Por J. Jesús López García

Una de las características que define y diferencia a las ciudades del ámbito rural, es la densidad. En oposición a la distensión espacial y poblacional, la ciudad manifiesta una tendencia a aumentar su densidad demográfica y constructiva para así potenciar su productividad, disminuir los tiempos de traslado y “contagiar” de alguna u otra manera el valor del suelo entre los predios que concentrados, se vuelven más codiciados.

El problema de la densidad urbana es que incurre en algunas situaciones en que su control y correcta dirección son muy complicadas de generar, sostener y aumentar en su calidad. Son muchas las fuerzas que intervienen en estos procesos y que deben ser orquestadas para lograr un buen desarrollo urbano. Esas fuerzas económicas, sociales, políticas y culturales con frecuencia parecen oponerse entre sí, aunque bien dirigidas pueden establecer una dinámica constructiva muy productiva.

Uno de los problemas más visibles en una ciudad cuando sus esfuerzos parecen actuar de manera contraria entre sí se manifiesta precisamente cuando se aprecia una distensión en la distribución de la población y la manera en que se organiza la construcción, como ocurre en el campo. Esto hace que encontremos grandes extensiones baldías, calles que atraviesan solares no construidos, construcciones de baja altura donde se ubican viviendas unifamiliares o locales comerciales solos. Resultado de eso es el desplazamiento por grandes tramos de la ciudad sin una consolidación urbana y la consiguiente pérdida de tiempo en traslados que además no ofrecen al transeúnte algún páramo para descansar, comprar o consumir algo.

En pocas palabras, una ciudad no densificada en algo se parece al campo, resumiendo en su constitución características anómalas de ambos ámbitos, el rural y el urbano. No es que se busque una densidad que provoque aglomeraciones o hacinamientos de las características que poseía el bloque de Kowloon en Hong Kong, que terminó por ser una ciudadela autónoma de la administración y organización de la ciudad hasta que el gobierno chino tomó posesión de la ex colonia británica.

En nuestra ciudad se han estado buscando los mecanismos para auspiciar y fomentar la redensificación de Aguascalientes, lo que de inicio pasa de manera obligatoria por el cambio de paradigmas a los que nos hemos habituado de manera histórica al favorecer la vivienda nuclear autónoma, lo que no era problema cuando la ciudad no superaba los trescientos mil habitantes, pero que una vez enfilándose hacia el millón, hace que esa densidad baja genere una ciudad cada vez más distendida y difícil de abastecer de servicios públicos y de un transporte eficaz.

Curiosamente a mediados del siglo XX hubo un paréntesis de unos treinta años en que la capital aguascalentense estaba asumiéndose como urbe en crecimiento, generando unos edificios que aunque modestos, reunían en un solo lote comercio, servicios y vivienda, produciendo una densidad urbana que el desarrollo moderno con base en fraccionamientos no ha podido mantener. No es que fuesen edificios muy altos, en algunos casos incluso eran sólo dos niveles, pero en todos ellos se atendía de manera diferenciada el uso del inmueble a partir de su accesibilidad desde la calle.

Hay en Aguascalientes una finca en el cruce de las calles 5 de Mayo y Larreatégui. Realizado con concreto y ladrillo, rematando en unas almenas ornamentales en sus pretiles y muestra una esquina ochavada, la finca es ya moderna en su sencillez y la amplitud de sus vanos. El edificio es de una arquitectura sencilla, pero en su simplicidad se adivina la vocación urbana de agregar densidad a su tejido construido para potenciar su rentabilidad y generar una mezcla óptima de usos de suelo en el mismo inmueble.