Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

Por favor… Por lo que más quiera. ¡Cuide el año que acaba de iniciar!, porque está nuevecito; flamante y brillante. Yo sé que viviendo en México y en Aguascalientes, y teniendo en cuenta la cuarta transformación, creciendo juntos al 100 y todas esas cosas, más temprano que tarde se le va a romper, pero, ¡por favor!: ¡Que sea lo más tarde posible! Digamos que le dure enterito unos 15 días, un mes, que ya después no respondo, teniendo en cuenta lo que nos tiene reservado el Pan Integral. ¿O qué? ¿Ya se le rompió? ¿Tan pronto? ¿No le duró completo ni una semana?

En fin, no se preocupe demasiado, que de todos modos iba a suceder, y en todo caso, usted, que me lee, y yo, que le escribo, debemos sentirnos entre que agradecidos y privilegiados de seguir aquí; de estar vivos. Por mi parte me siento así, en vistas de comenzar una nueva oportunidad de vida y convivencia familiar; de estudio y trabajo, y así como para concluir con este tiempo navideño, le platico sobre lo que Armida, mi esposa –siempre ella; siempre a mi lado; siempre mi compañera– y yo, hicimos en estos días en materia de conmemoración y remembranza de Navidad, que en rigor fue bien poco, pese a lo ingente de la oferta, conciertos, pastorelas, disque posadas, etc.

El día 17, y a invitación de mi amigo Abdón de Cosío, nos apersonamos en Bajío, una pequeña comunidad ubicada en el noreste de Rincón de Romos, que debe ser muy conocida en aquella municipalidad, dado que a un ladito se encuentra el panteón; por lo que se ofrecerá.

Fuimos a presenciar la pastorela montada por el taller de teatro de la Casa de la Cultura, en la que mi amigo actuó de rey mago. Es curioso ver cómo ocurren las cosas en los pueblos porque, fíjese: llegamos más tarde de la hora señalada, y nada, no había obra ni público, aunque ciertamente ahí estaba el cuadro de actores y figurantes. Total que comenzó la obra y como por arte de magia de rey mago, el lugar se llenó de chiquillos, aparte de dos que tres doñas.

Terminada la representación, nos despedimos y nos fuimos, pero resultó que nos alcanzó una mujer menudita, bajita, a la que todos llamaban con gran familiaridad Chata. Es una de esas mujeres que nunca faltan en los pueblos, que gestionan la pastorela, dirigen el viacrucis, entregan la carta de peticiones al candidato, etc.

La Chata nos invitó a compartir la cena que le habían preparado al cuadro de actores: tamales de verde y rojo y atole de guayaba; una delicia, el sazón, los sabores, el suave picante de los tamales. ¿Dónde, si no en los pueblos, lo invitan a uno a cenar, sin siquiera conocerlo?

Finalmente le platico que en Nochebuena estuvimos mi esposa y mis hijos en Zapopan, Jalisco, haciendo vida familiar. En Navidad fuimos a misa a la parroquia de Guadalupe, de esa municipalidad. Era la tercera misa de Navidad, esto en términos de la liturgia, y el coro –en realidad una parte de él, dos voces masculinas– cantó la antífona de entrada en latín. En cuanto al aparato que acompañó el canto a lo largo de la celebración, si no fuera porque lo estaba viendo, habría pensado que se trataba de un órgano tubular. Mientras escuchaba el Gloria, no pude menos que imaginar a este organista ante el Ruffatti de nuestra catedral, y sentí envidia… Al pobre aparato lo traen como Ferrari en terracería; una pena.

Adoro el canto gregoriano –es un decir– y me precio de tener una discoteca mínima aceptable, pero nunca, hasta esta Navidad; había tenido la oportunidad de escuchar una interpretación en vivo, con eso de que el “chundata, chundata”, se ha enseñoreado de las celebraciones litúrgicas… Además, fue aquella una buena interpretación, con un par de voces bien entonadas; profundas.

La experiencia fue, por decir lo menos, emocionante. Yo no sé si conozca usted esta parroquia de Guadalupe en Zapopan, muy cerca de Plaza del Sol. Su diseño y ejecución, la multiplicidad de líneas, resultado de una construcción a base de gajos en dos aguas, no ha dejado de sorprenderme –tampoco voy ahí cada ocho días. Entonces, la convergencia de arquitectura y música fue, como digo, emocionante, como para sentir calosfríos y comprender, recordar, una actitud milenaria dentro de la Iglesia, primero cristiana, y luego católica: ofrecerle a Dios las mejores obras humanas, las más hermosas; auténticos monumentos al ingenio humano que clama hacia lo divino. ¿Acaso no fue esta la fuente de inspiración de los constructores de las grandes catedrales; de los templos románicos; de compositores como Bach y de aquellos monjes medievales que por primera vez en la historia de esta arte escribieron la música?

Perdone la digresión. Yo sé que nada de esto tiene que ver con mi honrosa función de cronista municipal, pero no puedo evitar compartir con usted estas experiencias. Esto del canto gregoriano… ¿No le parece conmovedor?: una creatura que lleva aproximadamente un millón de años merodeando por la superficie de un planeta que se mueve entre las estrellas, sobreviviendo en ocasiones con una gran dosis de violencia, de pronto reúne toda la inteligencia que le es posible y se alza sobre sí misma, y produce este canto de alabanza, de asombro por estar aquí; de agradecimiento. ¿No le parece conmovedor?

En fin, que al final de la celebración me acerqué a felicitar al maestro de capilla, señalando el honor que fue escucharlo a él y a su coro, compuesto por unas 10 voces, esto porque es difícil encontrar un cantor que contagie a la feligresía del fervor que inspiró la creación de semejante música. Desgraciadamente son muchos los que tocan todo igual, rápido, claramente con la intención de cumplir con un rito que a fuerza de repetirse se ha vuelto rutinario, pero no más. Lo que tenemos son interpretaciones de dudosa calidad, sin emoción, y eso, en gran medida es culpa del propio clero.

A lo mejor si las cosas fueran de otra manera la feligresía despertaría del letargo que la posee cuando va a misa. Ya dije, amén; así es, ya. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).