Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

 “DRIVE MY CAR” (“ドライブ・マイ・カ / DORAIBU MAI K”) – MUBI

El desaparecido intérprete de rock Meatloaf en su canción “Objects In The Rear View Mirror May Appear Closer Than They Are” incluye una parte que enuncia: “si la vida es una carretera, entones el alma es un auto”. Aún si dicha composición peca de sensiblería anodina, esta línea sintetiza la tesis de “Drive My Car”, filme japonés ganador del Óscar a Mejor Película Extranjera éste año. Su director Ryusuke Hamaguchi logra apoderarse de la conocida dinámica entre dos personajes que aprovechan su continuo confinamiento en un espacio cerrado, en este caso un automóvil, para terminar convidándose de sí mismos al hacer trueque de sus demonios internos en un ejercicio de honrada poética antropocéntrica como sólo el cine nipón de contextura mesurada e íntima lo viene logrando desde hace décadas. La película define su estructura mediante sus robustos personajes, comenzando por el dramaturgo y actor Yûsuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima), casado con la guionista y productora televisiva Oto (Reika Kirishima), llevando una saludable vida marital donde el sexo es constante y sus charlas también, particularmente las historias que ella le narra a él a modo de ideas para futuros guiones siempre relatadas antes, durante y después del coito, simbiosis creativa que no se ve interrumpida aun si ella no recuerda dichas tramas al día siguiente y él respeta la incesante promiscuidad de su esposa con histriones jóvenes sin hacer reclamos ni permitir que ella se entere que él sabe de estos encuentros carnales. Una noche Kafuku regresa a casa sólo para encontrar a Oto tendida en el suelo víctima de un derrame cerebral, situación que lo orilla a la amargura y abandono de su actividad teatral. Una elipsis de dos años lo mostrará viajando a la ciudad de Hiroshima para participar en un festival de teatro donde dirigirá una nueva versión de la obra maestra de Antón Chéjov “El Tío Vania”, texto que él mismo interpretó anteriormente pero ahora decide no estelarizar. Una vez conformado el reparto, el cual incluye a una joven estrella de la televisión llamada Kōji Takatsuki (Masaki Okada), quien no cesa de manifestarle su admiración a pesar de ser el último amante de la finada Oto, una actriz coreana sordomuda que interpretará el papel clave de Sonia (Park Yu-Rim) y una joven radicada en estados unidos que no domina su lengua natal (Sonia Yuan), los organizadores del festival le indican que por política debe aceptar la asistencia de una chofer para sus traslados, algo que en un inicio conflictúa a Kafuku, pues atesora su auto (un Saab 9000 de colección) además de que lo emplea como un recinto donde ensaya los diálogos de sus obras en casetes grabados con la voz de Oto como interlocutora. Termina por acceder convencido de las habilidades al volante de su nueva chofer, una residente de Hiroshima llamada Misaki Watari (Tôko Miura) quien se muestra respetuosa e incluso silente al momento de llevar a su pasajero a los ensayos. Conforme Kafuku comienza a conocer mejor a Watari, ambos entenderán que sus vidas son presa de extravío y la soledad y que una catarsis es requerida presentándose en forma de conversaciones profundas y personales entre los prolongados viajes en carretera y una inmanente integración del texto de Chéjov, uno que habla sobre el hastío y la necesidad de liberar el espíritu ante el asedio del cotidiano, en sus vidas. “Drive My Car” es un filme que consolida su discurso mediante la palabra hablada, construyendo evocaciones y una atmósfera de melancolía a través de sus diálogos que brillan por la elocuencia y una belleza mundana con que se transfieren de un personaje a otro a la vez que desarruga los puntos dramáticos utilizando puntos eficaces de simbología, como la misma ciudad de Hiroshima a modo de marco para el dolor e infinita tristeza que atraviesan Kafuku y Watari sin que la historia misma de la población sea tocada. Hamaguchi urde con la misma precisión que Chéjov un drama humano no se afianza de visceralidades y sí de un honesto muestrario de emociones que conjuga la mente, el espíritu y el arte en una carretera narrativa donde los ojos se posan al frente y, de vez en cuando, en el retrovisor, donde los objetos (y el pasado con sus bestias y aflicciones) siempre están más cerca de lo que aparentan. Uno de los mejores filmes en cualquier plataforma de streaming actualmente.

“LOS OJOS DE TAMMY FAYE” (“THE EYES OF TAMMY FAYE”) – STAR+

Si en algo ha trascendido Norteamérica es en su orgullosa práctica de la ideología capitalista donde todo se pone a la venta en su mercado sociocultural, incluyendo la religión. Aquí es donde entran Tammy Faye y Jim Bakker, dos de los televangelistas responsables en la arquitectura consumista de la actividad kerigmática durante los 70’s y 80’s en los Estados Unidos y posteriormente infames por sus malversaciones financieras y escándalos privados. La ganadora del Óscar Jessica Chastain interpreta a una Tammy Faye de origen humilde pero férrea formación cristiana-protestante que termina enamorándose del carismático y naif Jim Bakker (Andrew Garfield) en la universidad, casándose a pesar de las protestas de la madre ella y consolidando un matrimonio genuinamente convencido en la salvación de almas que pone en práctica un proceso de evangelización visitando comunidades, iglesias y escuelas empleando marionetas que Faye crea para captar la atención de los niños y, posteriormente, la de un productor televisivo que les propone realizar un show donde ambos participen pregonando la palabra del Señor. Poco a poco su espectáculo crece en popularidad al punto de formar parte de las filas en la cadena religiosa más importante del país pero poniéndolos en vía contraria del Pastor Jerry Falwell (Vincent D’Onofrio), hombre de gran poder político y eclesiástico que no gusta de la forma con que Tammy Faye realiza su labor evangélica, sobre todo por defender los derechos de homosexuales y hablar incluso con pacientes de SIDA. Tanto Bakker como Faye deciden formar su propia cadena, creando un imperio multimillonario donde el objetivo ya no son los fieles, sino el todopoderoso dólar que los conducirá a la ruina. El guion, basado en el excelente documental homónimo de Randy Barbato estrenado en el 2000, comete el gran pecado de apostar todo a la inherente fascinación que despiertan éstas controvertidas figuras de la cultura pop sin realizar el más mínimo esfuerzo por dimensionar sus personalidades o excavar en su psicología, dejando todo en manos de Chastain quien realiza un fabuloso desempeño y en Garfield, tal vez el más afectado por las debilidades en la construcción de su personaje ya que jamás entendemos del todo quién es él o por qué opera como lo hace, ni siquiera sus amoríos con otros hombres se abordan con la suficiente madurez o solidez para que cobren importancia. “Los Ojos de Tammy Faye” es un espectáculo de una sola mujer que no resiste los embates de sus propias lagunas argumentales y aflojerada forja de caracteres que constituyen una verdadera herejía cuando de biopics se trata.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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