Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

(Nota: Estas películas se exhiben en cartelera comercial y se incluyen en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

“VIEJOS” (“OLD”)

Esta cinta es toda una paradoja. Por un lado, muestra la sabiduría artesanal que ha alcanzado su ya veterano director M. Night Shyamalan, después de atravesar las gratificantes aguas del triunfo creativo y taquillero (“El Sexto Sentido”, “El Protegido”, “Los Huéspedes”), así como abismos de inenarrable mediocridad argumental (“El Último Maestro del Aire”, “La Dama En El Agua”) para demostrar que sabe muy bien qué es una cámara y cómo se usa e incluso añadiendo composiciones y encuadres que saben a autor de manera coherente. Por el otro, sus deficiencias como narrador, al enfatizar el riguroso misterio con que percuta sus historias sobre sus personajes para someterlos a sus respectivos arquetipos, debilitan el potencial de sus atractivas premisas, negándole al espectador una gratificación absoluta una vez que concluye la cinta. Entonces, el resultado es una película que entretiene a un nivel superficial, pero que descorazona ante lo que pudo ser, de haber aplicado más empeño a las mentes y almas de estos seres atormentados por razones enigmáticas, un acertijo que encuentra resolución no mediante un giro de tuerca inesperado al arribo del clímax, sino de forma convencional que satisface por su naturaleza sencilla y clara, así que hablamos también de una linealidad argumental que decepcionará a los fanáticos de Shyamalan, pero ganará puntos para quienes anhelan una trama más sobria.
La cinta aplica con acierto la receta narrativa de Agatha Christie, que ubica a un limitado contingente en un área perfectamente delimitada donde el escape es complicado y una sistemática amenaza se cierne sobre cada uno de ellos. En este caso, los ingredientes son Guy (Gael García Bernal), un analista de una compañía de seguros, su esposa Prisca (Vicky Krieps), con quien tiene algunas dificultades que los orilla a considerar el divorcio, y sus hijos Trent (Nolan River) de 6 años y Maddox (Alexa Swinton) de 11. Ellos vacacionan en un lujoso resort con el fin de endulzarle a los niños la noticia de su separación, hasta que son llevados como parte de un paseo organizado por el hotel a una playa privada, acompañados de otra familia, un cirujano de edad madura llamado Charles (Rufus Sewell), su muy joven y vanidosa esposa Chrystal (Anney Lee) y su pequeña hija Kara. Al llegar, gradualmente se sumarán otros personajes, como una pareja interracial y un famoso cantante de hip-hop conocido como Mid-Sized Sedan (Aaron Pierre), quienes, después de encontrar a la pareja muerta de este último flotando en el agua, deberán enfrentar un pavoroso hecho: sus cuerpos envejecen a ritmo alarmante. Al tratar de huir de ese sitio infructuosamente, deberán juntar cabezas para descubrir qué es lo que ocurre y por qué, antes de que el tiempo, literalmente, se les acabe.
Uno de los principales aciertos de la cinta es la locación, una pequeña costa amurallada por enormes formaciones rocosas naturales que se aprovecha al máximo en cuanto a la creación de una atmósfera opresiva, agregando a la tensión producto del envejecimiento acelerado y produciendo un aura cuasi mística al alejarse de los acostumbrados entornos sombríos propios de un relato como éste para favorecer la brillante luz del día. Bernal, Krieps, Sewell y el joven grupo de actores mantienen a flote el interés, trazando una vía natural de comportamiento para sus personajes, conforme estos comienzan a degradarse física y mentalmente por estas circunstancias misteriosas, mas hay un límite para lo que estos histriones pueden aportar si sus papeles no logran liberarse del confinamiento bidimensional al que se les somete, dejando que sean las propiedades sobrenaturales del guion las que tomen control, sin que haya en ellos un rasgo de pathos que los vincule a la audiencia. Todo es un proceso que, en momentos, se percibe casi mecánico, donde tan sólo debemos esperar a que la fatalidad los alcance, mientras luchan, no con desmedida desesperación, por salir de ese lugar. Tal vez la intención de Shyamalan no sea la de generar un estudio de caracteres y más bien limitarse a la anécdota que surge de su premisa fantástica como los cómics de horror de antaño (curiosamente, esta película se supone está basada en una novela gráfica titulada “Sandcastle”, pero se desvía bastante de esta fuente como para siquiera establecer puntos de comparación precisos), lo que resulta insuficiente para las sofisticadas mentes cinéfilas de hoy, que se han cultivado viendo “American Horror Story” o “La Maldición de BlyManor”, ejercicios narrativos mucho más trabajados y menos lineales. “Viejos” tan sólo conjura un entretenimiento momentáneo, pero, seguramente, no envejecerá con mucha gracia.

“G.I. JOE: SNAKE EYES” (“SNAKE EYES”)

Éste es uno de esos casos en que el cuadro de actores parece disfrutar tanto su trabajo que el gozo casi se contagia, mientras que todo el arte escenográfico resulta tan cuidado a la vez que una estupenda fotografía embellece los encuadres con su mise-en-scène comiquero, hasta que las memeces de la historia y su irrefrenable empeño por no dejar fuera algún cliché del subgénero de acción artemarcialista nos abre los ojos y vemos que “Snake Eyes” es, en el fondo, un producto plástico sin alma que sólo opera como una pieza inicial en la construcción de una franquicia. Y cómo no, si la dirige el baquetón de Robert Schwentke (“R.I.P.D., Policía del Más Allá”, “Insurgente”), miembro de la prole de Michael Bay, convencido de que la forma le gana al fondo.
Henry Golding (“Locamente Millonarios”) lleva a cuestas el papel principal, encarnando a Ojos de Serpiente/Snake Eyes, uno de los personajes más populares del universo de G. I. Joe, sobre todo por tratarse de un ninja misterioso que jamás, pero jamás, habla. Por supuesto, Golding no podía contentarse con hacer mutis y sin mostrar su faz todo el metraje, así que aquí lo descubrimos como un hombre sediento de venganza por el asesinato de su padre años atrás y aliándose con un clan yakuza que le permitirá efectuarla. Aquí, conocerá a su futura némesis Sombra Tormenta/Storm Shadow (de niño, todos los personajes de G. I. Joe tenían traducción, cual debe, en empaques de juguetes y serie animada, así que el lector dispensará mi afán por su uso) y encontrará el camino que lo lleve al honor mientras refina sus habilidades combativas. Entre traiciones, múltiples combates coreografiados con bastante flojera y efectos dominó que hacen de todo muy, pero muy predecible, “Snake Eyes” deambula entre la corrección técnica e histriónica y el absoluto aburrimiento argumental, pues, desde que Sho Kosugi blandiera una katana hace casi 40 años en contra de Franco Nero en “La Venganza del Ninja”, ya todo se ha dicho y hecho al respecto, así que lo mejor será que estos Ojos de Serpiente mejor permanezcan cerrados.

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