Perspectivas citadinas

Por J. Jesús López García

El arquitecto y grabador Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) estuvo presente en muchos de los descubrimientos arqueológicos que fueron surgiendo en la ciudad de Roma con motivo del renacido entusiasmo por encontrar la “Roma Eterna” que por más de un milenio estuvo siendo sepultada por las colinas y bosques del lugar, así como por la construcción de edificios sobre ella por toda la Edad Media, el Renacimiento y durante el periodo barroco del siglo XVII. El neoclasicismo fue un estilo que funcionó como un detonante para que la disciplina de la arqueología pudiese despegar en el llamado Siglo de las Luces.

Los grabados de Piranesi fueron llamados por su autor como “Vedute di Roma”, que exponían a la ciudad como depositaria de majestuosas construcciones semi sepultadas o semi derruidas, frágiles en ese sentido, muy deterioradas. Durante el siglo XIX retomando ese aire melancólico y nostálgico de este tipo de representación artística, cobró auge el pintoresquismo que era reforzado también por los viajes cada vez más en boga entre la población pues en esos siglos se revolucionaron los medios de transporte y con ellos, el hambre de novedades y de exotismo.

Ese afán por captar lo pintoresco se encontraba lo mismo en la ciudad que en el campo, y gracias a ello, los artistas podían contar con buenos modelos para retratar acompañados de la novedad de tubos de pintura y demás instrumental artístico que les permitió transportar su estudio a donde quisieran. Ahora pueden captarse imágenes por su parte más fáciles de guardar y reproducir, desvelando encuadres de sitios conocidos que pocas veces son tomados en cuenta por el dinamismo de nuestra época.

En algunas ocasiones nos percatamos del agradable remate que representa la figura del Camarín de la Virgen cuando vamos circulando en auto por Álvaro Obregón o por Valentín Gómez Farías, o de la vista de la cúpula de San Antonio al transitar en sentido contrario al flujo vehicular por Zaragoza. De igual manera edificios de todo tipo, pueden ser una revelación si los abordamos desde ciertos ángulos y bajo cierta luz, lo que nos llama a tomar la foto casi de una manera natural, a tal grado que si no contamos con el dispositivo para hacerlo, nos sentimos desvalidos.

Hoy es más sencillo registrar las imágenes que nos llaman la atención que en tiempos de Piranesi, quien tuvo que recurrir a la destreza de su arte para legarnos una serie de vistas espectaculares. Extrañamente también es fácil perder esos registros ante el cúmulo monstruoso de imágenes que podemos guardar. Peor aún es que el objeto de nuestra atención, algún edificio o alguna vista de una calle o de un espacio urbano, terminen siendo modificados y tornarse irreconocibles y es que como las ruinas romanas, el objeto de nuestra atención también es frágil y altamente modificable, basta el cambio de sentido del flujo vehicular, la ampliación de una ventana o puerta, la construcción de una finca vecina que genera una sombra nueva, para que esa vista cambie y con ella una imagen que más que de la experiencia de la ciudad, es parte de la práctica de nuestros recuerdos.

Cualquiera que entre al Chalet Douglas -el edificio comercial y de servicios-, y desde ahí observar a la casona original -el chalet mismo- para encontrarse con agradables vistas de un objeto arquitectónico realizado bajo cánones clásicos todavía. El edificio que lo circunda, tiene la virtud de formar no sólo un telón de fondo al chalet original sino que también propicia esas vistas reposadas en un ejercicio de buena vecindad arquitectónica.

Las vistas de la ciudad de Aguascalientes son parte del patrimonio de la comunidad; son construcciones mentales a partir de objetos físicos palpables que parecen acompañar nuestro día a día,y, de alguna manera funcionan como aglutinante para experimentar una memoria colectiva. O si no, al menos para arraigar nuestro recuerdo personal a un sitio concreto.