RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

No hay duda que tenemos un presidente que a lo largo de estos tres primeros años de su sexenio se ha mostrado como un chivito en cristalería y sumado a eso, ha tenido una serie de desatinos por sus falsas promesas que se han reflejado en la economía nacional de manera feroz. Y quiero pensar que él sabe que está llevando al país a un precipicio y a pesar de ello en lugar de tratar de enderezar la nave, pierde el tiempo en broncas personales, como sería el caso de esta semana que agarró bien y bonito a Ricardo Anaya el lunes en la mañanera. El presidente le puso una golpiza de órdago. Y cómo no si fue una “pelea” muy desigual, pues nunca se podrá comparar el poder presidencial con ningún otro en nuestro país. Por ello López Obrador mañana a mañana agarra como costal de box a políticos de todo nivel, lo mismo que a los empresarios e intelectuales más poderosos del país, y los hace ¡trizas! Pocos, muy pocos le han revirado, por ejemplo, Diego Fernández de Cevallos, que tampoco tiene pelos en la lengua.

Este desigual pleito entre López Obrador y Ricardo Anaya va a dar todavía mucho de qué hablar. Anaya lleva todas las de perder y por ello ha hecho, como en los toros, la graciosa huida y ya se fue a vivir a E.U. Veremos la estrategia a seguir del ex candidato presidencial para seguir en su lucha por la candidatura, de nueva cuenta, a la presidencia de la República, si es que se salva de ir a la cárcel por obra y gracia del poder presidencial.

Y como el presidente tiene tiempo para todo, pues él sigue empecinado en que se realice una consulta pública para que los ciudadanos opinen “si continúa en el cargo o renuncia”. Encuesta que desde mi particular punto de vista el presidente la ganaría. De entrada, hay que decir que a nadie le conviene que el presidente termine un período antes del tiempo para el que fue electo, cuando además no se tiene un esquema institucional y constitucional previsto para suplirlo; además él fue electo para un período de cinco años y diez meses. En todo caso esta estrategia de ir a la revocación o confirmación tiene un sentimiento cien por ciento electoral. La duda es si existirá la motivación suficiente de la gente para salir a votar o si unidos los grupos de oposición convocan a sus huestes para ir, ahí sí, en gran cantidad a votar en contra y comprometer el resultado.

Es importante comentar que la pregunta no es: “Si deja el cargo”, sino: “Si continúa en el cargo” y esto es importante porque la pregunta está marcando el camino de la respuesta. Por ello de entrada esta revocación de mandato está alineada para una continuidad. Supongamos que la oposición convoca a todas sus huestes y muestra músculo, lo que va a hacer la oposición es simplemente polarizar la relación con el presidente y el presidente en esa toma de fuerza se va a crecer frente a esa oposición que si no logra tener una votación muy alta los va a minimizar todavía aún más, de por sí ya los tiene muy vilipendiados y ahora más si llega a tener una votación más alta. Aunque hay que decir que no es probable que se molesten treinta millones de ciudadanos para ir a votar; puede haber una votación muy alta pero no los treinta millones y si se diera, aún así, ganaría el “sí” por la continuidad del presidente. Aquí hay un juego perverso de un uso de un instrumento democrático para favorecer una imagen y un carisma del presidente más que otra cosa.

Desde luego que va a haber muchos impactos y costos políticos en caso de que la votación fuera muy menor, pues sería un costo político fuertísimo para el presidente, aunque eso es muy improbable pues López Obrador tiene todavía un número elevado de simpatizantes y él lo sabe, por eso está muy echado para adelante pugnando por la encuesta, por la certeza que le da el saber que goza de mucha popularidad en elevado porcentaje de ciudadanos. Aunque esa encuesta le cueste al país más de 9 mil millones de pesos, según cálculos de Lorenzo Córdova, presidente consejero del INE.

Otra idea que trae el presidente es la de una posible reforma electoral y para ello López Obrador la está proponiendo a través del Senado de la República, por medio de Ricardo Monreal. Es una propuesta que entre otras cosas está previendo por ejemplo que se reduzca el número de consejeros ciudadanos del Instituto Nacional Electoral, de 11 a 7 consejeros. Y que el número de magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial se reduzca de 7 a 5 magistrados. El presidente también busca eliminar organismos electorales como los OPLES, que son los Organismos Públicos Locales Electorales en los Estados y trasladar las funciones al INE y pasar de 500 a 400 diputados federales. Y de 128 a 96 senadores. Sin duda una reforma política ambiciosa, en donde se percibe la intención muy clara de que el presidente quiere quitar a los actuales consejeros del INE lo mismo que a los magistrados del Tribunal Electoral. No cabe duda que le dolió que le quitaran la candidatura a su compadre Félix Salgado Macedonio, y eso que su fuerte no es la venganza. Lo que sí es de alabarse es la pretensión de López Obrador de reducir el número de diputados y de senadores, ésa había sido una petición muy sentida de diferentes grupos sociales a lo largo y ancho del país, pues es innegable que la mayoría de representantes populares en las cámaras sólo sirven para levantar el dedo y cobrar sus dietas puntualmente, así como para en ocasiones especiales vender su voto al mejor postor. Sin duda la política mexicana es sui generis, propia de un país bananero… desafortunadamente.