Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“MATRIX: RESURRECCIONES” (“THE MATRIX RESURRECTIONS”)

Esta reinserción al visionado cinéfilo del mundo de Matrix dos décadas después de su invención por los entonces Hermanos Wachowski tiene la mejor media hora en toda la saga, localizada al inicio de la cinta cuando todo apunta a una inteligente sátira que emplea un metalenguaje como mecanismo desacralizante a los modelos de quinesia cinematográfica instaurados por las mismas películas de “Matrix” y su retórica barbarizante a los lineamientos filosóficos de principios del siglo XX sobre el ser y la nada, pero después la directora Lana Wachowski recordó (o tal vez sucumbió a la presión del estudio) que para enclavar esta cinta a la saga debía incluir secuencias de batallas, golpes y persecuciones y así lo que apuntaba a una mordaz autorreflexión sobre lo que significó un tuneo completo al cine de acción termina siendo un forzado intento de revalidación con algunos momentos de interés. Keanu Reeves regresa como estelar interpretando a Thomas Anderson, un programador de San Francisco que utiliza sus sueños y unos vagos recuerdos sobre experiencias fantásticas que pudo o no haber experimentado en otra vida sobre una guerra entre hombres y máquinas, agentes imbatibles de traje, corbata y lente oscuro y una mujer llamada Trinity que lo inquieta para crear una serie de exitosos videojuegos llamados por supuesto “Matrix”. A pesar del éxito financiero y los elogios, Thomas se siente vacío hasta que llega una joven llamada Bugs (Jessica Henwick) quien le informa que su vida es una mentira, que él alguna vez fue el fabulado “Elegido” que liberó a la humanidad del yugo tecnológico y que ahora habita en una realidad virtual. Por supuesto, él se resiste hasta que conoce a una versión más joven y de modalidad digital de Morfeo (Yahya Abdul-Mahteen II) quien lo convence para que ingiera la famosa cápsula roja y así conozca la verdad: los humanos han vuelto a ser presa de una inteligencia artificial a pesar de lo acontecido en las cintas anteriores y es el destino de Thomas retomar su manto como Neo y proseguir la lucha. El giro se da cuando descubre que el conflicto no se orienta contra las máquinas al punto que varias entidades robóticas son tan benignas que incluso auxilian a los rebeldes liderados por una envejecida Niobe (Jada Pinkett-Smith), sino contra una identidad virtual llamada El Analista (Neil Patrick Harris) que busca asimilar el control de la conciencia global humana. En el proceso resurge el perverso Agente Smith (Jonathan Groff) en modalidad rejuvenecida y la misma Trinity, a quien Neo desea recuperar aun cuando ella vive una existencia de ensueño en la Matriz como aficionada a las motocicletas que vive con un esposo e hijos amorosos. Esta faceta es la que logra dotar de realce al filme, pues entre las obligadas y previsibles luchas que no aportan algo a la trama -coreografiadas de manera muy rutinaria y sin algún apéndice novedoso como ocurriera en el primer filme con el famoso “tiempo bala”- o los inevitables recursos dizque filosóficos que buscan infructuosamente por añadirle una profundidad que simplemente no le va a una trama que prefiere lo anodino, la relación entre Neo y Trinity localiza un eje genuinamente romántico y emocional que dirige la película a un clímax por demás acertado, así como los recursos metalingüísticos que reflexionan sobre la identidad de una cinta como ésta en la era del reboot y las revaloraciones a los objetos de culto pasados. Pero estos recursos terminan siendo arrojados por la borda para tratar de darle a los fans lo que esperan de una película de “Matrix” en lugar de pronunciar un discurso renovado y actual, tal cual indicaba esa fabulosa primera media hora. “Matrix: Resurrecciones” es como un algoritmo de Netflix: parece conocernos, pero sólo busca complacernos sin otorgar algún índice de propuesta, y eso hace que esta cita se perciba al final fría e innecesaria.

“KING’S MAN: EL ORIGEN” (“THE KING´S MAN”)

Después de las estrafalarias pero muy entretenidas aventuras sobre la agencia de espionaje más infalible y brutal conocida como Los Kingsman nos toca ahora conocer su origen. Narrado por el director Matthew Vaughn, quien detenta cierta exclusividad al respecto al haber dirigido las dos cintas anteriores, la película es una curiosa capirotada de recursos narrativos que apela tanto a las formas ya conocidas con que Vaughn ejecuta su conocido gusto por la acción salvaje y desmedida como a una línea dramática mucho más seria que recurre a eventos históricos genuinos y a una recreación de época justo es decirlo muy lograda. La película inicia en 1912 con el duque Oxford, Orlando (Ralph Fiennes), su esposa e hijo, Conrad, mientras visita al polémico Herbert Kitchener (Charles Dance) apostado en África durante una misión para la Cruz Roja mientras se efectúa la Segunda Guerra Bóer. Las cosas salen mal y la esposa de Orlando es asesinada no sin antes hacerle jurar al Duque que su hijo Conrad  jamás deberá conocer la guerra o la violencia. Ante esto, Oxford llevará una vida pacifista hasta que algunos años después una misteriosa mente criminal congrega a algunas de las figuras históricas más adversas como la espía Mata Hari (Valerie Pachner), el mentalista Erik Hanussen (Daniel Brühl) y el legendario monje Grigori Rasputín (Rhys Ifans) para que desestabilicen el orden mundial mediante calculadas intrusiones en los reinos de Austria, Gran Bretaña y Alemania que genere lo que a la postre será la Primera Guerra Mundial, iniciando con el asesinato del Archiduque Fernando a manos de Gavrilo Princip (Joel Basman), lo que afecta directamente a Orlando cuando su hijo Conrad (Harris Dickinson), ahora todo un hombre, decide que quiere involucrarse en la batalla enlistándose en las fuerzas armadas y apoyado por Kitchener, quien termina solicitando la ayuda del Duque para resolver este conflicto. La trama procura un sentido de ambición y lectura épica al conjuntar tanto escenas en el campo de batalla como aquellas donde se teje la intriga para el desgrane de la política y sociedad europeos que dará inicio a la creación de un servicio de inteligencia independiente que detenga esta amenaza sin descuidar la atmósfera y sentido de aventura propios de un relato que surge de los cómics como escenas de pelea (destaca la muy trabajada y ciertamente emocionante batalla entre Orlando y Conrad contra Rasputín en una gélida mansión rusa) y la forma con que Kingsman se conjura mediante los esfuerzos del Duque de Oxford y sus allegados, en particular el africano Shola (Djimon Honsou), diestro en el arte del combate y la guerra y su secretaria Polly (Gemma Atherton), mujer fuerte e inteligente que demuestra ser mucho más de lo que aparenta. El único gran pecado de la cinta es no concatenar correctamente estos disímbolos eslabones para lograr una historia cohesiva y fuerte, por lo que las piezas, por muy interesantes que sean separadas, no logran un conjunto fuerte, pues los brincos entre las dramáticas escenas de amor filial entre Orlando y Conrad, los conflictos entre ellos sobre las posturas pacifistas-patriotas de ambos y los momentos bélicos muy en la línea de “1917” de Sam Mendes colisionan con la jovialidad de tomas donde Rasputín da patadas por los aires o cabras atraviesan con su exagerada cornamenta a seres humanos, simplemente no sabemos cuándo reír y cuándo llorar. Aun así, “King’s Man: El Origen” deja claro que Vaughn es un director con talento que aún debe localizar ese proyecto con suficiencia narrativa para que demuestre correctamente lo que puede hacer pero que de igual forma puede realizar un divertimento con pretensiones sin que el resultado sea una pedantería (toma nota, Neil Blomkamp).

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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