Procesos de reocupación

Por J. Jesús López García

Las ciudades viven procesos de despoblamiento y repoblamiento, que alternados van dejando testimonio de las diferentes etapas de su manera de producir economía, de manifestarse su demografía, de las vicisitudes desatadas por todo tipo de fenómenos y accidentes, que como terremotos o epidemias, establecen en su historia toda una serie de rasgos y cicatrices que definen en buena medida el ritmo y también su imagen. Esos procesos son más acelerados en las ciudades actuales, aunque el abandono progresivo y paulatino de los edificios pareciese que ocurre en cámara lenta, hasta que un día nos percatamos que algunas cortinas de acero no se abren desde hace mucho, que las ventanas de niveles superiores han sido cegadas por anuncios, pintura o simplemente ya no tienen vidrios. Con ese proceso en las fincas, de manera más lenta aun pero inexorable, el sector de la ciudad donde se encuentran también comienza a adolecer de ese abandono.

Sin embargo, de la misma manera esos sectores que van quedando desolados poco a poco empiezan a atraer vida nuevamente, sea por el bajo costo o bien porque por azares de algunas acciones urbanas, inmobiliarias, comerciales o servicios, esas zonas de ciudad vuelven a tener atractivo para algunos segmentos de la población que deciden poblarlas de nuevo.

En el centro de la Ciudad de México se llevaron a cabo acciones para rescatar numerosos inmuebles con la participación de la iniciativa privada que así comenzó a revertir el deterioro de antiguos inmuebles -palacios algunos de ellos inclusive-, que por su magnitud y por obra de rentas congeladas a una población en declive, era ya insostenible. Vecindades o edificios abandonados comenzaron a intervenirse de una manera profunda e integral y que ahora son apartamentos de lujo, con lo que la zona empezó a atraer el comercio de un modo en que toda la zona volvió a reactivarse nuevamente. Es cierto que los procesos de gentrificación no pueden descartarse desafortunadamente, pero aún es posible planear etapas de “repoblamiento” donde los segmentos de población nuevos de una zona no excluyan a otros, incluidos los originales.

El primer cuadro de la ciudad de Aguascalientes posee la mayor dotación y variedad de comercio y servicios, todo, prácticamente al alcance de cualquier peatón. Pero lleva ya años en un proceso de despoblamiento en que encontramos que las miles de personas que habitan el sitio son minoría frente a la población flotante que debe multiplicar por cinco ese número de día, con gente que se acerca al lugar para hacer uso de sus mercados, solicitar trámites, comprar en sus tiendas, visitar los templos, museos y bibliotecas o simplemente pasear en un entorno diverso y variado.

Mas esa situación de manera gradual empieza a cambiar con la llegada de nuevos habitantes, jóvenes muchos de ellos que atraídos por un estilo de vida más “bohemio” o simplemente dinámico, ven en el centro de la ciudad no solamente un destino de diversión, recreación, culto o compras. Se observa con esos habitantes nuevos la apertura de negocios, la instalación de servicios para satisfacer la demanda de residentes económicamente muy activos y más abiertos a consumir lo propio del sitio. A diferencia de los desarrollos netamente habitacionales, la parte central ofrece una diversidad más “natural”, pues sus múltiples componentes y usos de suelo van disponiéndose en el espacio de la ciudad a la demanda de su público.

Hace décadas el arquitecto luxemburgués León Krier (1946- ) y varios colegas teóricos contemporáneos de la arquitectura y del urbanismo, hacían un llamado a los responsables de la planificación de las ciudades para llevar a cabo un rescate de tradiciones urbanas que pudiesen fomentar nuevamente la “vida” en la parte primigenia de la urbe. En Estados Unidos, país que es la cuna de los suburbios modernos, esa misma condición deseable de diversidad fue respaldada por el llamado “Nuevo Urbanismo” que curiosamente ciudades mexicanas como la nuestra siempre mostraron, hasta que tras décadas de suburbanización “a la americana”, finalmente en los últimos veinte años terminaron por ir desalojando sus centros de vivienda. Ahora llega progresivamente el efecto contrario que produce entre otros efectos positivos, un mayor cuidado de algunos inmuebles que irán propiciando la secuela contraria al abandono.

En esa arquitectura destaca una pulsión por respetar algunas convenciones del sitio tales como el alineamiento del inmueble, la integración con la altura de los edificios existentes y otros rasgos que podemos apreciar en la finca ubicada en la calle Francisco G. Hornedo No. 117, a unos metros de la Plaza de la Patria, con tres niveles y una terraza en la culminación de la azotea, solución utilizada en la arquitectura moderna, y cuyo lenguaje hace eco a la tradición con sus cornisamentos y vanos verticales, pero dejando claro que es una propuesta actual, como actual es insuflar vida nueva a sitios tradicionales.

Si bien es cierto hay que dejar claro que es el espíritu de la época el que exige que se lleve a cabo arquitectura actual, de la época en que se piensa y se vive hoy día.