2 de febrero, día de la Candelaria, celebración de la luz… Fiesta de nuestra Señora de San Juan de los Lagos; lleve sus tamales y pague por el Niño que encontró en la rosca de reyes.

Me acuerdo de una expresión de mi mentor, el padre Jorge Hope Macías, en referencia, creo, a una vida carente de gozos y esperanzas. En referencia a esto hablaba el altísimo hombre de “una tierra sin caminos”… ¿Se la imagina? Quizá fuera una tierra seca, sin vegetación; sin una sombra que permitiera guarecerse del Sol y refrescar un poco el ánima. Una tierra sin detalles ni diferencias, toda ella camino que va a ninguna parte. Pobre tierra, toda páramo; la triste consagración de la monotonía…

Y entonces, por contraste, imagino la tierra pletórica de senderos, delineados por las alturas y verdores; los valles y hondonadas, una maravilla porque, señora, señor, un camino es opción y promesa; la invitación a seguirlo, preñada de misterio; algo mágico. Para el caso que hoy ocupa mis pensamientos, este día todos los caminos llevan a San Juan…

El padre Hope me recordó también un poema de Enrique González Martínez, Parábola de los viajeros, la lira terrible que narra el tránsito de un grupo de peregrinos que poco a poco, por fuerza de diversas circunstancias, va desmembrándose, hasta que sólo queda el guía, y detrás de él, el camino reluciente con los huesos de quienes lo acompañaron: “La senda es agria; el fatigoso viaje/dura hace siglos… Cántico y dolor/van rimando los hombres, y no acaba/la peregrinación”.

A su vez -perdone usted esta interminable digresión- este poema trajo a mi mente un cuadro que su autor, el pintor francés decimonónico Fernand Cormon, tituló Caín. En él retrata la eterna peregrinación que el hijo mayor de Adán y Eva realiza junto con su prole, en castigo por el asesinato de su hermano Abel. En el lienzo estos pobres hombres y mujeres transitan en silencio por un desierto, encabezados por un Caín anciano, todos semidesnudos, los semblantes torturados por el Sol que Dios ha enviado a hostigarlos… La expresión de sus rostros es tal, que termina inspirando un sentimiento de compasión.

En fin. Independientemente de lo anterior, me gusta mucho la palabra peregrinación, porque me parece que se trata de una metáfora ideal de la existencia humana: la vida es una peregrinación, y nosotros, peregrinos, con todo y que en ocasiones sea ésta, como lo manifiestan González Martínez y Cormon, fuente de angustias y sinsabores.

Peregrinos somos y en la vida andamos. Vamos de un lado a otro, de una ciudad a otra, de un trabajo a otro, de unos amigos a otros, siempre de peregrinación, a veces con una meta fija en la mente; en los ojos, y otras por pura inercia, porque ya estamos aquí y ya ni modo.

Me gustan la palabra y sus variantes… El diccionario de la RAE le da cuatro acepciones, interesantes todas: 1. Dicho de una persona: andar por tierras extrañas. 2. Ir en romería a un santuario por devoción o por voto. 3. En algunas religiones, vivir entendiendo la vida como un camino que hay que recorrer para llegar a una vida futura en unión con Dios después de la muerte, y, 4. Andar de un lugar a otro buscando o resolviendo algo.

Como puede verse, el término está asociado de manera principal a una dimensión religiosa, que en nuestro caso es mayoritariamente cristiana. Tan fuerte es ésta, que no se nos ocurre asumir que el turista; el que se va a la playa, o el migrante; ese que busca en casa ajena lo que no encuentra en la propia, son también peregrinos. Total que para acabar pronto, el que se mueve peregrina…

Desde luego no sólo los cristianos lo hacen. Ahí tiene usted, por ejemplo, a los que creen que Alá es grande y Mahoma su profeta, que viajan en peregrinación a La Meca, en Arabia Saudita -mi amigo Alejandro Velasco Rivas estuvo en una ocasión en Yakarta, la capital de Indonesia, el país con mayor población musulmana, y me contó que en un cajón del guardarropa de su cuarto en el hotel, había una etiqueta que señalaba hacia La Meca, de seguro para indicarles a los viajeros qué dirección debían adoptar a la hora de rezar-.

Si, como afirmo, el término peregrinación es una metáfora de la vida, esto implica que su significado rebasa con mucho el ámbito de lo religioso, y se relaciona con aspectos tan trascendentes para la vida como el movimiento, la búsqueda, el cambio y el viaje. El peregrino, dijo Perogrullo, está de paso. Todo lo que lo rodea, el cielo y la tierra, el aire, las montañas y las estrellas; todo permanece, pero él terminará yéndose; desapareciendo. De hecho lo está haciendo desde que nació… En alguna medida el peregrino es un ser desvalido, frágil; más frágil que la vida misma. Ha salido de su lugar; se ha aventurado en lo desconocido, en una situación que lo pone en peligro, aparte de que en el lance está librado a sus pobres fuerzas.

Aunque también ocurre que en ocasiones somos lo bastante estúpidos como para comportarnos como si fuéramos a vivir para siempre; como si la vida y lo que poseemos fueran realmente nuestros, y nosotros algo definitivo, inmutable…

En fin. Supongo que algo de todo esto hay en este flujo de personas que comenzó el mes pasado y que culmina en este día; esta corriente inagotable de gente que desde el centro del país converge hacia San Juan de los Lagos, a saludar a doña Mariquita de San Juan. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).

 

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