Luis Muñoz Fernández

Pesa sobre nosotros una pesada herencia millonaria (en años) de la que ni siquiera somos conscientes. Me lo recuerda un párrafo con el que me acabo de topar: “Como nos ocurre con la comida, no estamos evolutivamente preparados para gestionar la abundancia. Cuando hay algo bueno que nos produce rica dopamina lo consumimos hasta que se acaba. Si el cuenco de sopa no tiene fondo, comemos un 73 por ciento más, si la posibilidad de ganar premios es infinita, jugamos hasta desmayarnos”.

Son palabras del libro El enemigo conoce el sistema. Manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención (Debate, 2019), de Marta Peirano, periodista y escritora, que ha atraído la atención de la comunidad bioética. Como muestra, este martes 31 de enero de 2023 dialogará en el Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona sobre su último libro Contra el futuro. Resistencia ciudadana frente al feudalismo climático (Debate 2022).

Decía que no somos conscientes de nuestra herencia evolutiva, pese a que determina en muchas ocasiones nuestro comportamiento a través de hábitos adquiridos y mantenidos durante millones de años. Nos suponemos el último invento de la evolución biológica y olvidamos que, como afirmaban aquellos científicos de antaño, aunque estuviesen en parte equivocados, la ontogenia recapitula la filogenia. De alguna manera, enterradas en las profundidades de la paleocorteza, laten intermitentemente las brasas de experiencias pasadas, algunas lejanísimas en el tiempo.

En el penoso discurrir a través de los miles de años desde que los primeros homínidos se atrevieron a dar algunos pasos fuera de la cuna africana ancestral, los simios a los que pertenecemos hemos vivido casi siempre sumidos en la incertidumbre, presas de una precariedad que no nos ha dejado en paz, incapaces de saber a ciencia cierta si se materializará la posibilidad de una nueva comida, de una nueva cena y del desayuno de mañana. No exagero. Todavía hoy el hambre es, paradójicamente, “el pan nuestro de cada día” para millones de seres humanos. Así lo describe Martín Caparrós:

“Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. Pero entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo. El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad… Ninguna plaga es tan letal”.

Puede ser que esa incapacidad para gestionar la abundancia venga de aquellos miles de años en los que fuimos monos hambrientos, que rara vez conocieron el placer de la saciedad y ese sopor que nos arrastra al sueño después de una comida copiosa. Por eso, cuando pasamos de aquellas extensiones africanas escasas en víveres, aunque pletóricas de depredadores prestos a devorarnos, a los anaqueles repletos de alimentos de un supermercado, perdemos el norte y queremos llenar el carrito con todo lo posible, aunque no lo necesitemos e incluso nos haga daño. No somos capaces de administrar la riqueza. El que la posee quiere multiplicarla y retenerla para sí. Gran mentira esa de que los bienes acumulados y concentrados en unas pocas manos gotean hacia las capas inferiores donde medran los desfavorecidos. Bien se guardan los opulentos de que los resquicios estén sellados y bien sellados.

Esa herencia evolutiva es un lastre que posiblemente explique, por lo menos en parte, la incapacidad para ser equitativos y hacer de la justicia social una realidad. Incluso podríamos reflexionar y admitir que, si esa pesada losa que hemos heredado de nuestros ancestros esirrenunciable, tal vez debamos vivir en la profilaxis de la medianía material. Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.

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