1ª Función
“WHIPLASH: MÚSICA Y OBSESIÓN” (“WHIPLASH”)
Si la música es una expresión del alma, entonces ésta en ocasiones puede tornarse en algo torcido y portentoso, como se muestra en la que probablemente fuera una de las cintas más logradas e interesantes de la pasada entrega del Óscar, “Whiplash, música y obsesión”, filme que extiende la exhibición de las facultades armónicas en una metafórica lucha por supervivencia y trascendencia mediante una intensa, cruenta y fascinante pugna entre un joven con gran talento para la batería llamado Andrew (Miles Teller) y su mentor, un severo director de orquesta que enseña en el prestigiado conservatorio donde estudia el chico, cuyos métodos académicos semejan la cruel instrucción del sargento Hartman en “Full Metal Jacket” (Kubrick, E.U., 1987), violentando física y verbalmente a sus pupilos con la sana intención de extraer en ellos su grandeza latente. El nombre de este tirano es Terence Fletcher y su interpretación es, recurriendo a un cliché denominativo, pero muy adecuado en esta ocasión, todo un tour de force cortesía de J.K. Simmons, quien con todo derecho se llevó el Óscar este año por su feroz y matizado histrionismo. El director francoamericano Damien Chazelle desarrolla la historia como toda composición sinfónica mediante un ritmo in crescendo, mostrando una clara progresión narrativa mediante la evolución de Andrew como jazzista en la batería y como individuo a través de las brutales enseñanzas de Fletcher, quien no se detendrá ante nada para mostrar su punto, el cual deforma aquello que enunciara Gusteau en “Ratatouille”: un gran artista puede provenir de cualquier lugar; mas aquí para este tirano de la música el fin justifica los medios y ello incluye humillar, denostar e incluso maltratar físicamente a Andrew, quien poco a poco adopta estos elementos para depurar su perspectiva. La dinámica entre los dos protagonistas es tan dinámica y ruidosa como las secuencias donde los platillos de los instrumentos quedan salpicados de sangre debido a las extenuantes ejecuciones, y la armonía que destila esta relación es hermosa y grotesca, una paradoja que se conjuga en un final extraordinario donde cada quien recibe lo que merece. En un punto de la cinta, Fletcher expresa con claridad su motivación: “Las dos peores palabras en el lenguaje son ‘Bien Hecho’”, pues cree que ello minimiza las posibilidades de empuje y empeño, por lo que toma la vía contraria sustentado en una anécdota que involucra a Cgarlie Parker, el inmortal “Bird” del jazz, quien recibiera una agresión por parte de Jo James para que tocara mejor. Bien, pues después de apreciar esta magnífico estudio de caracteres que se mueven al ritmo de un violento e hipnotizante compás, sólo puedo decirle al director Chazelle y a su excelente cuadro de actores “Buen Trabajo”. Este filme estuvo justo en mi tempo.

2ª Función
“EN EL BOSQUE” (“INTO THE WOODS”)
Supongo que un musical ejecutado en el contexto de un cuento de hadas (o, en el caso de esta cinta, varios) es muy natural, pues el ambiente ya exige restarle realismo y credibilidad a la narración y el entonar melodías espontáneamente a modo de exponer motivaciones, situaciones o simplemente para que la trama avance, no resulta descabellado. El problema estriba en la validez o autenticidad de dicho recurso si las canciones no sobrepasan un grado de anodina cursilería, lo que también ocurre en esta película. Ni siquiera el atractivo que supone ver a rostros famosos de Hollywood afinando sus cuerdas vocales justifica la vacuidad de un proyecto que se percibe desfajado y en momentos incoherente, pues éste es uno de los batidillos más abrumadores vistos en los últimos años que pretenda hacerse pasar por entretenimiento, pues la historia se dispara a tantos puntos que resulta imposible como espectador comprometerse a atender o preocuparse siquiera por uno, mucho menos si éstos se nos presentan con tanta pereza e insolvencia. La confusa trama pretende unificarse con dos personajes como eje narrativo, un panadero y su esposa (James Corden y Emily Blunt, respectivamente), quienes deben recolectar varios objetos en posesión de conocidos personajes de historias fantásticas (Caperucita Roja, Cenicienta, Rapunzel, Juanito, el de las habichuelas mágicas, et al.) por encomienda de una malvada bruja (Meryl Streep) para así anular el hechizo lanzado por la hechicera a la familia del panadero, que les impide tener hijos. Así, el humilde matrimonio tratará de recuperar dichas piezas con jocosos y, en ocasiones, dramáticos resultados, todo entre canciones muy en la línea de Broadway (de hecho, la cinta está basada en un exitoso musical teatral estrenado en 1986 de tono más oscuro e incluso violento-gore, dulcificado aquí cortesía de la compañía Disney) y con una fastuosa puesta en escena. La dirección de Rob Marshall, especialista en estas lides, es floja y poco rigurosa, pues los personajes deambulan sin algún propósito específico y toda la línea argumental es igual de vagabunda, sin localizar su centro narrativo y el resultado se pierde, bueno, pues en el bosque que sirve de marco a toda la historia. Un cuento de hadas que, en efecto, lo pone a uno a dormir ante tanta rutina.

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