Por J. Jesús López García

Los edificios son testigos insobornables de la Historia, parafraseando a Octavio Paz (1914-1998). Y es que al igual que la cocina -como actividad-, la arquitectura es una manifestación de múltiples variables culturales, productivas, sociales, tecnológicas y circunstanciales que se van combinando de maneras diversas hasta crear objetos inéditos. Tomemos por ejemplo la pasta a la bolognesa tradicional de la cocina italiana típica: toma de Oriente la pasta misma y de América el tomate pero no dudamos en relacionar dicho platillo con Italia y no con China o América. De igual manera los edificios toman características, rasgos y elementos de procedencias diferentes, y por supuesto, de épocas distintas.

Todo lo anterior hace difícil el identificar de manera precisa periodos de construcción, de remodelaciones, elementos agregados, por no hablar de estilos o rasgos formales que en el caso del diseño arquitectónico, son factores que se repiten, mezclan o adaptan a través de los siglos y que pueden dar una noción engañosa sobre las características de los inmuebles. Y es que los rasgos constructivos y los materiales de las obras pueden estar asociados a mas de una variable y puede llamar a la confusión, lo que provoca que ese “testigo insobornable de la Historia” que es la arquitectura, sea usado de maneras imprecisas, haciendo que el público general -incluso a veces, el especializado- tome por un hecho, cosas que son parcialmente ciertas.

Tal vez algunos consideren que eso es una cuestión que atañe solamente a la Historia, a la arquitectura y en dado caso a la apreciación estética, pero lo cierto es que si conocemos el entorno que nos rodea, no solamente podemos apreciarlo mejor, sino que ello nos aporta una identidad local sustentada en hechos fidedignos; como dio inicio el presente texto, al igual que en la cocina, la manera de proyectar, construir y levantar edificios es la manifestación de procesos humanos más profundos, y el conocer nuestra arquitectura nos ayuda a comprender nuestra Historia, y ello, esta vez parafraseando a George Santayana (1863-1952), nos ayuda a no repetirla, o en su caso, a no llevar a cabo los mismos errores.

En cuanto a lo arquitectónico es necesario recordar que la arquitectura puede ser un discurso muy poderoso, de ahí que es pertinente conocerla: Adolf Hitler (1889-1945), tenía para Berlín un plan urbano arquitectónico majestuoso y aplastante con base en la arquitectura de la Roma Imperial. ElTercer Reich debía opacar a todas las culturas precedentes y allanar a las futuras. El plan megalómano de la mano de su arquitecto Albert Speer (1905-1981), no llegó a fructificar, antes que ello, otro discurso arquitectónico político ocupó su lugar: de manera deliberada los soviéticos procedieron a dejar en la ruina a la misma ciudad, reduciéndola a escombros.

Sin embargo, en historias locales más propias a nosotros, todo esto viene a colación a partir de un paseo por la calle Del Codo con los números 212 y 214, a espaldas de la Catedral, donde puede apreciarse una atractiva finca; de rasgos neocoloniales californianos, la casa de dos pisos cuenta con una agradable terraza en la planta superior coronada por un tejado, sobre una trabe de probable concreto armado. Los vanos rematados en arco presentan igualmente las filigranas en azulejo o albañilería propias del neocolonial californiano, con pilares de fuste salomónico incluidos que esa tendencia llamó la atención del estilo barroco novohispano. En ese tono, el acceso a los patios, se realiza por medio de lo que fuese una cochera a la que se le añadió una portada muy elaborada. Pues bien, todo lo descrito viene a cuento pues en una placa integrada a su fachada, se cuenta que en esa casa nació el abogado, escritor y periodista Eduardo J. Correa en 1874, y es que lo descrito nos refiere a los años 30, 40 e incluso 50 del siglo XX en Aguascalientes.

Esa casa naturalmente sufrió modificaciones muy profundas y de lo que era la finca original en que nació nuestro ilustre personaje, parece ya no queda nada o casi nada, por lo lo que la placa debería presentar otra leyenda -algo así como “en este sitio se erigía la casa donde nació…”-. Esto que pareciese trivial, no lo es, pues J. Correa era parte de una élite intelectual local ubicada en el cambio político y social que representó el fin del periodo porfiriano; el inmueble corresponde a los primeros años de los gobiernos revolucionarios, por lo que el edificio que conocemos ya puede circunscribirse a las actividades de una élite diferente.

Para conocer la ciudad y tomar parte activa en nuestra comunidad, nada como el conocimiento de su arquitectura  para saber de nuestros personajes comunes y de las maneras en que la Historia nos ha ido moldeando. Y no solamente el percatarse de fincas en donde nacieron o en donde se desarrollaron los ilustres miembros de la comunidad aguascalentense, sino ir un poco más con el enterarse de cómo se ha constituido la mancha urbana con el paso dee los años. Recorra la ciudad.

Finca ubicada en la Calle del Codo No. 212 y No. 214