Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“ESTACIÓN ZOMBI 2: PENÍNSULA” (“HANJA” / “PENINSULA”)

Esta cinta nos da una lección muy valiosa: incluso un director comprometido y talentoso como el surcoreano Yeon Sang-Ho debe ceder a la sensibilidad mediática/masiva para realizar un proyecto, y esto queda muy claro después de ver “Estación Zombi 2: Península”, secuela autónoma del éxito taquillero, creativo y de crítica que fuera “Estación Zombi: Tren a Busán” hace cuatro años, pues la película, moviendo su historia a parámetros tangenciales con respecto a su predecesora, le debe más a la escuelita plástica y narrativa de la serie “Rápido y Furioso” que al sólido ritmo dramático y pavoroso que Sang-Ho planteó tanto en la película anterior como en sus otros trabajos cinematográficos, incluida un excelente tríptico animado. Lo más pasmoso es que esta movida y muy hueca producción se haya colado al programa oficial del festival de Cannes el año pasado, pero bueno, poderoso caballero es don dinero.
La cinta se ubica en el presente, a casi un lustro de los eventos transcurridos en el primer filme cuando un virus letal hizo presa de la sociedad coreana transformándolos en maniacos enloquecidos y antropófagos. Ahora toda la península asiática se encuentra aislada y resguardada para evitar que cualquier infectado logre salir. Sin embargo, un soldado que sobrevivió llamado Jung Seok (Gang Don-Wong) y que ahora reside en zona segura es coaccionado para regresar junto con un equipo de hombres y mujeres para recuperar una cuantiosa cantidad de dinero que quedó varada en el área de conflicto durante la locura suscitada por la pandemia. Una vez ahí, descubren que hay más sobrevivientes que han hecho del territorio una zona de barbarie gobernada por un sujeto despiadado que incluso obliga a ciudadanos indefensos a enfrentarse a infectados en una arena de combate, por lo que Jung no solo deberá escapar de ahí, sino que buscará rescatar a una mujer, su hija y abuelo varados en ese lugar.
Todo el procedimiento se genera mediante la estética y ritmo básicos a los que nos ha acostumbrado Hollywood, sin buscar alguna línea que la distinga o que proponga algo que no hayamos visto hasta el cansancio en otras películas o series de este corte (“TheWalkingDead”, sin ir más lejos). Esta secuela es completamente rutinaria e incluso sosa, y lo último que necesitamos ahora es una cinta forzada e innecesaria que banalice sobre emergencias virales, pues de eso ya tenemos bastante todos los días.


“LAS BRUJAS” (“THE WITCHES”)
El escritor británico Roald Dahl (1916-1990) ha sido inagotable fuente de inspiración para el cine, donde ha visto varias adaptaciones muy afortunadas e incluso ahora consideradas verdaderos clásicos de sus trabajos, como “Willy Wonka y la Fábrica de Chocolate” (1971), “Matilda” (1996) o “El Fantástico Señor Zorro” (2009), donde los protagonistas, particularmente niños, enfrentan una serie de circunstancias adversas bastante dolorosas o psicológicamente complejas mediante su ingenio e inocencia, generando un leitmotiv en la obra del Sr. Dahl sobre la oscuridad en el mundo procreada por la mente adulta contrarrestada ante la mente infantil. De aquí parte una nueva adaptación de otro texto clásico del autor inglés titulada “Las Brujas”, llevada previamente a la pantalla con un sardónico e inquietante tono por el siempre interesante director Nicolas Roeg, quien se sirvió de los exuberantes efectos especiales creados por la compañía de Jim Henson (“Los Muppets”) y la magistral actuación de Anjelica Huston como la lideresa de una cofradía de brujas. Ahora le toca al siempre tibio Robert Zemeckis, apoyado por un guion donde colaboró ni más ni menos que Guillermo del Toro -quien además asiste en la producción junto a su compadre Alfonso Cuarón- para realizar una cinta que tiene dos primeros actos tan bien llevados que el acelerón argumental y revés dramático que aplica en el tercero constituye una decepción que desinfla un proyecto que lo tenía todo para triunfar, pero que se contenta tan solo con entretener.
Octavia Spencer estelariza como una abuela sureña norteamericana a principios de la década de los 60’s que se hace cargo de su nieto (Jahzir Bruno) una vez que el chiquillo queda huérfano debido a un accidente automovilístico que sufren sus padres. Sumido en la tristeza, la abuela, que además es santera y bruja de afición, trata de alegrarlo y sacarlos de su depresión hasta que unas brujas comienzan a rondar el pequeño pueblo donde viven, por lo que decide llevar a su nieto a un lujoso hotel en Alabama para gente blanca y rica con el fin de huir de ellas, pues la rotunda mujer conoce bien a las hechiceras desde su infancia por un incidente mágico que involucró a su mejor amiga. Ahora hospedados en ese lugar -gracias a un conocido de la abuela que ahí trabaja-, deberán eludir a un cónclave de hechiceras que se han reunido en ese lugar convocadas por su líder, la Bruja Mayor (Anne Hathaway) para conjurar un plan malévolo: eliminar a todos los niños del mundo mediante una poción que los transformará en ratones. El niño y su ratoncita mascota Daisy se dan cuenta de ello mientras realizan la metamorfosis de un rollizo niño inglés llamado Bruno (Codie Lei-Estick), mas no logra evitar que él mismo sea transformado en uno. Ahora los tres roedores (Daisy resulta ser una niña también presa de una hechicería) harán lo posible por frenar a estos malvados seres junto con su abuela.
La película aplica la tónica narrativa de la versión anterior, así como detallar con más trabajo el aspecto de las brujas según el texto de Dahl, quien las describe como demonios dentados y carentes de ciertos dedos gracias a la tecnología digital, pero se muestra tímida en ciertas facetas argumentales que plantea pero jamás explora, como los atisbos a la xenofobia característica de aquella época en la región o una participación más concluyente por parte del gerente del hotel (Stanley Tucci) quien solo sirve para accionar ciertos puntos de la historia sin contribuir demasiado a la misma a diferencia del libro o la película de Roeg, sin mencionar el desgaste que se produce en el guion ya mencionado conforme nos aproximamos a un clímax aprontón y congestionado. “Las Brujas” solo se queda a un vuelo de escoba narrativo por levantar nuestra imaginación, pero igual creo que le funcionará a los más pequeños de la casa si no son demasiado impresionables.

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