Itzel Vargas Rodríguez

La violencia se percibe a diario y en todas partes, tal vez el lugar donde se puede encontrar con mayor facilidad es en los programas televisivos. Tenemos por ejemplo las famosas series de los últimos tiempos: The Walking Dead, donde aparecen en cada capítulo sangrientos zombies y es por ley que en el capítulo maten a alguien, o Breaking Bad, una serie sobre el narcotráfico cargada también de escenas violentas, que, aunque cinematográfica y guionísticamente hablando son bastante buenas producciones, no podemos dejar a un lado el comentario de que si las personas no poseen un criterio de expectación o simple entretenimiento, las escenas las pueden hacer parte de su inconsciente, percibiendo la violencia como algo común y de todos los días, donde la sangre y las muertes ya no son vistas como un atentado a la vida, sino como algo que pasa o tiene que pasar.
Hace algunos días ocurrió “el día de la retribución”, el día en el que un joven estadounidense de nombre Elliot hizo certeras la serie de amenazas que realizó en videos subidos a la red, y del que resultaron 7 personas muertas.
No es la primera vez que ocurren acontecimientos tan aterradores del tipo, hace un año ocurrió algo parecido pero contra niños en una escuela primaria, hace dos en Oslo, viniendo de un terrorista que provocó 77 muertes… en fin, la violencia impera en todos lados y deja huella por sus escabrosas acciones.
Y acá, está muy de moda el bullying, un término que de un día para otro empezó a hacerse famoso, a ser pretexto de estudios psicológicos y conformarse en una llamada de atención sobre lo que estaba ocurriendo en los entornos infantiles y juveniles: el acoso escolar. Es muy curioso que el bullying siempre ha existido, tal vez mienta quien diga que de niño no le hicieron algún comentario pesado o hiriente, es algo que siempre ha existido, pero eso sí, tal vez no de las proporciones tan riesgosas como ahora: el punto en que la humillación pública es motivo de gozo sin ningún tipo de raciocinio congruente previo, el punto en el que se atenta contra la vida humana, y el punto en que llegan a haber muertes, que dicho sea de paso, es lo que ha ocurrido en las últimas semanas como ola de lamentables hechos.
¿Cómo es que al parecer los más chicos ya no entienden límites o respeto a la dignidad e integridad humana? La respuesta es multicausal, pero una de ellas es el entorno violento. En esta semana precisamente, profesores de planteles escolares de Sonora, Nuevo León y Coahuila dijeron que el tejido social está devastado por los altos índices de criminalidad, lo que propicia que los alumnos lleguen temerosos a clase y sus conductas de respuesta sean sumamente agresivas, lo que hace que muchos de los maestros inviertan tiempo de clase en tratar de calmar a los estudiantes.
Y la violencia es por bien sabida que es respuesta a muchas carencias sociales: falta de empleo, discriminación, oportunidades educativas, pobreza, marginación… etc.
Pero el punto aquí es la gran cantidad de fuentes de las que un niño o joven está recibiendo mensajes y actos de violencia: televisión, las calles, la escuela, el internet, las familias cuando sufren violencia intrafamiliar, los amigos o escuela (con el bullying), los videojuegos, la música, la publicidad… enfrentan una constante recepción de información violenta que, si no tienen cerca quien los aconseje o les haga diferenciar entre lo bueno, malo, justo, injusto, propicio o no… el respeto a la vida se pierde, la violencia personal emerge y las consecuencias extremas pueden desencadenar por ende que las próximas generaciones del país, tengan actos tan horrorizantes como los de aquellos jóvenes estadounidenses que tiran a matar a todos sus compañeros.
Es muy curioso cómo se pierde tan rápido el respeto por la vida, primero percibiendo entornos violentos en los que los niños cuentan cómo presenciaron una balacera cerca de sus escuelas, cómo vieron a un muerto por la calle, cómo en su videojuego favorito han juntado puntos por matar a tal o cual personaje… y luego en las calles matan a un perro a modo de juego, pero luego entre ese perro y un humano, ya no encuentran mucha diferencia.
Colombia por muchísimos años vivió una situación de excesiva violencia, muy parecida a la que por zonas enfrenta México, y las más recientes generaciones se acostumbraron a vivir así, tanto así, que ahora que viven un entorno relativamente estable, el gobierno ha optado por tomar medidas para educar para la paz, para saber vivirla, disfrutarla y generarla, porque a mucha gente aún le parece extraño vivir en un entorno sin violencia.
Tal vez esa sea una gran carencia actual: educar para la paz, porque se ha visto por siglos en la historia, que tratar la violencia con más violencia, no funciona del todo bien.
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