Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

(Nota: Estas películas se exhiben en cartelera comercial y se incluyen en este espacio por la naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

“MINARI”

Los relatos sobre inmigrantes que se cocinan en suelo norteamericano suelen conformar su argumento en la solidificación del Sueño Americano a partir de las aspiraciones y metas de los expatriados en cuestión, pues, por lo general, dichas historias persiguen alguna agenda cultural o política que favorece o desmitifica el sistema del país que los aloja. Pero “Minari”, cinta afamada por su reciente participación en la entrega de los premios Óscar, busca algo distinto: fundamentar la noción de que el acto migratorio sirve para allanar el terreno de la exploración intrafamiliar y el director Lee Isaac Chun, quien se ha basado en las experiencias vividas por sus padres inmigrantes en los E.U., logra precisamente eso en este acabado y emotivo relato que muestra los conflictos que padece una familia coreana en Arkansas en su proceso de asentamiento. Lo sugerente en este proceso es que las aspiraciones de estos extranjeros en tierra relativamente extraña chocan no con su entorno, sino consigo mismos, lo que se presta a materia de exploración muy interesante.
El paterfamilias es Jacob Yi (Steven Yeun, demostrando por fin, con su sólida actuación, que es alguien más que Glen de “The Walking Dead”), un hombre empeñado por darle una mejor vida a su esposa Monica (Yeri Han) y sus hijos David (Alan S. Kim) y Anne (Noel Kate Cho) a mediados de la década de los 80, por lo que decide mudarlos de California, donde trabajan en una factoría de gallinas como separadores de pollos, hasta Arkansas, lugar en que Jacob ha puesto todas sus esperanza -y ahorros- en una granja que cree le traerá prosperidad cultivando verduras y legumbres propias de Corea, con el fin de venderlas a los comercios asiáticos de las ciudades vecinas. Sin embargo, las cosas no proceden con la velocidad deseada, tensando la relación entre él y su esposa, por lo que Jacob trae desde su país natal a la madre de Monica, Soonje (Yuh-Jung Youn), para que cuide a los niños mientras ella trabaja en la granja avícola local, realizando la misma actividad que en California, y él se dedica a la dura labranza de la tierra junto con un fanático religioso (Will Patton) que empalma su trabajo con las más paroxistas manifestaciones de fe. Los conflictos comienzan a apilarse cuando el dinero se agota y Jacob toma decisiones impulsivas para mantener a flote la economía familiar, mientras que David simplemente no comprende a su abuela, quien se conduce de forma abierta y despreocupada, prefiriendo ver televisión en el suelo u obligar a su nieto a comer alimentos coreanos que él detesta a ser, como ella misma enuncia, “una abuela buena onda y querendona”. Esto precisamente es lo que permite a la cinta funcionar como lo hace, pues teje un relato macro que poco o nada tiene que ver con la etnia de los protagonistas y sus esfuerzos por calzar en su país adoptivo para enfilar su cauce narrativo en el desmenuce dramático que produce la tirante situación entre los padres y la desarmonía entre la abuela y los nietos, culminando en un proceso de unión que brota de forma natural con base en las circunstancias y no por un milagro cinematográfico. El “minari” del título es una hierba comestible coreana que Soonje ha traído para sembrarla en un arroyo cercano a la casa y que, a la postre, funciona como símbolo de la tenacidad que se requiere para subsistir en el proceso de echar raíces en un suelo desconocido y, de esta forma, logra consolidar la tesis de su relato el director Chung, quien toma buen partido de los bucólicos escenarios naturales sin rayar de preciosista y consolidar un cautivador retrato familiar, gracias, en gran parte, al esfuerzo de su cuadro de actores (en particular la veterana Yuh-Jun Youn, quien merecidamente ganó el Oscar como actriz secundaria por este excelente trabajo). “Minari” universaliza correctamente su discurso, por lo que es igual a la hierba buena, dejando un grato recuerdo y sabor de boca.

“MORTAL KOMBAT”

Escribía su servidor hace unos meses en una de estas columnas con respecto al estreno de “Monster Hunter”: “…los videojuegos simplemente no permiten una traspolación adecuada de su compacta narrativa al expansivo lenguaje cinematográfico, pues aún si la mitología producida en consolas caseras es intrincada y rica, ésta no logra consolidarse mediante imágenes en movimiento que carecen de la interactividad de su inspiración electrónica…”. Esto no sólo permanece cierto en la nueva iteración del gustado juego “Mortal Kombat”, el cual ya ha tenido su buena cuota de adaptaciones previas, tanto en cine como televisión, sino que además pretende tomarnos el pelo, asumiendo que sus fanáticos desean la recuperación de los aspectos más brutales y violentos que le dieron celebridad a su versión arcade en primer lugar, desfavoreciendo otras aspectos, al parecer menos validados bajo su perspectiva, como, oh, no sé, historia o personajes de interés. Pero eso es lo que tenemos en esta ridiculez dirigida con la sensibilidad de un autómata por un tal Simon McQuoid, un australiano de 37 años que se conduce como si tuviera 12 en su labor como director, ya que lo único que privilegia en su fallidísima narrativa son las sangrientas escenas de combate y un sentido del humor sólo apto para quienes padecen de alguna afasia neuronal. Y sí, estoy en plena consciencia de que un juego como Mortal Kombat, con el cual me entretuve en mis años mozos del bachillerato en la ahora difunta cadena de establecimientos Chispas, apoya toda su capacidad de captación sensorial en las imágenes ultraviolentas -ahí reside su “encanto”- pero una concatenación de imaginería feroz, sin algo que las valide o les dote algo de sustancia, sólo transforma la experiencia en una meramente onanista muy en la vena de vacuidades similares como la serie de “Juego Macabro”, aderezado con chistes malísimos, cortesía de personajes subnormales.
La trama es mero cliché en automático: un peleador de artes marciales mixtas de capa caída llamado Cole Young (Lewis Tan) es uno de los elegidos para participar en el torneo transdimensional llamado “Mortal Kombat”, organizado por el malvado emperador Shang Tsung (Chin Han), quien anualmente recluta a los mejores competidores del Mundo Exterior, donde habitan seres con habilidades superiores a los humanos. De estos, sólo Young, una ex soldado llamada Sonya Blade (Jessica McNamee) y un Mayor de las Fuerzas Especiales llamado Jax (Mehcad Brooks) son los únicos representantes de nuestra realidad (hay otro, un mercenario llamado Kano, interpretado por Josh Lawson, que termina pasándose al bando de los malos), por lo que deberán combatir a Tsung y sus huestes bajo la tutela de Lord Raiden (Tadanobu Asano), asistido por sus aprendices Liu Kang (LudiLin) y Kung Lao (Max Huang). Hay por ahí una subtrama que involucra a un poderoso guerrero con poderes gélidos llamado Sub-Cero (Joe Taslim) y su bronca milenaria con otro llamado Scorpion (Hiroyuki Sanada) que aparece desde el inicio de la cinta, pero, de forma tan anodina y llevada de manera superficial, que mejor la dejamos por ahí.
La película tiene el síndrome Milhouse de “¿A qué hora llegarán a la fábrica de fuegos artificiales”? Cuando llegamos al tercer acto, y el mentado torneo nada más no se da, así que nos quedamos con los sosos conflictos de estos cartones animados que aspiran a ser personajes, quienes deciden mejor pelear entre ellos fuera del ring místico por obra y gracia de un atarantado guion que olvida lo importante que es para los fans lo primordial: ver el Combate Mortal por el que pagaron o quedaron sujetos a sus asientos casi dos horas. Esto, damas y caballeros, es aplicarle un “fatality” a cualquier intención que tuviera la Warner Bros. y su New Line Pictures por resucitar la franquicia. Ahora, a ver quién se anima a realizar una adaptación de “Killer Instinct”.

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