“FUERA DE CONTROL” (“UNHINGED”)
El título en inglés se traduce como “Desquiciado”, y eso prácticamente sintetiza todo, tanto al antagonista de esta cinta -venido como anillo al dedo a Russell Crowe, un actor que persiste en el extravío- como a su guion, una concatenación de incoherencias e inverosimilitudes que sueña con traspasar la barrera de la caricatura sobre masculinidad tóxica y decir algo serio al respecto. La cuestión es que su premisa y primera media hora prometen una historia que pudo arrebatarle algo al interesante discurso sobre la cólera urbana visto en la subvalorada “Un Día de Furia” (Schumacher, E.U., 1993) donde Michael Douglas representa a un antitético James Stewart como el máximo norteamericano promedio molesto por su identidad y condición cultural, pero esta producción dirigida por el invisible Derrick Borte termina desbarrancándose en el thriller serie B sobre un psicópata que no tiene nada mejor que hacer que atormentar a una mujer con su automóvil.
Desde el inicio el personaje de Crowe, a quien jamás se le designa nombre por lo que únicamente se le conoce como “El Hombre”, se nos presenta como un ser violento cuya psique es una ensalada de paranoia y sociopatía, forzando su entrada a un tranquilo hogar para golpear a sus habitantes hasta matarlos y posteriormente incendiar la casa. Posteriormente cruzará caminos con Rachel (Karen Pistorius), una madre soltera que va con retraso tanto para llevar a su hijo adolescente Kyle (Gabriel Bateman) a la escuela como a su trabajo, por lo que su tensión se ha visto acumulada. Al llegar a un alto, Rachel queda por detrás de la imponente camioneta negra de Crowe, quien tarda en arrancar al dar el siga por lo que ella, comprensiblemente, le reclama mediante el claxon. Al final, después de un acalorado debate sobre cortesía automovilística, él le promete que sabrá lo que es “tener un mal día”, y así lo cumplirá a lo largo de la cinta, donde aplicará salvajes medidas para desbaratar y posteriormente aniquilar la vida de Rachel acosándola con su vehículo, golpeando a sus amistades y, ya en el paroxismo de la brutalidad gratuita, asesinando a sus seres queridos. Lo que pudo ser un estudio sobre la psicología metropolitana afectada por la modernidad tecnificada a modo de metáfora que calce con este momento histórico de transiciones y pandemias termina por sucumbir a los recursos más baratos del subgénero de persecución vehicular con su tradicional montaje frenético y falta de preocupación por ahondar en la motivación de sus personajes, tanto víctimas como victimarios, debiendo aceptar sus planos arquetipos. Entre tanta destrucción, angustia emocional infligida a su personaje femenino, agresiones físicas y verbales y choques entre autos, al final esto es tan solo una pobre historia sobre una mujer que lleva una vida desobligada que se enfrenta a un chiflado, y eso no basta para que su núcleo narrativo crea que lleva a cabo una prédica justa o adecuada sobre la moral en tiempos del COVID, y eso termina por desquiciar a cualquiera.

“SAINT MAUD”
Esta película es una clara muestra de que aún es posible recuperar elementos valiosos en la estructura minimalista del cine formal que alimenten una vena creativa capaz de proponer y construir sobre piezas ya integradas a la cultura popular. En este caso, la exquisita ópera prima en largometrajes de la realizadora y guionista británica Rose Glass funciona como un drama identitario con marco de terror religioso y filosófico que retoma a lo lejos los delirios cristianos de filmes como “Carrie: Extraño Presentimiento” (De Palma, E.U., 1976) en apareo con las obsesiones femeninas en cuanto a profesiones y vínculos emocionales como “El Cisne Negro” “Aronofsky, E.U., 2010), dejándonos una de las cintas más interesantes que verá este año.
Este relato se enfoca en una enfermera llamada Katie (maravillosa actuación de Morffyd Clark) quien, al inicio de la cinta, fracasa en revivir a un paciente gravemente herido, por lo que decide entregarse a una fervorosa práctica de la fe católica mientras se dedica a los cuidados paliativos de personas moribundas o decrépitas. Su paciente más reciente es Amanda (Jennifer Ehle), una ex bailarina y coreógrafa norteamericana de renombre que vive en una casona de una ciudad costera inglesa sin especificar debido a un linfoma que la obliga a severas quimioterapias, por lo que vive postrada en silla de ruedas. Katie constantemente le obsequia de dádivas canónigas con el fin de salvar su alma, velando desinteresadamente por ella al punto de sentirse tan vinculada a su presencia que es probable su afán profesional comience a erogar en enamoramiento. Sin embargo, Amanda es una mujer frívola y esnob cuya bisexualidad la explora mediante una prostituta afro inglesa de nombre Carol (Lily Frazer), quien termina siendo confrontada por la enfermera argumentando el daño que su actividad concupiscente le hace al alma de la enferma. Cuando Amanda se entera, humilla y despide a Katie, quien a su vez cae en una vorágine psicológica que la llevará a un careo final entre ella y su ex paciente de aterradoras consecuencias.
La fineza con que Glass dispone de todos los elementos visuales e histriónicos es admirable, creando una atmósfera precisa que impulsa los aspectos simbólicos de la trama mientras que el excelente reparto expande todas las posibilidades dramáticas e inquietantes de la sobria pero rica historia. “Saint Maud” propulsa la idea, al igual que trabajos contemporáneos como los de Ari Aster y Peter Strickland, de que el verdadero horror siempre ha estado y estará en los fracturados pasillos de la mente en estado de desgracia, sosteniendo su discurso con una brillantez narrativa que embelesa y horroriza.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com