Noe Garcia

En esta época ya es común ver figuras y disfraces de calaveras basadas en la famosa ”Garbancera”, mejor conocida como La Catrina, figura que masificó la obra del aguascalentense José Guadalupe Posada.

Del grabador, personajes como el poeta Octavio Paz lo consideraban. “Al final del siglo XIX surge un gran artista: José Guadalupe Posada”, y continúa, “no un artista del siglo XIX: como Alfred Jarry, es nuestro contemporáneo. También será el contemporáneo de nuestros nietos”. El escritor André Bretón escribió que “el triunfo del humor al estado puro y pleno, en el dominio de la plástica, debe situarse en una fecha próxima a nosotros y reconocer como a su primer y genial artesano al artista mexicano José Guadalupe Posada”.

Posada se inició en el grabado a aproximadamente a los 16 años en el taller de Trinidad Pedroso, donde aprendió los secretos de ese oficio antiguo y complicado. La decisión de dedicarse a dicho oficio generó malestar familiar, pero al final fue asimilado. Él personalmente y de forma natural se especializó en la caricatura, y pronto colaboró con sus trabajos en revistas y periódicos, como en El Jicote, que data de 1871, donde aparecieron sus primeras obras en este sentido.

En cuanto a su tendencia ideológica y política, Ricardo Pérez Montfort nos lo describe como “un hombre de su tiempo, un periodista modesto, defensor de la clase obrera; un artesano que puso su talento al servicio de un público de escasos recursos; un cronista gráfico de extraordinaria sensibilidad que retrató como nadie al pueblo pobre de México y un artista que fue a contracorriente del canon artístico de su tiempo. La conclusión es inevitable: si Posada no fue un precursor de la Revolución mexicana, en muchos sentidos sí fue revolucionario como artista”. Esto refleja Posada en su trayectoria principalmente en su estancia en la Ciudad de México.

Continuando con la descripción: “La identificación de múltiples objetos de crítica, que van desde los clásicos villanos: patrones explotadores, extranjeros, caciques, políticos acomodaticios, curas, etcétera…, indican su inserción en un mundo urbano que también estuvo regido por un discurso moralista, nacionalista y machín. Posada, de esa manera, fue un gran traductor del ´sentir popular”.

El Fisgón, en su libro Posada: Mito y Mitote, lo refleja como “un artesano, un trabajador con cierto nivel de educación y posición social que poco a poco fue perdiendo oportunidades de salir adelante y a quien las propias condiciones de ese sector urbano golpeado por las distintas crisis del Porfiriato tardío lo fueron orillando a la pobreza y a la reacción, como a muchos otros congéneres”.

Finalmente, falleció el 20 de enero de 1913 y dos décadas después de su muerte Jean Charlot lo redescubrió, editando sus planchas y revelando la influencia de Posada sobre artistas de las posteriores generaciones.

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