Moshé Leher

Mucho lo lamento, pero apenas voy en la página 265 del libro que iba a comentar en estas líneas; planeaba terminarlo antes del domingo y enviarlo a mi hijo, cuya madre voló anoche para estar con él, allá donde ambos ya se encuentran, entiendo que cenando una tortilla alemana, o algo así.

El viernes, de regreso de una comida con amigos, temprano recogido en casa, descorché una botella de Rioja y me puse a la lectura.

Decía, pues una de esas almas bienintencionadas se encargó de darme un adelanto, de que entre sus paginas había algunas, en tono de censura, para un familiar consanguíneo mío, lo que, a reserva de llegar a esa parte, no me quita el sueño, aunque, como escribo, apenas voy en el asunto ese de la venta de la Plaza Monumental y ese elefante blanco que es la Expoplaza, que en su momento causó su revuelo, más lo de la plaza de toros, que lo del fallido centro comercial, siempre según lo recuerdo.

A media noche del viernes, pasadas las páginas que hablan del conflicto con el SNTE de la maestra Gordillo, decidí que era hora de dormir y di por hecho que no alcanzaría a terminar el libro para enviarlo el domingo al zarévich, con quien en la víspera había comentado algunos pormenores del libro que, a petición mía, le fue dedicado por el ex gobernador Granados, quien mucho platicó con él en la víspera de su marcha, hace ya dos años.

Luego llegó el diablo y metió la cola, pues el sábado me encontré a un buen amigo y nos sentamos a charlar en el bar del club a donde asisto, y nos despachamos la tarde entre recuerdos, temas variados y algunos tequilas.

Ayer retomé un rato la lectura, pero no será hasta que tenga el libro ya leído que pueda decir alguna cosa, sin que ello signifique que ya lo he recomendado a un par de amigos, uno de ellos, en su día defensor del régimen que encabezó Granados y ahora, me enteré apenas ayer, un severo censor no de su administración, sino de la venta de la mentada plaza, un tema que, por cierto, a mí me importa un rábano, pues emocionalmente cada vez me siento más lejano de los asuntos del mundillo taurino, que entiendo pasa los peores tiempos de su historia.

Luego está el asunto de la Internet, pues al señor multimillonario que me ofrece el servicio de conexión y de telefonía, cuya empresa me deja sin señal todos los días, por lo menos de las 6 de la tarde a las 10 de la noche, sin que ello signifique que me cobren parcialmente el recibo mensual, ahora me tiene desconectado de la Red desde por lo menos el domingo.

Luego de una hora pasada, intentando recuperar la conexión y como se hacía tarde, busqué escribir estas líneas en el ordenador que mi hijo tiene en su habitación, que me resultó imposible siquiera encender –así soy de tecno torpe–, lo que me trajo a este penoso intento de escribir en una tableta que tengo para emergencias y en la que me resulta penoso ir hilando frases.

No entiendo a esas personas, las más, incluso algunas de mi peña, que pueden escribir rápidamente con dos pulgares en sus teléfonos y redactar no sé qué cosas, pero seguramente no una refutación de Kant, siempre según supongo.

Así que, por si andaban con el pendiente, yo espero terminar el libro, eventualmente tener de nuevo conexión desde mi ordenador, y entonces sí dar mi prometida reseña, para la que incluso he ido tomando algunas pequeñas notas.

Y para ya parar este penoso esfuerzo de escribir a dos dedos en una pequeña pantalla, no me quería ir sin desearles una buena semana y agradecer su fina atención. ¡Shavúa Tov!

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