Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En la mitología griega, Procusto fue un posadero maléfico que ofrecía hospedaje a viajeros en su casa en las colinas de Ática. Una vez allí, los inducía a recostarse sobre su cama de hierro a descansar. Mientras los visitantes dormían, Procusto los amordazaba y ataba al lecho. Si las víctimas eran más largas que la cama y sobresalían, cortaba partes de su cuerpo (los pies y las manos o la cabeza) para ajustarlos al tamaño del lecho. Por el contrario, si eran de menor tamaño que la cama, los descoyuntaba a martillazos con el fin de estirarlos. Es una forma siniestra de tratar al extranjero, a quien se teme por ser lo desconocido.

En psicología, el concepto de Síndrome de Procusto se utiliza para definir a aquellas personas que son intolerantes y miedosas respecto hacia lo que es diferente o desconocido y, por sobre todo, hacia lo que es mejor. Viven estas situaciones como amenazas a su propia persona y a sus propios intereses, desplegando conductas para sentirse a salvo, como humillaciones, boicots o limitaciones impuestas a las personas que los intimidan.

Estas personas desprecian a quien sobresale, a quien se destaca, a quien tiene un buen desempeño o a quien evalúan como bien capacitado para una tarea, porque lo consideran una amenaza. El temor a quedar opacados hace que conceptualicen a estas personas como su competencia y se ven motivados a desplegar acciones para afrontar esta situación.

Seguramente el lector perspicaz y conspicuo habrá identificado la alusión adrede que hago utilizando el texto que tome de una página de psicología y seguramente su reacción debe haber sido positiva o negativa dependiendo del concepto en que tenga al presidente López Obrador. Como cualquier persona y más como cualquier personaje de comedia en que se exageran las características para destacar un estereotipo, difícilmente puede suscitar una aceptación generalizada. Conozco mucha gente a la que le choca Cantinflas, yo entre ella, a la que el personaje del “peladito”, que es una caricatura exagerada de una figura desaparecida de la picaresca social del México del siglo XX, no le hace la menor gracia. AMLO, que ha creado una caricatura de sí mismo, exagerando ciertas cualidades (no necesariamente buenas) que, sin embargo, le vuelven plenamente reconocible con un discurso simplón y machacón, en que la razón está ausente y habla solamente a la emoción, particularmente a una población, como él mismo dice, de bajo nivel intelectual, que es sensible a la palabrería vana, insuflada, pero sensiblera del Tlatoani. No olvido cómo López Portillo en su famoso discurso “defenderé el peso como un perro”, “ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”, logró conmover hasta las lágrimas a un gran número de mexicanos que reaccionaron ante la exaltación patriotera.

Una posible consecuencia de la construcción o la adopción de un hábito, entendido como personaje, es que se termine transformando en el personaje, se pierdan los límites y se asuma hasta el extremo con todas las consecuencias positivas o negativas que pueda acarrear. En una extraordinaria novela, quizá la primera posmodernista de España, “Quizá nos lleve el viento al infinito”, Gonzalo Torrente Ballester explora los diversos y posibles efectos de “jugar” con diversas personalidades. En el cine, dos obras maestras de dos genios separados por el tiempo y la distancia: Roberto Rossellini y Akira Kurosawa desarrollan el mismo tema: la representación de otra personalidad que termina asumiendo el representante, transformándose, asumiéndose como el otro. En “El general De La Rovere” Rossellini narra un episodio de la resistencia italiana contra el fascismo, cuando los ocupantes arrestan a un vagabundo confundiéndolo con el General. En el penal, los nacionalistas presos le convierten en un símbolo, en un mito, en un héroe, y finalmente termina creyéndose De La Rovere, lo que le lleva al paredón y permite al General seguir con su lucha en la resistencia. En “Kagemusha” Kurosawa narra un episodio del Japón feudal en que muerto el Señor que los unificaba, los diferentes señores feudales buscan y entrenan a un pobre diablo que por su parecido con el muerto, van a transformarlo en aquel y éste termina asumiéndose como el gran señor feudal.

AMLO, a fuerza de representar ese personaje que ante el pueblo, se muestra como infalible, encarnación de la justicia y de la pureza, noble, incapaz de vicios ni defectos, sumum de virtudes, sensible, inteligente y lo que es casi impensable: ágil, ingenioso y chistoso, ha terminado por creérselo. Varios siquiatras, incluso públicamente, han señalado que el presidente adolece de “delirio”, un padecimiento en el que el delirante no sufre porque está convencido de que él está bien, mientras todos los demás están equivocados. Todos, dicen los siquiatras, en algún momento de la vida, hemos experimentado el delirio. En el enamoramiento es frecuente, pero también, casi todos terminamos superando el episodio delirante. Algunos, especialmente cuando son rodeados de personas que alientan el delirio, permanecen en él y se convierte en su real naturaleza.

No es infrecuente en el delirio la presencia también del síndrome de Procusto. Nadie puede ser superior a mí, nadie puede cuestionarme, nadie puede pensar diferente y nadie puede osar contradecirme. El resultado es deshacerse de las personas cercanas que pongan en duda sus creencias y decisiones y rodearse de mediocres que se convierten en espejos de su persona, no le cuestiona, no le contradicen, no le ponen peros. Del gabinete original del presidente López Obrador han salido funcionarios capaces, como el caso de los dos ex-secretarios de Hacienda, retirados por sus discrepancias técnicas con las ocurrencias presidenciales.

La sorpresiva designación de la Edecán de Palacio para asumir la Secretaría más importante del Gabinete, excepto Gobernación, la que es más determinante en el presente y futuro del país, la de Educación, en la que en la historia del país ha habido personajes relevantes, la encomienda a una persona sin preparación, sin experiencia, sin relevancia, como lamentablemente son la mayoría de los integrantes del gabinete.

La sombra de Procusto se cierne sobre Palacio Nacional.

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