Moshé Leher

Madrid.- En la vísperas de la corrida del muy debatido “Día de la Hispanidad”, vamos a parar, hambrientos, P., su amigo andaluz, gaditano para más señas, a un restaurancito a unos pocos metros de Las Ventas, donde estaba, supongo el Who si who de cierta derecha española, muy de misa de once, de Telemadrid, de Díaz Ayuso, los moderados y de Vox, los que nos recuerdan que no hace tanto este país estaba gobernado por Franco.

A empujones, en medio de tipos con americanas impecables o jerseys anudados al cuello, llegamos hasta la barra, donde unas mujeres histéricas van sirviendo, de muy mala gana, lo que les piden los pocos afortunados que pueden colocarse frente a ellas; yo pido una copa de vino tinto y la mujer me observa con odio, como si le hubiera pedido un elixir tibetano para calmar los desasosiegos del alma. En premio me sirve un pequeño chorro de un vino en un vaso bajo, lo mismo que a P., que siendo madrileño él mismo, ha cometido la osadía de pedir vino blanco.

Días antes, cerca de Sevilla, más o menos en las mismas circunstancias: un bar repleto en víspera de domingo, cerca de la Maestranza, mi hijo y yo somos tratados con una amabilidad exquisita, por el sujeto que tras la barra no sólo va sirviendo tragos y platos, sino acomodando a los grupos que esperan mesa y que, en una lista larga, va anotando en un pizarrón.

No voy, por supuesto que no, a hacer sociología sobre las diferencias que existen entre un madrileño y un sevillano, aunque sí puedo dejar claro, sin muchos giros que la filiación política de los taurinos es casi unánime de derecha, y que ya en tiempos de la Guerra ésta estaba bien definida, como le cuento a mi hijo que el desgraciado banderillero asesinado junto con García Lorca, era más bien una excepción, en un bando donde apenas un puñado de toreros -recuerdo a un tal Durán y el difuso caso de Chenel- se pusieron del lado de la República.

Más complicado sería entrar en esas honduras de los nacionalismos, donde los catalanes ya abolieron la tauromaquia, caso contrario de los vascos que, incluso, acaban de recuperar la Fiesta la Plaza y Feria de San Sebastián, por no hablar a los gallegos que no les va ni les viene, lo mismo que a los astures, en tanto las corridas son un elemento identitario más o menos arraigado en Valencia, pero ya casi extintas en las Baleares e inexistentes en el otro archipiélago.

Complicado porque habría que argumentar sobre esa pugna que mantienen andaluces y castellanos, pero que no se limita a esa manifiesta desconfianza del manchego al sevillano (a los que en España parecen no perdonarles su gusto por pasarlo bien), sino a extrañas querellas entre un granadino, un cordobés o un gaditano con un hispalense, o el profundo sentimiento de pariente pobre de los almerienses respecto a las provincias andaluzas más occidentales.

Lo mismo pasa en otras autonomías, como expliqué alguna vez cuando hablé del nacionalismo vasco de Arana, como un movimiento de suprematismo viscaíno, al margen de alaveses y gipuzcoanos, o las tensiones entre Barcelona provincia y su periferia, un asunto tan complicado como poco interesante para ustedes.

Yo lo que quiero es señalar que es fácil hacer una constatación de las diferencias profundas que existen en estas tierras, con solo ir a los toros e intentar tomarse una copa de vino junto a la plaza, y luego al meterse a la corrida.

En la corrida de los Miura de la Feria de San Miguel, era tal el silencio, que se podía escuchar el aleteo de una solitaria golondrina que sobrevolaba el ruedo, en la de Alcurrucén de la Hispanidad, los alegatos sobre Morante y las exigencias de silencio se reprodujeron toda la tarde allí donde estaba, hasta que el asunto terminó malamente con un tipo amargo llamándole idiota a una mujer que, antes de eso, se la pasó parloteando todo el festejo.

Finalmente las dos corridas se saldaron de buena manera, pero una fue un gozo y la otra un alegato, será que los sevillanos van a disfrutar la corrida y los madrileños a quejarse, no importa de qué, pero a quejarse. Y que conste que de las corridas de mi tierra, donde los más van a ponerse hasta el copete, no hablaré, porque poco tengo de bueno que decir de ese sucedáneo de tauromaquia que nos impuso el señor Bailleres (y su esbirro sevillano, por cierto), y estoy demasiado a gusto acá como para amargarme el rato.

¡Shalom!

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