Moshé Leher

Yo de México 1970 recuerdo dos cosas: a Pelé anunciando una baratija en la televisión (y a mí mismo jugando con la baratija de marras en el jardín del abuelo Emilio), y una playera con la mascota del mundial, el tal Juanito, a la que pronto se le cayó la equis.

Este Juanito, visto a 52 años de distancia, es una cosa curiosa: un niño mexicano, con un uniforme del equipo nacional -pantaloncillo blanco, playera y medias verdes-, al que la remera le quedaba pequeña y dejaba al descubierto el ombligo, tocado con un sombrero de zapatista que llevaba, en las letras que creó Pedro Ramírez Vázquez para México 68, la leyenda de México 70; hasta allí todo bien.

Hoy en día sería políticamente incorrecto usar una imagen así: para empezar el tal Juanito era un niño obeso, ergo la imagen poco recomendable de un niño panzón y mofletudo que serviría más bien como ejemplo de hábitos poco saludables; lo del sombrero parece prejuicioso, aunque lo más reprobable de dicha mascota (ya usar a un niño de mascota es una barbaridad) es que el niño del cuento parece más bien de Corea, que de cualquier lugar de México.

Aquí es cuando digo que yo, que aborrezco del patriotismo, tengo en la Selección Mexicana uno de los más vergonzantes placeres culposos. Dicho está.

Y si cuando el torneo de México yo tenía cinco años, el de México 86 me agarró ya casi con 22, viviendo ya por mi cuenta en Guadalajara.

Recuerdo que el partido inaugural, el Italia-Bulgaria, lo vi con unos compañeros en el vestíbulo del hotel Fiesta Americana de la Minerva; lugar donde semanas después, tras un triunfo del TRI, unos amigos fueron a festejar, donde se desataron no sé qué disturbios, y de donde regresaron golpeados porque llegó la policía antimotines y agarró parejo con los de los desmanes y con los ociosos que allí fueron a pegar de brincos y gritos.

En León, con una vieja camioneta Fairmont, fui con personas cuyo recuerdo no me es grato, a ver el URSS-Francia, que fue un empate a uno, la última participación de un equipo soviético en esos torneos, y la ocasión de ver jugar en persona a Michel Platini.

En ese mundial pude ver un Brasil-Polonia, en el Estadio Jalisco y ya no pude ir ni al México-Bulgaria en el Azteca, ni el México-Alemania en el Universitario de Monterrey, a donde sí fueron amigos míos, a donde fui invitado y a los que no asistí por peregrinos asuntos que no vienen a cuento.

Dos juegos mundialistas para mí están bien, lo que quiere decir que en mi bucket list, que ni tengo, ya estaría tachado el renglón de ‘asistir a un mundial’, como lo están ya el de ir a una carrera de Fórmula Uno, una serie Nueva York-Boston en el Yankee Stadium, un Real Madrid-Barcelona en el Camp Nou, ver a Morante en Sevilla.

Dicho lo cual no se me pasa por la cabeza ir a Qatar, a padecer el calor, abstenerme de echarme unos alipuces, so riesgo de ser azotado por un genízaro en una plaza pública, y mucho menos tener que sentirme vigilado por la Guardia Nacional que, entiendo, va ir al Emirato a cuidar que los aficionados mexicas (disfrazados del Santo o del Chapulín Colorado) armen desmanes y pongan, otra vez, por los suelos el prestigio de este pobre país.

Mazel Tov

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