Persistencia a la tradición

Por J. Jesús López García

La tradición en la disciplina arquitectónica es un hecho de muy larga data. Durante milenios la arquitectura fue una experiencia humana que propulsaba lo más novedoso en tecnología. Ello cambió hacia el siglo XVIII de manera moderada y luego con acontecimientos que se precipitaron como en una catarata. Desde los procesos de la Revolución Industrial, otras actividades humanas establecieron las primicias de la tecnología dejando a la arquitectura la experimentación con procesos y materiales de otras industrias. Con ello se da pie a la modernidad arquitectónica tecnificada, sujeta a los procesos de mecanización contemporánea, al empleo de materiales y procesos, algunos de ellos ciento por ciento arquitectónicos, como el concreto armado, pero otros derivados de actividades productivas como el acero.

El resultado constructivo de lo anterior fue el cambio radical de la imagen de los edificios y por ende de las ciudades, ello como reflejo de una nueva concepción de las labores humanas en el contexto de un medio cada vez más urbano. Con todo ello sin embargo, las formas de la tradición persistieron de manera común hasta los inicios del siglo pasado como un rechazo al abandono de aquello que se mantuvo presente en los edificios por milenios.

La modernidad arquitectónica caracterizada por la economía de recursos y soluciones puede parecernos fría por su neutralidad fundamental, lo que le hace diversa y moldeable, adaptable y versátil, pero al mismo tiempo, las formas que la tradición fue asentando en nuestro imaginario desde prácticamente la Antigüedad grecolatina, han ido reemplazándose en nuestro gusto merced a la elaboración más cuidadosa que esas configurciones reclamaban.

En los tratados de Leon Battista Alberti (1404-1472) o Sebastiano Serlio (1475-c. 1554), hay dibujos de esos maestros arquitectos que combinan en sus páginas los levantamientos de antiguos edificios, lo mismo que otros pertenecientes a obras de su propia invención, como si dos mil años de historia tuviesen una cristalización común en la arquitectura.

Desde entonces podemos observar las huellas de esos edificios ancestrales dibujados por esos arquitectos tratadistas, múltiples edificios de la primera mitad del siglo XX en nuestra ciudad, y es que esas formas de la tradición se negaban a ser extintas pues eran una manera de construir que se mantuvo a través de las épocas. Ahora pasamos frente a esas fincas y tal vez las consideremos como parte del Aguascalientes “viejito” cuando realmente son relativamente contemporáneas a nosotros, pues al final, la tradición muestra siempre una persistencia ejemplar.

Una finca en la calle Pedro Parga #112, cerca de El Parián, cuenta con dos niveles que rematan en un frontón triangular, similar en su silueta a las fábricas de Palladio en el siglo XVI en la ciudad de Vicenza. El edificio sin embargo carece de las pilastras centrales que componen la fachada de los palladianos, pero sí se muestra enmarcado por las pilastras de los vecinos sobre las que descansan sus propias pilastras. Cornisamientos y dinteles sencillos refuerzan la composición tradicional de la fachada, que sin embargo muestra su actualidad al disponerse en dos plantas siendo la baja, ocupada por un espacio para cochera, cuya puerta, al igual que la peatonal, muestra los rasgos inconfundibles del Art Déco.

Un edificio de apariencia tradicional pero que lleva ya en su constitución muchos de los elementos que caracterizan a la modernidad como viguería de acero, sustitución de adobe por ladrillo y especialmente, espacios completamente involucrados con la vida contemporánea como el auto y el desplante en dos niveles donde el de abajo puede reconvertirse en un local. Aun así, se manifiesta con una imagen que nos es familiar, pues entronca con las formas de la vieja arquitectura que fue desdibujándose a lo largo del siglo XX, pero que se asoma de vez en cuando de manera oculta.