Moshé Leher

Salvo cuando puedo ir a Sevilla, a presenciar los pasos desde la Madrugá y hasta la corrida de Resurrección, a mí esto de la Semana Santa me tiene sin cuidado, no porque sea un hereje -que lo soy a vista de algunos-, sino porque no acabo de entender esta asociación entre días ‘santos’ y bacanal que se estila en esta tierra de paganos.

Sobre todo no acabo de entender la sinonimia entre Semana Mayor y vacaciones casi obligatorias, pues no encuentro nada festivo, ni relajante, ni divertido, en salir de viaje a lugares que, en estos señalados días, son más caros, al menos en este país más peligrosos, y, lo peor, más concurridos -yo, la verdad, entre menos gente me cruce en la vida, mejor, con la consabida excepción sevillana-.

No es que sea misántropo, que lo soy, pero a mi entender no cobra sentido que la gente quiera ir toda a la vez a pueblos, playas, ruinas, ciudades, montañas y demás destinos turísticos, nacionales o internacionales, cada sapo según su pedrada, que no se mueven el resto del año, aunque al final de cuentas, admito, yo no soy nadie para decirle qué hacer o qué no hacer a los demás (iba a decir a mis semejantes, pero paso).

Otro asunto que me evita cualquier tentación de vacacionar en los llamados ‘días santos’, además de mi crónica falta de dinero que malgastar, es que justo en esos días se celebra el Pésaj judío, que no es sino la Pascua mía, que no por casualidad suele coincidir con la Pascua cristiana, la de la Resurrección, en la única festividad de los gentiles (y ya he aclarado suficiente que no hablo de gentiles en el sentido de amables y educados), que, como todas las festividades del judaísmo, se celebra de acuerdo con el calendario lunar: justo la primera luna llena después del equinoccio de primavera.

En lo que respecta a este año, el Pésaj se celebra desde el ocaso del viernes 15 de abril (es decir el Viernes Santo), que en mi calendario corresponde a 14 Nisán (el mes que inicia el calendario hebreo bíblico, no la marca de coches japoneses), y termina al caer la noche del 23 de abril, ya metidos, como estarán ustedes en la saturnina de San Marcos (martirizado, según la leyenda, o la tradición, o lo que a usted se le venga en gana, un 25 de abril, hecho harto dramático que aquí se conmemora con espectáculos rascuaches, peleas de gallos, corrida chafa de toros de mentirita y con ríos de alcohol).

Para ya no meterme en honduras, ni hacer comparaciones entre el Mar Rojo y la marea de borrachos sanmarqueños, digamos que la Pascua judía es una celebración más bien de guardar, que celebra la huída del pueblo israelita de Egipto, especialmente el paso por el citado mar, y casi casi el nacimiento del pueblo de Israel.

Según dónde ande uno, en la Palestina bíblica, o en el resto del mundo (la diáspora), la fiesta dura siete u ocho días, y tiene como días sagrados, de guardar, de no hacer nada, o los dos primeros días o el primero y el último.

Y no, no comemos ni torrijas, ni capirotada, ni romeritos (aunque bien se podría), sino ‘matzá’ (pan ácimo, como el de las hostias: sin levadura), en tanto que dicta la tradición que se deben eliminar en casa los productos ‘jametz’, es decir los fabricados con trigo, centeno, avena, cebada, lo que quiere decir pasteles, galletas, panqueques, pizzas, pastas y un sinfín de productos incluidas las bebidas alcohólicas -aunque no el vino fermentado.

Cerdo, moluscos, langostas, bogavantes, camarones, langostinos, animales marinos sin aletas ni escamas (como las repugnantes anguilas), también están prohibidos, pues de hecho los productos permitidos limitan más la ya magra lista de comida kosher.

Ya ni me meto en asuntos como la noche del Séder, el rezo de la ‘hagadá’, y otros asuntos rituales, que yo mismo ignoro olímpicamente, por varias causas: por no leer hebreo, por ser un judío más bien descreído, por pereza y porque, en suma, al ser el único judío en cientos de kilómetros a la redonda, no soy muy dado a jugar el juego ese del Tío Lolo.

Jag Pesaj Sameaj.

@mosheleher: Facebook, Twitter, Instagram.

¡Participa con tu opinión!