Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“EL TIGRE BLANCO” (“THE WHITE TIGER”)

Después del éxito obtenido por la oscareada cinta “Quisiera Ser Millonario” (Boyle, G.B. / India, 2008), la percepción popular sobre la cultura hindú se ajustó a un modelo representativo muy claro donde el valor pecuniario dicta motivaciones y conductas, pues el proceso dramático gira en torno a la obtención de capital para emprender fuga de un entorno sofocado por la falta del mismo. Esto no da acceso a una felicidad de facto, e incluso su obtención no depende de algo tan fortuito como un programa de concursos, por lo que resulta notable que una película como “El Tigre Blanco”-reciente producción de Netflix basada en el galardonado libro de Aravind Adigaapoyada y que cuenta con nombres bien enclavados en la industria como Priyanka Chopra, quien también actúa en el filme, y la cineasta afroamericana Ava Duvernay- se anime a desmentir lo que tan optimista cinta quiso enunciar casi en tono de fábula mediante una picaresca y malhumorada trama que busca denunciar, sin dedos flamígeros, los marcados sesgos económicos y sociales que prevalecen en la India mediante un guion filoso y dirección similar de Ramin Bahrani, cineasta nacido en Carolina del Norte, E.U., pero plenamente acoplado a la sensibilidad sociocultural de su origen étnico. Si a esto le añadimos una interpretación tersa y muy detallada por parte del protagonista Adarsh Gourav y una cadencia similar en cuanto a rastreo psicológico y tono emocional al cine de Kathryn Bigelow o Cary Joji Fukunaga, distanciándose del espectro bollywoodense y abrazando su concepto de historia como cine. Durante el desarrollo, atestiguamos la gradual transformación de un joven llamado Balram (Gourav), un ciudadano de ascendencia por demás humilde que mide su tasa de moralidad con respecto a su padre (Satush Kumar), el único capaz de prodigarle afecto y guía en esta vida. Su afán por escapar de su opresiva existencia (“India es un gallinero donde todos, como las gallinas, tan solo contemplan el momento en que morirán” dice el protagonista en uno de sus muchos diálogos en off como narrador omnisciente y puntual) lo lleva a las puertas de un acaudalado pero infame hombre apodado “La Cigüeña” (Mahessh Manjrekar) para ser contratado como su chofer, soportando humillaciones y maltrato tanto de su parte como de su hijo, Mukesh alias “La Mangosta” (Vijay Maurya), hombre despiadado que soborna a autoridades y busca favores políticos del partido en turno para mantener su estatus social y comunal. Pero el destino querrá que el hermano de Mukesh, Ashok (Rajkummar Rao), quien regresa después de una larga estadía en los Estados Unidos en compañía de su esposa Pinky (Priyanka Chopra), lo inspiren a un nuevo estilo de vida al mostrarse bondadosos y empáticos con las necesidades de Balram, hasta que una noche que involucra un accidente automovilístico lo cambiará todo, enfilando el destino de Balram hacia la prosperidad financiera a costa del engaño, la traición y la ilegalidad.
Lejos de transformar este relato en un aleccionamiento moral con tintes maniqueos, Bahrani orquesta todos los elementos como una sinfonía amarga con toques de humor negro que aterriza lo que la película de Danny Boyle deja en un candelero: en la India, el perro se come a otro perro para lograr su fin; en este caso, escapar del gallinero, una de las muchas figuras metafóricas que, más que adornar, profundizan la narrativa creando una odisea antropocéntrica habitada por un personaje completamente mimetizado con su actor Gourav que va de la desesperación a lo desafiante, haciéndonos creer que en un sistema político y legal tan corrupto y manejado por intereses externos (¿Suena conocido?) sus actos criminales casi lucen como un acto existencial de justicia. “El Tigre Blanco” puede trabajar temas y elementos conocidos (el ascenso del hombre común al poder es algo que casi cualquier cinematografía ha experimentado a lo largo de las últimas tres décadas), pero aquí, el aplomo y honestidad con que se expresa, así como la formidable interpretación de Gourav quien lleva a cuestas bastante del equipaje dramático del filme, la hacen un refrescante aporte.

“BARRENDEROS ESPACIALES” (“SEUNGRIHO”)

Damas y caballeros, estamos frente a una de las películas con corazón de cine “B” más lujosas y vistosas de los últimos años con un reparto que realmente logra involucrarse con sus trillados personajes, lo que salva una historia que lucha por batir en un mismo tazón argumental el space opera, el cyberpunk, la comedia y el drama familiar ¿Lo más curioso? Pues que funciona.
Esta cinta de capital y producción completamente surcoreana logra eclipsar cualquier intento de la ONU por consolidar unidad internacional al presentarnos actores y personajes norteamericanos, alemanes, rusos, españoles, japoneses, filipinos, daneses, chinos, árabes y, por supuesto, coreanos, justificándose el ubicar su trama en un futuro muy distante donde el espacio exterior está tan contaminado por desechos satelitales y otras maquinarias que se requieren a los intendentes del título para deshacerse de ellos. Estos sujetos, tripulantes de la nave Victoria, son el atribulado Tae-Ho (Soon Joong-Ki), quien perdió a su hija durante un cataclismo y se embarca a la exploración sideral para localizarla: la fuerte y algo vaquera capitana Jang (Kim Tae-Ri), el rudo ex narcotraficante -pero con corazón de oro- Tiger Park (Seon-Kyu Jin) y un acompañante androide llamado simplemente Robot, quien aportará el inevitable tinte cómico. Sus vidas, regidas por una omnipotente compañía dirigida por el plutócrata Sullivan (Richard Armitage) quien ha creado un paraíso espacial para que la población mundial escape del arruinado planeta Tierra muy al estilo de “Elysium” (Blompkamp, E.U., 2013), se ven trastornadas al cruzar accidentalmente caminos con una niña robot que es buscada por el ejército al tratarse de un arma de destrucción masiva en potencia, pues en su interior se aloja tal cantidad de material nuclear capaz de destruir el sistema solar. Es así que los Barrenderos Espaciales buscarán proteger a este ser sintético del mismo Sullivan quien, faltaba más, no es lo que parece, así como de una banda de renegados llamados los Zorros Negros y, obviamente, la milicia; lo anterior, más que nada por ser toda ternura y para ver si le pueden sacar provecho económico. Por supuesto, el personaje de Tae-Ho comenzará a vincularse a ella por recordarle a su hija desaparecida mientras que el resto la ve como la representación de su inocencia perdida. Todo el proceso se acopla al modelo narrativo de los ánimes de los 80 de manera más que efectiva gracias al director Sung-Hee Jo, quien doma todos los aparatosos elementos para ubicarlos en un plano por demás sencillo y casi caricaturesco sin inflarlo u otorgarle mayores lecturas más que las de buenos contra malos enfrentándose en el cosmos (una secuencia de batalla sideral está tan bien manejada que incluso emociona aún si es algo ya muy visto). “Barrenderos Espaciales” no se concibe para que reinvente el género, pero, como todo buen servicio de limpieza, logra reciclar exitosamente partes usadas y asea la trama de toda cochambre pomposa de la narrativa.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com