Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En la colaboración anterior, se inició con la descripción de los tres primeros perfiles, o cualidades, que se requieren para ser un buen maestro: conocer a sus alumnos, saber cómo aprenden y qué deben aprender. Por el interés que existe al respecto, en esta ocasión se presentan otros tres perfiles que la Secretaría de Educación ha señalado como necesarios, en la dimensión 2, tanto para mejorar la práctica docente como para efectos de la evaluación.

Éstos son: un docente que sabe organizar, es decir, que sabe cómo organizar a sus alumnos para que todos aprendan; de tal manera que en unas ocasiones trabajará grupalmente, en otras mediante equipos y cuando se requiera en forma individual; dependiendo de la temática, de los grados de dificultad o la facilidad de la misma, y de las características e intereses de los alumnos. Para ello, desde la planificación de las clases se deben prever las formas de organizar a los educandos; así como también ordenar las actividades que se han de realizar dentro y fuera del salón de clases, con el fin de que los alumnos logren los aprendizajes esperados. Un segundo perfil, de la misma dimensión, consiste en que el docente realice intervenciones didácticas pertinentes que aseguren aprendizajes; en otras palabras, se requiere que el maestro aplique (en el desarrollo de sus clases) métodos, o técnicas, o dinámicas, o estrategias, o recursos didácticos, que despierten interés y aseguren aprendizajes en los alumnos. En el entendido que estas intervenciones didácticas deben ser adecuadas a la naturaleza del contenido programático y tratar de evitar que se conviertan en rutinarias, ajustándolas e innovándolas según los aspectos de estudio y las circunstancias imperantes. Téngase siempre presente que los alumnos son diferentes, que aprenden de diversas formas, que unas cosas les gustan más que otras, que unas cosas se les dificultan más que otras; por tanto, las actividades de aprendizaje, las intervenciones didácticas, los ambientes de aprendizaje y la organización de los grupos, deben ser congruentes e idóneos con esta variedad de situaciones educativas. Y el tercer perfil consiste en que el docente sepa evaluar el trabajo educativo, tanto de los alumnos como de su propia práctica docente. De acuerdo con las nuevas corrientes de pensamiento, ya no es suficiente medir los aprendizajes de los alumnos simplemente con exámenes, y mucho menos si éstos, tan sólo, dan cuenta acerca de la memorización de cierta información; la evaluación más recomendable en los tiempos actuales, dicen los enterados, es la evaluación formativa, la que se hace en todos los momentos en que los alumnos están tratando de aprender: cuando realizan actividades, cuando leen un texto, escriben o hacen ejercicios, realizan investigaciones o estudian, participan con sus puntos de vista, colaboran en tareas con sus compañeros; así como también se debe evaluar la calidad de sus productos o trabajos terminados. En síntesis, se deben evaluar los procesos educativos y sus resultados, incluyendo los que arrojen los exámenes. Por otro lado, se debe autoevaluar, el maestro, el diseño de la planificación y el desarrollo de la clase, la pertinencia de los ambientes de aprendizaje, la idoneidad de los materiales y las estrategias didácticas aplicadas, así como los criterios e instrumentos utilizados para recabar y valorar la información de los procesos educativos. Esto es, así como es integral la formación de los educandos, de igual forma debe ser integral la evaluación de sus aprendizajes. Además, debe quedar claro que la idea central de la evaluación formativa es poner mayor énfasis en aquellos aspectos en donde los aprendizajes han sido endebles para fortalecerlos, o si no han sido comprendidos para volverlos a explicar, con estrategias diferentes, hasta lograr que se aprendan, que se dominen y que formen parte en la vida de cada educando. No se trata, pues, de simplemente calificar para informar a los alumnos que unos tienen 9, otros 7 y otros más 5; la idea y los retos son qué hacer para que los alumnos de 5 obtengan 7 u 8; y qué hacer para que los de 9 obtengan 10. La evaluación, entonces, es para que todos los alumnos mejoren permanente y progresivamente, según sus potencialidades y las intervenciones del docente.

Es el mismo propósito de la evaluación del desempeño docente, para los maestros en servicio. Con la evaluación que se aplique se pretenden detectar las fortalezas de su práctica docente y también sus debilidades; una vez detectadas éstas, y dándose cuenta el maestro de las insuficiencias específicas, tendrá varias oportunidades para superarlas: de manera individual, puede estudiar, capacitarse, actualizarse e innovar sus saberes y quehaceres; también tendrá oportunidades, en su escuela, para mejorar su preparación y su práctica profesional con el apoyo e intercambio de experiencias pedagógicas de sus compañeros docentes y directivos; además, contará con el apoyo y guía de un tutor, designado por las autoridades educativas, para acompañarlo y orientarle en la superación de las deficiencias; y por si no fuera suficiente, tendrá la opción de asistir a cursos ex profeso que se organizarán y desarrollarán para estos casos. De tal manera que, así como se quiere que con la evaluación formativa todos los alumnos aprendan, de la misma forma se pretende que con la evaluación del desempeño todos los maestros mejoren su enseñanza. Por tanto, las oportunidades de mejora son para los alumnos y los maestros. Todo es cuestión de quererlas aprovechar.

¡Participa con tu opinión!