Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

(Nota: Estas películas se exhiben en cartelera comercial y se incluyen en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

“AMOR SIN BARRERAS” (“WEST SIDE STORY”)

El periodo en ciclotimia que apresa actualmente a Steven Spielberg en su proceso creativo lo ha llevado a explorar todo tipo de historias y temas en éstos, sus años dorados, desde fábulas infantiles maltrechas como “El Buen Amigo Gigante” hasta proyectos donde quiere recordarnos su facultad para narrar historias serias y adultas como “Puente de Espías” o “The Post: Los Oscuros Secretos del Pentágono” pasando por atiborradas fantasías de pobre consistencia como “Ready Player One: Comienza el Juego”. Sólo le faltaba una cinta de horror puro y duro o un musical y conociendo sus inclinaciones dialécticas el veterano realizador se ha decantado por dirigir un remake de la adorada “Amor Sin Barreras”, libro y subsecuente obra de teatro llevada a la pantalla grande por primera vez en 1963 por Jerome Robbins y Robert Wise con gran efecto en la taquilla y la Academia, recibiendo el Oscar a Mejor Película hace casi 6 décadas y objeto de admiración de Spielberg por encapsular la espectacularidad escenográfica y narrativa del Hollywood de antaño. Su versión no difiere en absoluto a lo ya visto, realizando retoques meramente estéticos dejando en absoluta paz tanto la trama como los puntos plásticos distintivos del filme original, por lo que aquí tenemos una Nueva York a finales de los cincuenta cuyo barrio bajo se lo disputan dos bandas, los puertorriqueños “Sharks” liderados por el airoso Bernardo (David Álvarez) y los “Jets”, dirigidos por el lánguido y algo cruel Riff (Mike Faist). Los números musicales iniciales marcan el esperado ritmo tanto melódico como argumental que describe las circunstancias e ideologías de ambas pandillas hasta que conocemos a María (Rachel Zegler), hermana de Bernardo quien una noche de fiesta conoce a Tony (Ansel Elgort), el mejor amigo de Riff y cofundador de los “Jets”. El romance entre ellos florece hasta un punto peligroso, pues tanto Riff como Bernardo no tolerarán que Tony y María consumen su idilio tanto por razones étnicos (por no decir xenófobas) como prácticas, pues así como ocurrió con los Capuleto y los Montesco en el “Romeo y Julieta” de Shakespeare que inspiró la obra original, ellos simplemente no pueden unirse por formar parte de clanes enemigos, por lo que al igual que la obra del Bardo, todo transitará con rumbo a la tragedia.

Spielberg no reformula, replantea o siquiera aporta algo a la historia por todos conocida, por lo que su ejercicio es el de un director de orquesta que mueve la batuta para que todos los elementos se dirijan al punto deseado o más bien esperado, ya que ninguna sorpresa nos aguarda habiendo visto el filme sesentero. Los sutiles puntos en los que difiere es la rebaja en el discurso racista (Spielberg es un abanderado de la corrección política), la anacronía con que se nos presenta el conflicto medular sin que se explore con mayor profundidad por lo que todo es maniqueo y la presentación de la actriz Rita Moreno, una de las figuras protagónicas del filme de Wise en el rol de la dueña de una farmacia donde labora Tony y que originalmente se trataba de una tienda de abarrotes. Por otro lado, se extraña la presencia indiscutible de Natalie Wood, actriz cuyo trabajo en la cinta original eclipsaba incluso los esfuerzos de sus coprotagonistas masculinos por su inconmensurable estampa aún si Zegler canta y baila bien lo suyo mientras que la invasiva idea durante todo el visionado de que ésta es una historia que parte de un tiempo y proceso sociológico específico no nos abandona durante todo el visionado, al punto que sentí lo mismo cuando revisé hace años la versión de “Psicosis” dirigida por Gus Van Sant, un ejercicio en futilidad si consideramos que el discurso no se actualiza o es producto de una necesaria metamorfosis que lo ajuste al mainstream contemporáneo. Esta versión de “Amor Sin Barreras” muestra la técnica y el trabajo de un cineasta que lleva haciendo lo suyo desde hace casi 50 años, pero se aprecia tan ajena a su idiolecto a la vez que siamesa a la labor de Wise y Robbins que no se comprende su razón o propósito, a menos que se limite únicamente al capricho de un septuagenario que decide mostrar antes que proponer.

“AMALGAMA”

El director y guionista Carlos Cuarón, hermano de Alfonso y nominado al Oscar hace varios años por su trabajo en “Y Tu Mamá También”, posee el talento suficiente tanto en la fragua narrativa como con la mirada para generar cosas interesantes aún si resulta evidente con otros trabajos suyos como “Rudo y Cursi” o “Besos de Azúcar” que le seduce la recepción por parte del público masivo. Y tal vez sea este malentendido deseo por agradar que ha dirigido una futilidad como “Amalgama”, un supuesto drama con tintes de humor negro donde cuatro dentistas acaudalados y burgueses a más no poder quedan varados en una paradisíaca isla cercana a la Riviera Maya donde tal confinamiento les orillará a hacer catarsis de fea manera, aflorando sus rencores, mediocridades y pasiones maltratadas al calor de las cervezas y un poco de libido. Los sacamuelas en cuestión son el inmaduro e hijo de mami Hugo (Miguel Rodarte), quien es acusado de plagio por un radical proceso odontológico y con un pique debido a una novia perdida a causa de Saúl (Tony Bravo), el más milloneta del grupo dueño de una clínica y que lo invita junto a Chema (Manolo Cardona), homosexual aquejado por una atribulada relación sentimental y a la doctora Elena Durán (la peruana Stephanie Cayo), futuro objeto del deseo de este trío a su pequeño “paraíso” en medio de la nada. Los conflictos que brotan entre ellos son producto de una enervante inmadurez general y un empecinamiento por parte de Cuarón en su faceta de guionista por no dotarles de mayor ahondamiento psicológico más que los lineamientos arquetípicos de rigor. “Amalgama” es una cinta que no lucha, no se esfuerza y más bien se contenta creyendo que lo presentado es ingenioso aún si resultan evidentes sus matices maniqueos o deslumbrante únicamente por las bellas vistas caribeñas que acompañan a estos destartalados ricachones de pacotilla con sus patéticas ideas de sufrimiento, añadiendo algo de humor involuntario como la risible escena donde el esposo de Chema le muestra vía celular su desdén al fornicar con un flacucho o los exasperantes intercambios supuestamente coloquiales (decodificables únicamente en el contexto fresa / fifí) entre los tres “amigos”. Ésta es una película donde la audiencia padece el dolor de las caries narrativas que la invaden.

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