Moshé Leher

Yo siempre ando buscando pretextos para escabullirme de cualquier cosa que parezca una celebración navideña y “familiar”; lo hice desde hace mucho y creo que este año tengo uno perfecto para encerrarme en casa temprano, en solitario, beberme cualquier cosa y poca cosa más.

Recuerdo que, muy temprano en mi vida, a los 16 o 17 tenía yo una cosa que podemos llamar crisis familiar, lo que me dejó en calidad de proscrito, o no requerido, en el festejo de ese año en casa de los abuelos, lo que me llevó la Noche Buena, a casa de don Jesús Pérez, sí aquél que tantos años organizó aquí las funciones de lucha libre y tenía su sombrerería, La London, en la primera cuadra de la calle Colón.

Yo era muy amigo de sus hijos y ellos me invitaron y yo acudí, y entendí que pasado el encanto ese que tiene en los niños el cuento de los regalos, ya la navidad es otra fiesta más, frecuentemente sin ninguna gracia, de tal manera que recuerdo siempre esa hospitalidad de entonces y una velada tranquila, familiar en el mejor de los sentidos (y créanme que conozco el peor de los sentidos del término), de la que ya pasaron cuatro décadas, que no es poco.

Pero como estas fiestas se volvieron una especie de obligación social, debo decir que son más las navidades que pasé con abuelos, primos, tíos, en casas de los padres de novias y esposas.

Pasé sí la noche del 24 de diciembre bebiendo cerveza y viendo el techo, en una deliciosa soledad, la navidad del 90, en el apartamento de Providencia, en Guadalajara, donde había vivido los últimos tres años de mis estudios universitarios.

No pasaría mucho para que llegaran las navidades del 95, que pasé en Barcelona, en una noche de perros, desapacible (en malas compañías, podría decirse); la del 96, que me pilló en un tren Talgo, camino de Atocha desde la estación de Sants; y la del 96, y no mejor, en un barecito de Madrid, previo a esa espectacular Noche Vieja en Puerta del Sol.

Y entre gritos y gritos… cantaba Mecano.

Hace un par de años me inventé, en mala hora, pasar las navidades en Houston, sin reparar que me metía a las entrañas de ese infierno mercantilista donde reinan Santa y Mariah Carey, aunque la jornada del 25 de diciembre valió la tortura de “All I Need in Christmas is you”, por aquella tarde en la Rothko Chapell, rodeado de viejos hippies, hare krishnas, adoradores de la energía solar, cuáqueros extraviados y todo tipo de creyentes, y de no creyentes, por supuesto allí estaba yo.

Pues este año ya encontré el pretexto perfecto para meterme a casa a las seis de la tarde y a la cama, como tarde, a las diez de la noche; no como el año pasado en que me senté a cenar cualquier cosa de la nevera y a beber un buen Rioja, viendo un partido de la NBA, si no a dieta líquida, sin nada de vino y sin nada de nada, pues hasta el tabaco tengo prohibido.

Resulta que mis dolencias molares se han complicado y llevo ya dos semanas justas en que no salgo de casa si no es a la consulta de mi dentista, donde he sido sometido a una serie de procedimientos quirúrgicos y profilácticos de -no tan- probada eficacia y a una serie de intervenciones experimentales, cuyo resultado puede ser cualquiera de estos dos: o llego a sanar algún día o me muero de dolor algún otro.

El veredicto, diagnóstico, pretexto me lo acaba de dar la diligente doctora de donde vengo: más medicamentos, las visitas por lo menos un par de días más, dieta líquida (ya soy 90 por ciento de mi ser pura agua) y, lo peor, nada de alcohol, nada de cualquier cosa que parezca comida, y nada de alcohol, ni cigarrillos.

Ahora sí que no es lo mismo “blanca Navidad” que “Navidad en blanco”; y sin blanca, para más colmo.

Pero que ustedes la pasen como quieran, o como la puedan pasar y que se les atragante el turrón -ésta fue la voz de la envidia mala, que me corroe-.

¡Shavua Tov!

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