El discurso de Peña Nieto ante los banqueros llamó mucho la atención cuando planteó el rediseño, a partir de cero, del nuevo presupuesto de egresos para el 2016. Esto obligado por la circunstancia de la caída de los precios del petróleo y el entorno financiero no muy favorable a nivel global, ante lo cual México tendrá que reaccionar “apretándose el cinturón y rediseñando la política de gasto”, dijo el presidente, y esto se supone que se hará dejando de lado programas que no sean estrictamente necesarios e indispensables, cortando aquellos programas de inversión no prioritaria y también ordenando a todo el staff, a todo el equipo gubernamental, reducir en lo posible los gastos de representación y de movilización con guardaespaldas, con radios, celulares, automóviles y todo aquello que resultan finalmente tan oneroso.

El gobierno no ha precisado todavía por donde va a venir el asunto de este ajuste y a partir de qué, o cómo, se va a rediseñar la política.

Lo anterior es un asunto verdaderamente complejo y es la primera vez que se habla de las líneas generales para la elaboración del presupuesto de egresos con tantos meses de anticipación, debido, claro, a la gravedad de la circunstancia financiera.

Y si, debo decirlo, me sorprendió mucho el discurso del presidente Peña Nieto porque no se trata, dice él, de una simple modificación del presupuesto de egresos sino de un rediseño integral de ese presupuesto. El presupuesto, más que un instrumento económico es una herramienta política, porque no es solamente poner el dinero de una cosa aquí y otra acá y repartir como hacen algunas personas con sus ingresos personales: “esto es para la renta, esto es para la comida, esto es para gasolina, esto es para las colegiaturas, etc.”, simplemente es que el gasto obedece a una intención de distribución y de redistribución de la riqueza de un país y eso obedece a un modelo –yo diría hasta ideológico- en el cual una cosa se pone delante de otra.

El presidente ha dicho: “Hemos buscado que la estabilidad macroeconómica sea el piso desde el cual podamos adelantar”. Esa estabilidad macroeconómica depende de variables que a veces retienen el gasto y tienen como finalidad fundamental evitar que venga la inflación, cumplir los compromisos internacionales, en fin, todo esto que orienta al país en un rubro. A eso se le ha llamado el modelo económico. Y cuando el presidente dice que no va a haber una modificación inercial, quiere decir que la dirección en la cual empuja la tradición del gasto de las últimas décadas en este país se va a cambiar, y si se va a cambiar vamos probablemente a encontrar una especie de reconocimiento de la demanda tantas veces escuchada en este país, desde los tiempos de Ernesto Zedillo, por un cambio de modelo económico. El modelo económico es el neoliberalismo globalizado. Quiere decir el presidente que vamos a cambiar toda esa estructura, porque cambiar el gasto es algo medianamente sencillo; cambiar todo lo demás es hacer verdaderamente una revolución, y él dice que va a acompañar esta evolución del presupuesto con una evolución de la administración pública federal; y dice algo que yo no escuchaba desde hace mucho tiempo, creo que fue en la entrega de los Oscares, se trata justamente de construir el gobierno que merecen los mexicanos. ¿Qué quiere decir?, ¿Qué el gobierno actual no lo merecemos? “Construir el gobierno que merecen los mexicanos”. ¿Que no estamos haciendo eso desde la revolución? No entiendo con toda claridad, pero bueno, que yo no entiendo es algo frecuente, pero este anuncio no es frecuente, el presidente dice que el gobierno que merecen los mexicanos debe ser un gobierno renovado, moderno, más eficiente y capaz de hacer más con menos. Y él propone aprovechar la desafiante coyuntura internacional para seguir impulsando la transformación de México.

¿Cómo se puede transformar este país? ¿Cuáles son los elementos más perniciosos de la vida mexicana? ¿Cuales son las cosas que nos tienen donde estamos? Dicen que son dos: La desigualdad y la injusticia. Y que la desigualdad se ve agravada por las malas prácticas políticas, administrativas y la corrupción del país. Y que la injusticia por la mala administración de justicia y la incapacidad para controlar la violencia.

¿Podrá este anuncio presidencial hacernos ver que de aquí a lo que falta para hacer el presupuesto vamos a encontrar la solución de esos cuatro elementos, que diríamos son como nuestros cuatro caballos del apocalipsis cotidiano de los mexicanos? No lo sé pero por eso me llamó tanto la atención lo que dijo el presidente y además lo dijo frente a los hombres del dinero. Los hombres que no han tenido empacho, al contrario, se han ufanado de decir en qué proporción tan brutal han crecido los negocios del sector bancario en este país. Sector bancario del que no nos podemos olvidar está en una muy buena parte en manos de agentes económicos del extranjero.

¿Qué nos quiere decir el presidente?, ¿Que ahora junto con las reformas estructurales vamos a cambiar de estructura? No solamente hacer reformas dentro de la estructura, sino a cambiar toda una estructura completa. Eso me recordó las palabras de un hombre a cuyos 30 años de fallecimiento se recuerdan en estos días, don Jesús Reyes Heroles. Él decía que este tipo de desafíos políticos y de transformaciones nacionales eran tan difíciles de hacer como cambiarle las ruedas a un tren sin detenerlo, en pleno movimiento. El presidente nos dice que va a mover a México modificando el presupuesto y que va a empezar de cero. Yo pregunto: ¿Si se puede modificar un presupuesto desde cero, porque no modificar toda una construcción política y económica también desde cero? Es quizás la gran oportunidad de lo que mucha gente le ha pedido al presidente, un golpe en el timón sin poner en riesgo la estabilidad del barco.

LA MUERTE DEL HIJO DEL PERRO AGUAYO

Esta historia triste acontecida la semana pasada con la muerte del Hijo del Perro Aguayo nos ha hecho reflexionar con todo esto relacionado con la lucha libre como la parte menos protegida del deporte profesional en México. Para darnos una idea de la dificultad que tiene este espectáculo deportivo tendríamos que recordar cuál es la precaución que tiene una Comisión de Box y Lucha con los boxeadores, a los cuales no se les permite seguir peleando después de que han tenido una pelea muy fuerte, han sufrido un knockout o les han zangoloteado la masa encefálica de una manera abrumadora y peligrosa. Ellos tienen que descansar varios meses. Y tienen que estarse sometiendo a estudios y análisis bastante rigurosos para saber si no hay daños neurológicos, lo cual es realmente buscarle tres pies al gato pues sabemos que todos los boxeadores tienen daños neurológicos, de un grado o de otro. Unos pueden terminar imbéciles, o más imbéciles de lo que ya estaban; otros pueden terminar como Mohamed Alí, después de haber sido el más grande, el más caro, el más rico, el más famoso, el más poderoso y potente de todos los deportistas de los E.U. en toda su historia, atleta olímpico, medalla de oro en los juegos olímpicos de Roma. Pero aún así, aún con todos esos cuidados que las comisiones públicas tienen con la salud de estos hombres –y ya también de las mujeres-, los luchadores se estrellan tres y cuatro veces, por semana, en las tarimas, en las lonas duras de los rings de las arenas improvisadas. No hay para ellos las mismas atenciones y cuidados, ni muchísimo menos las bolsas gigantescas de dinero que ganan los boxeadores. Ya no digamos las enormes bolsas que ganan los futbolistas o los jugadores de básquetbol, de beis bol o de futbol americano en los equipos grandes de la NFL de los E.U. Los luchadores son la parte pobre del espectáculo y por esa razón terminan una lucha, se van a un hotel cualquiera cerca de la zona de donde lucharon, medio duermen, medio comen en fondas y de ahí al día siguiente se van en una camioneta o en autobús comercial a otro pueblo y luchan el miércoles y después luchan el viernes y luego sábado y luego domingo por la tarde y son semanas y semanas de ajetreo, de viajes, de dormir mal, de comer peor, algunos se ayudan con anabólicos, otros se ayudan con otras cosas, y van luchando por bolsas muy pequeñas desde 1,500 hasta 8 mil pesos, según la categoría y fama, y así van, corriendo la legua como si fueran eternos aspirantes a una gloria, que a veces les llega a algunos pero por desgracia no todos los luchadores son El Santo, Blue Demon o el Perro Aguayo. Y aquí me quiero detener para contar algo que leí hace varios años, cuando el Perro Aguayo padre estaba ya por retirarse y en una entrevista a un periodista de deportes, a la luz de lo que acaba de acontecer me entristeció al recordar dicha entrevista. El Perro Aguayo contó que había sufrido una lesión en la columna, que lo tenía muy mal, que le habían fracturado o fisurado cuando menos dos vertebras cervicales y que ya no podía luchar igual, que tenía mucho miedo. Pero que el miedo que tenía no era por su fractura de la columna sino porque su hijo ya estaba metido en esto de la lucha libre. Y dijo:

-Mire, a mí lo que me da miedo realmente en la vida no es lo que me pueda pasar a mí, porque yo vengo de tan abajo que lo que me pase ya no importa, me importa lo que le pueda pasar a mi hijo que ya se metió en esto. Ojalá y Dios quiera que no me lo lastimen.

No se lo lastimaron. Se lo mataron.

 

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