“TEMPORADA DE HURACANES”

Como ya lo demostró Akira Kurosawa en su indeleble filme “Rashomon” (1950), un crimen cometido bajo el amparo de una sombra bucólica termina por sugerir una paráfrasis de la condición humana en su vena más oscura, tal vez porque el marco natural antagoniza o agudiza las propiedades primigenias del humano que lo orilla a actuar antes que racionalizar. “Crímenes pasionales” les llaman y para comprender su génesis, de la misma forma que propuso el maestro japonés en su momento, hay que descomponerlo en base a diversas perspectivas no para llegar al motivo del acto en cuestión, sino a la entraña emocional de quien lleva la culpa. A modo de un retorcido roman-à-clef, la película mexicana “Temporada de Huracanes” (adaptación de la celebrada novela de Fernanda Melchor) toma eventos anunciados como “inspirados” en sucesos reales pero empleando personajes ficticios para desglosar mediante el modelo empleado por Kurosawa hace 73 años el descubrimiento a plena luz del día en una zona pantanosa del pueblo rural “La Matosa” de un cadáver quien en vida llevaba el mote de “La Bruja” (Edgar Treviño), un hombre transexual a quien todos recurrían ya fuera por una supuesta sabiduría mística o por saraos definidos por la droga, la bebida y el sexo indistinto. Este homicidio será explorado por la directora Elsa Miller (“El Placer Es Mío”, “¿Qué Culpa Tiene el Karma?”) ocupando la narrativa fragmentada de diversas miradas, comenzando con Yesenia (Paloma Alvamar), una joven huérfana que vive bajo el yugo de una abuela (Norma Reyna) que la desprecia en favor de su primo y nieto de ella Luismi (Andrés Córdova), a su vez un adolescente con mareos emocionales y egocéntricos encargado de su novia embarazada Norma (Kat Rigoni) buscando salir de su amolado contexto junto a su gran amigo Brando (Ernesto Meléndez), chico sin oficio ni beneficio con arranques de agresividad esporádica y que media el trato entre Luismi y la pareja de su mamá, un sujeto apodado “Munra” (Guss Morales) con buena disposición y encargado de llevar a todos por ser el único del grupo con automóvil. Todos serán los últimos en ver con vida a “La Bruja”, por lo que la narrativa dependerá de sus miradas y perspectivas para armar un complejo pero interesante relato sobre la condición de la miseria vivencial y existencial de estos seres sometidos a un calor que alegoriza sobre la sensualidad, el eros reprimido y el infierno personal de cada uno que los llevó o no al asesinato.

“Temporada de Huracanes” es una película adecuada en cuanto a sus ambiciones narrativas, pero con una tempestuosa ejecución que no permite a éstas llegar sanas y salvas a puerto seguro, pues falta cierta cohesión en el proceso dramático que moderadamente va diluyendo sus posibilidades y potencial, en particular al no profundizar debidamente en sus atractivos personajes que viven a la sombra de conocidos paradigmas socioculturales. La dirección de Miller se percibe limpia y fuerte protegida por la bella fotografía de María Sacco, quien compone cuadros de rica atmósfera y colorimetría, sólo hubo que fortificar la débil constitución de los personajes y los nudos argumentales que deberían cohesionarlos para que una historia con tal envergadura narrativa no varara en las buenas intenciones.

“EL NEGOCIO DEL DOLOR” (“PAIN HUSTLERS”)

Karl Marx ya nos lo había advertido cuando dijo que el capitalismo lleva dentro de sí la simiente de su propia destrucción, y basta leer las noticias o libros sobre los pecados de este sistema, gobernado por la ambición e intereses golosos de sus arquitectos y progenie, para constatarlo. O bien, visionar una película como la que ahora nos ocupa, por cierto basada en una historia real, para preguntarnos qué demonios hacen los Estados Unidos para permanecer en la cima de la preferencia global. “El Negocio del Dolor” es una entretenida cinta dirigida por David Yates que retrata el fraude cometido por una compañía farmacéutica que lucró a mansalva con un medicamento hecho a base de fentanilo, manteniendo a sus usuarios lejos de las garras del martirizante dolor que los aquejaba (recetado en un inicio a pacientes con cáncer) para después recetarse a todo tipo de malestares, incluyendo algo tan común como la migraña, con resultados a la postre mortales. Emily Blunt protagoniza como una teibolera llamada Liza Drake, quien tiene a bien conocer en el antro donde labora a Pete Brenner (Chris Evans), ejecutivo de una compañía farmacéutica al borde de la bancarrota que le ofrece trabajo cuando quiera dejar su oficio nocturno. Ella, quien vive a expensas de su hermana y se desvive por una hija adolescente con ataques de epilepsia, decide aceptar la oferta y gracias a su inusual inteligencia no sólo logra colarse en la empresa, también fragua un plan para conseguir que médicos prescriban el mencionado medicamento y así hacer crecer la compañía. Lo que comienza como un plan codicioso eroga en un negocio multimillonario que enriquece a todos a costa de la salud de quienes ingieren el producto, detonando una posterior vorágine de demandas y batallas legales donde Eliza deberá elegir entre la integridad o el capital.

La cinta es otra fábula sobre un Sueño Americano que se torna pesadilla cuando las ambiciones monetarias producen elementos nocivos en la sociedad donde se practican, aún si quien la origina es una mujer trabajadora de buenas intenciones y con una familia necesitada (la veterana Catherine O’Hara aparece interpretando un rol de mamá que le suma a la necesidad de la protagonista por emprender este riesgoso pero lucrativo plan). El espectro de la moralidad domina al personaje principal y es este duelo entre lo correcto y sus necesidades lo que predomina en un tercer acto que va decantándose al pathos y no a la disección psicológica de Eliza, llevando a la cinta del interés a lo convencional. “El Negocio del Dolor” se añade a la denuncia cinematográfica sobre los males del ejercicio capitalista-paroxista desde la cómoda trinchera del aleccionamiento sin que aprendamos algo que no hayamos apreciado mejor en obras más profundas al respecto como “El Lobo de Wall Street” de Scorsese. La ambición es buena, dijo una vez el bueno de Gordon Gecko en “El Poder y la Avaricia”, y eso también debería hacerse extensivo al trabajo creativo en una película como ésta.

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