Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“UNA PELÍCULA DE POLICÍAS”

En el cine, al policía se le demoniza o se le deifica, pero era necesaria la mirada del avezado cineasta mexicano Alonso Ruizpalacios (“Güeros”, “Museo”) para orillarnos a una observación más detallada sobre la contextura motivacional o emocional de los azules y procrear una reflexión sobre su figura, una que en nuestro país debe padecer el escrutinio institucional y el escarnio social por una historia forjada al servicio del sistema y como elemento macro y micro represor que infunde más pavor que salvaguardia. “Una Película de Policías” no sólo logra penetrar la membrana de su oscuro mito, también se pone una investidura posmoderna que le restó la Nueva Ola Francesa para contarnos la historia de dos agentes, Teresa y Montoya, quienes se van cincelando como personajes conforme sus anécdotas transportan en tiempo psicológico al espectador a sus respectivos pasados, las convulsiones familiares que los condujeron a las filas policiales (ambos llevaban la ley en la sangre al tener padres o parientes en la fuerza) y las peripecias que afrontan desde que se subieron por vez primera a una patrulla. La cinta maneja una interesante estructura dividida en tres partes, siendo la presentación de los dos protagonistas el cauce argumental de la primera, mientras que la segunda nos revela una verdad que intuimos a los primeros minutos iniciada la cinta: Teresa y Montoya son actores que le dan voz literal a los genuinos agentes homónimos con el fin de dramatizar su devenir, por lo que el acto central lo utiliza Ruizpalacios para presentarnos sus bitácoras en video al momento que ellos debieron enrolarse en la academia de policía para desempeñar sus papeles y realizar un proceso de mimetización lo más exacto posible además de adquirir una perspectiva sobre la vida policial muy en la línea del actor del método. Ellos son Mónica del Carmen y Raúl Briones, quienes nos revelan no sólo el trasfondo vivencial de quienes eligen ésta ingrata y poco agradecida profesión sino sus cavilaciones al respecto, expresando su frustración e incluso desagrado por la carrera policial una vez integrados en ella. El tercer acto nos presenta a la Teresa y Montoya reales, ahora en calidad de civiles al ser despedidos por la maquinaria corrupta del sistema de justicia nacional que no perdona afrentas aún si se trata de la justa aplicación del reglamento. Todo el conjunto se conecta orgánicamente con el fin de urdir su trama para que sus facetas humanas y realistas sean apreciadas por el espectador sin una agenda específica, pues Ruizpalacios se abstiene inteligentemente en denunciar con dedos flamígeros o cobijar las supuestas bondades de la labor de un policía, dejando que los testimonios sean la única herramienta diegética del discurso, manejado con un ritmo ágil e incluso satírico (una secuencia de persecución es armada como si se tratara de una escena de acción hollywoodense con las tomas y música apropiadas) que, al final, conmueve y zozobra por la clara disección que se le hace a estas figuras cotidianas sin llegar a zonas escabrosas gratuitas. “Una Película de Policías” refrenda la calidad narrativa y experimental de Alonso Ruizpalacios quien al retomar las herramientas de trabajo de Godardy compañía logra componer su propio idiolecto, uno al que se le debe poner mucha atención y más difusión.

“MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA” (“THE HARDER THEY FALL”)
Y la sombra de Sergio Leone simplemente no se esfuma, viéndose proyectada mediante su estilismo y lenguaje narrativo cultivado en sus excelentes westerns italianos en un nuevo ejercicio sobre sus tropos pero ahora con lo que debemos suponer es una novedad, pues se trata de una película de vaqueros que luce, se escucha e incluso procura una recaptura de sus atmósferas al spaghetti western de antaño, pero con un reparto y equipo creativo en su mayoría afroamericano, lo que en este momento histórico ya tiene más tufo a oportunismo que a propuesta, y tanto sus utensilios de exposición argumental como la música y el lenguaje como sus manierismos étnicos o sus tics culturales dejan muy clara esa postura. La réplica es constante incluso en la trama, la cual centra su foco argumental en la venganza muy al estilo de “Érase Una Vez En El Oeste” (1968), aquí con un forajido llamado Nat Love (Jonathan Majors) quien da caza a un asesino que le dio fin a su familia años atrás de nombre Rufus Buck (Idris Elba) cuando éste es liberado de prisión por su banda liderada por una recia mujer (Regina Smith). Para ello Nat se hace acompañar de otros pistoleros, incluyendo al temperamental pero rápido con el gatillo Bill PIcketts (Edi Gathegi) y su ex amante, la voluntariosa “Diligencia” Mary (Zazie Beets), quienes junto al veterano sheriff Bass Reeves (Delroy Lindo) tratarán de someter a Rufus y su banda, refugiados en el sometido pueblo de Redwood. El director Jeymes Samuel hace que su película luzca, pues el apartado visual es impecable con un manejo de cámara que estiliza los jugueteos plásticos de Leone y otros directores de la época y una puesta en escena que literaliza de forma algo simplista ciertos puntos, como un pueblo donde cada rincón está pintado de blanco por ser habitado por caucásicos mientras que Redwood, poblado enteramente por afroamericanos, es el único con tonos y colores cálidos que emulan su ascendencia africana y antillana. Las obviedades estilísticas terminan por derrotar a una historia estándar que pretende nutrirse de los intrincados recovecos existenciales y psicológicos del spaghetti western, pero aquí todo luce como una intentona a la segura por un director novato que no comprende a fondo el porqué de las decisiones narrativas originales de Leone y seguidores. En efecto, “Más Dura Será la Caída” cuando se apunta muy alto y simplemente no se llega al destino deseado por exceso de pretensiones.

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