Adalberto Ríos 
Agencia Reforma

 En diferentes latitudes se guarda memoria de mujeres que dejaron constancia de sus dotes para cambiar el rumbo de la historia.

Diosa de la abundancia
El Imperio Romano abarcó enormes territorios. Su grandeza no se circunscribió únicamente a Italia. En España (Hispania) dejó extraordinaria impronta, destacando Mérida, la augusta ciudad destinada a premiar –con una vida de bienestar– a sus más notables combatientes.   El Teatro Romano de Mérida, en Extremadura, es uno de las más notables edificaciones. Con capacidad para 5 mil 800 espectadores, tiene 13 puertas de acceso, pasillos abovedados, baños, jardines y sitios de culto.
El impresionante escenario tiene dos cuerpos de columnas corintias, de 30 metros de altura y justo en el centro, presidiendo, la escultura de Ceres, deidad femenina de la abundancia, la fertilidad y por ende de la agricultura.
Al llegar el cristianismo, el teatro se abandonó, convirtiéndose en tierra de cultivo. En 1910, comenzó la restauración –que duró todo el siglo 20– y en 1933, volvió a ser teatro y sede del Festival de Teatro Clásico de Mérida, el más antiguo de España, evento anual y magnífica oportunidad para ver revitalizado y en funciones este extraordinario legado de los romanos.

La mujer que transformó el mundo
En el centro de la ciudad de Granada se ubica el monumento conmemorativo del 400 aniversario del viaje de Cristóbal Colón, del escultor Mariano Belliure Gil, realizado en 1892.
Representa el momento en el que la Reina Isabel la Católica concede el permiso a Colón para realizar su histórico viaje a las Indias, con base en las Capitulaciones de Santa Fe, documento que contenía las condiciones para tal exploración.
Llama la atención el esmerado realismo de la obra para representar a los personajes, sus vestimentas, la silla gótica de la reina y hasta la corona.
La actitud respetuosa del explorador ante su majestad, poderosa mujer que en los mismos días fraguaba y lograba la unión de España, la victoria contra los moros, la implantación del catolicismo como única fe, la expulsión de los mudéjares y judíos, el fortalecimiento económico y la expansión del mundo conocido.

Más imponente que su vestuario
Cuando se palpa la magnificencia de San Petersburgo es ineludible percatarse de la huella dejada por Catalina la Grande, la princesa alemana que llegó a Rusia para transformarla.
Elegida para contraer nupcias con Pedro III pronto se percató de la incapacidad de éste, por lo que le arrebató la corona mediante un golpe de estado. Días después, el zar murió misteriosamente asesinado.
Con el nombre de Catalina II gobernó Rusia durante 34 años, incorporándola a las naciones más respetadas de Europa. La zarina adquirió fama por su astucia, visión y arrojo; amplió las fronteras del imperio a costa de Turquía y Polonia, realizó profundas transformaciones económicas y administrativas, y fue respetada por monarcas e intelectuales como Voltaire y Diderot.
Sus aventuras amorosas fueron múltiples y comenzó una colección con 347 obras de arte, que creció a 90 mil, origen del Museo del Hermitage, que ahora suma cerca de dos millones y medio de piezas.
Para introducir las vacunas se ofreció como primera voluntaria, fue una gran lectora y escribió piezas de teatro. El pueblo ruso la reconoció otorgándole un título sólo dado antes a su predecesor Pedro I; Catalina la Grande.
 
La monarca más poderosa de Europa
El Emperador Carlos VI promulgó la Pragmática Sanción, que permitía ocupar el trono a mujeres, recurso para proteger a su hija, en momentos que prevalecía la idea de que sólo los hombres eran adecuados para gobernar.
María Teresa, la niña en cuestión, a partir de su notable inteligencia y carácter, tuvo una sólida formación, que la hizo idónea para gobernar y tomar decisiones. Su matrimonio lo dispuso, más allá de arreglos políticos, como lo demuestra la apasionada correspondencia que intercambió con el duque Francisco Esteban de Lorena, con quien tuvo 16 hijos. Realmente vivieron felices hasta la muerte de éste, hecho que jamás superó.
Además de buena esposa y magnífica madre, se ocupó brillantemente de cuestiones militares y diplomáticas, modernizó el sistema educativo, la administración, el ejercito y la legislación; saneó las finanzas, impulsó las ciencias y las artes, limitó la influencia de la iglesia y disminuyó la mortalidad infantil.
Seguramente su padre jamás imaginó la enorme capacidad de su hija que fue la única, en 650 años, en detentar el poder de todos los territorios de los Habsburgo: Archiduquesa de Austria, reina de Hungría, de Bohemia y emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico.