Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“AMOR Y MONSTRUOS” (“LOVE AND MONSTERS”)
Y prosigue el legado que el director inglés Edgar Wright le ha dejado a todo director o guionista que admira la tónica que amalgama la comedia romántica con la ciencia ficción o el horror expreso en su “Desesperar de los Muertos” (“Shaun of the Dead”). Lo difícil es replicar el inteligente equilibrio que Wright logra consumar en su obra de culto, y para muestra de que no basta con aparear a la fuerza dos géneros disímbolos como el rom-com y el fantástico para justificar su existencia o agradar al público aquí está “Amor y Monstruos”, una mezcla de romance juvenil, comedia y aventuras inverosímiles con valores de producción admirables y un evidente esfuerzo por armar algo decente en cuanto a historia y personajes, pero incapaz de aguantar el rigor por mantener unidos todos estos elementos de forma cohesiva e ingeniosa, ya que el guion de Matthew Robinson y Brian Duffield se contenta demasiado con los arquetipos o las situaciones previsibles dejándole poco al director Michael Matthews con qué trabajar más a fondo, por lo que la trama camina sin prisa por la vereda más recta y servicial teniendo como protagonista a un joven llamado Joel (Dylan O’Brien), uno de los sobrevivientes a un apocalipsis monstruoso producto de la mutación de varias especies animales debido a un asteroide que arribó a nuestro planeta, lo que obliga los humanos que quedan a vivir bajo tierra. Es en este hábitat subterráneo donde Joel, un chico soñador y empeñoso a quien no siempre las cosas le resultan bien, se da cuenta de que su destino no es el esconderse o enfrentar a las criaturas que dominan la superficie para obtener alimentos o recursos junto a sus más temerarios compañeros, sino reencontrarse con su novia Aimee (Jessica Henwick) de quien tuvo que separarse forzosamente debido al mencionado hecatombe mutante y con quien mantiene comunicación radial, por lo que se arma de valor y abandona la seguridad de su refugio bajo tierra para recorrer varios kilómetros con el fin de volver a ver al amor de su vida. Su gesta idealista se torna tolerable gracias a un perro abandonado llamado “Chico” que lo acompañará en su aventura junto a un rudo pero generoso hombre llamado Clyde (Michael Rooker), quien le enseñará a mantenerse con vida en este mundo hostil junto a su pequeña hija Minnow (Amanda Greenblatt), niña de pocas palabras pero audaz y valiente como pocas. De este modo, Joel aprenderá lo que debe para madurar y transformarse en un ser apto para subsistir en medio de criaturas carnívoras gigantes hasta llegar con su adorada Aimee.
Esta película, aún con su trama predecible y gastada, logra mantener cierto interés gracias a dos factores: el original diseño de los monstruos aunado a su concepción digital de calidad y las actuaciones de los personajes secundarios, pues Rooker, Greenblatt y Henwick entre otros se muestran convincentes en sus roles a diferencia del protagonista O’Brien, quien no solo carece del carisma necesario para un personaje como el que interpreta, sino además no tiene ni bis cómica o la fuerza histriónica debida para llevar a cuestas la carga humorística y dramática del relato, por lo que requiere mucha ayuda, la cual le brinda el director Matthews con un cuidado manejo del suspenso (la secuencia del ciempiés gigante es tensa y efectiva) y ciertos matices sentimentales, como la presencia de un robot femenino llamado Mav15 que ilumina el proceso con sus simpáticos y en ocasiones profundos diálogos (aunque no deja de percibirse como un componente fuera de lugar en una historia donde predominan criaturas grotescas). “Amor y Monstruos” es una cinta con un potencial que jamás termina por explotarse, por lo que es probable encuentre a un público poco exigente que le agrade para después, ser olvidada.


“CORRE” (“RUN”)
Da gusto ver que el thriller doméstico y autocontenido aún tiene facetas o elementos que explorar, aún si mama directamente de la ubre hitchcockiana. El director y guionista de ascendencia hindú Aneesh Chaganty (“Buscando…”) estructura este relato en base a los modelos heredados por el finado Amo del Suspenso, pero añadiendo un carácter propio que se pone al servicio de unos personajes de interesante psicología y bien bosquejados. La cinta arranca con la labor de parto prematura de una mujer llamada Diane (Sarah Paulson), quien se entera una vez concebido el bebé que éste se encuentra en estado delicado debido a una fragilidad en su constitución corporal y con probabilidad de ser enfermizo. Corte a 17 años después, donde vemos a Diane llevando una apacible vida trabajando como enfermera en un hospital local y cuidando a su hija Chloe (Kiera Allen), una vital y animosa chica postrada en silla de ruedas a quien jamás se le permite salir de casa, por lo que incluso su educación es impartida ahí por su madre. Ambas llevan una dinámica cariñosa y gentil, hasta que Chloe sospecha de un medicamento que le es administrado por Diane debido a una etiqueta extraña en el frasco. Gradualmente la labor investigativa de la adolescente la llevará a descubrir ciertos aspectos de su vida y de su madre que la harán sospechar de ella, ya que no es quien o lo que aparenta.
Chaganty traslada con pericia la narrativa de “La Ventana Indiscreta” para vertebrar esta cinta donde el suspenso se genera mediante los intentos de la protagonista por superar su discapacidad física y el confinamiento por encontrar la verdad sobre su madre, lo que se produce de forma contundente gracias a la excelente actuación de la novata Allen, quien además manifiesta una entrega a su personaje aun cuando ella misma es inválida realmente, por lo que las proezas físicas que desempeña en pantalla resultan aún más lúcidas. El contrapunto lo lleva Paulson, quien también sobresale como la taciturna progenitora que llevará sus cuidados al paroxismo con tal de proteger a su hija y el posible secreto que encierra sus desmesuradas atenciones. El título “Corre” por supuesto es una ironía, pero adquiere un significado tajante conforme la trama evoluciona y nos lleva por esta montaña rusa de emociones que, si bien puede en momentos resultar algo imposible en un sentido de realidad, convence e incluso sorprende por su cuidadosa ejecución. Probablemente Hitchcock esté sonriendo en algún lado.

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