien demuestra que lo suyo no es hacerle al Mike Myers), un ser mitad humano y mitad bestia que busca el mapa que los llevará a las perlas mágicas sabiendo que ella lo tiene entre las cosas que le legó su padre. Flip, como ya se mencionó, es un forajido perseguido por la policía onírica -en particular, una agente con prendas setenteras color verde de apellido Green (Weruche Opia)-, por lo que ambos deberán evadirla, así como a una monstruosa pesadilla en forma de pulpo humeante que anda tras de Nemo, mientras ella busca las perlas para reencontrarse con su padre, a la vez que Flip las quiere para recordar quién es en el mundo real. Todo se traduce a un despapalle de persecuciones frenéticas entre sueños, desplantes estrambóticos de Flip y el brusco freno que produce el guion al querer procurarle a Nemo sus momentos de introspección y drama, sobre todo, cuando se revela la verdad sobre Flip y la naturaleza de su relación con la niña. Ésta es una cinta bienintencionada que trata de ponerle corazón a lo que podríamos entender como una versión chusca de “Sandman” (también de Netflix), donde la complejidad onírica se reduce a gansos gigantes montados por canadienses o secuencias de baile con música de salsa entre seres creados por hojas de árbol, pero carece de la sagacidad narrativa necesaria para que tales fantasías aparatosas realmente creen algo importante o relevante dentro de la trama, además de que el arco argumental de Nemo es uno muy visto en muchas otras cintas donde la muerte de un padre o madre propulsa o activa todos los elementos narrativos en bis dramática. Las alegorías que pudieran producirse en el mundo de los sueños sobre la pérdida y la desazón de la vida cotidiana no se concretan adecuadamente o Lawrence las deja completamente de lado sólo para mostrar la faceta desparpajada y alocada de Momoa, quien hace lo que puede, pero su rango actoral simplemente no da para mucho, siendo Barkley quien sale mejor parada en ese rubro, porque vende muy bien su papel dando las inflexiones correctas y mostrando genuino pathos aun si su rol es un cliché. “El País de los Sueños” no es una pesadilla de ver, pero si uno está de muy buen humor, logra cumplir su cometido de entretener, pero, si no, los mandará precisamente a dormir.

“DESENCANTADA” (“DISENCHANTED”) – DISNEY+

15 años después de que la princesa Giselle (Amy Adams) se quedara en Nueva York con el amor de su vida, Robert (Patrick Dempsey) y su pequeña hija Morgan, la vida en nuestra realidad le ha mostrado su verdadera cara. Literalmente desencantada de seguir en la gran ciudad, ha decidido que lo mejor será mudarse a una pequeña comunidad suburbana llamada Monroeville para desintoxicarse de la Urbe de Hierro, pero a regañadientes por la ahora adolescente Morgan (Gabriela Balldacchino), quien simplemente no conecta con el lugar y manifiesta la angustia existencial y enfado propios de su edad con sus padres, mientras que Robert lidia con la exasperante travesía diaria desde aquel pueblo a Nueva York donde aún labora como abogado, siendo la bebé de la casa Sofía (Mila Jackson) la única feliz de estar ahí. Con lo que no contaba Giselle es que el lugar tiene a su versión de reina malvada en forma de Malvina (Maya Rudolph), quien maneja el lugar a su antojo junto a sus dos rémoras que sirven a sus caprichos. Pero una varita mágica concedida por sus amigos Nancy (IdinaMenzel) y el príncipe Edward (James Marsden) le da a Giselle la idea de transformar Monroeville en un lugar digno de un cuento de hadas, cosa que sucede, pero con un precio: al ser ella la madrastra de Morgan, poco a poco irá transformando su ser y pensar en la clásica madre sustituta maligna característica de cualquier historia fantástica, por lo que será una carrera contra el tiempo para que Giselle deshaga el encantamiento antes de la medianoche porque si no esta modificación donde Morgan es su maltratada hijastra y Robert un audaz pero torpe caballero será permanente.
La premisa es atractiva y pudo dar bastante en cuanto al satirizar las condiciones permanentes y arquetípicas de los personajes de cuentos, pero algo simplemente no termina de cuajar, como si el guion sólo llevara los actos en automático realizando una esterilización a la magia que sí se produce naturalmente en la primera cinta, atestiguando sólo como el reparto original se reúne para querer contarnos otra fantasía sin que algo en concreto se produzca, pues ni las convincentes actuaciones de Adams y Rudolph como antagonistas dan suficiencia a una trama que no da pie con bola e indefinida. Desencanto es exactamente la sensación que se produce en el espectador al ver esta película, sobre todo cuando constatamos el evidente gusto de que tiene todo el cuadro actoral de repetir sus papeles, pero sin convidarnos de ello.

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