Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Culpa y obsesión para principiantes

(Nota: Esta cinta se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por la naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico del mismo, pero es responsabilidad del espectador decidir el asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Por alguna razón, esta cinta dirigida por John Lee Hancock (“El Fundador”, “El Sueño de Walt”) está ambientada en 1990, un elemento de la historia que no contribuye en algo discernible más que para subrayar tal vez que un thriller criminal luce y se percibe con mayor autenticidad cuando no hay internet o celulares con GPS que aceleren o faciliten el proceso de investigación. Y esto termina por ser un detalle curioso, ya que el guion del mismo Hancock se afianza del modelo estructural característico de los filmes de suspenso noventeros como “Jennifer 8” (Robinson, ER.U., 1992) o “Besos Que Matan” (Fleder, E.U., 1997) donde una atmósfera depresiva y nihilista acompaña a un protagonista que de una forma u otra busca redención o absolución. “Pequeños Secretos” fluye en esa corriente matizando sus afanes existencialistas con dos actores (Denzel Washington y Rami Malek) que buscan aligerar la carga psicológica de sus personajes mediante una representación más amortiguada que los fríos arquetipos en los que se basan a través de un retrato empático o la práctica de vida familiar, pero tarda demasiado tanto en situar su centro narrativo al preferir mostrar idiosincrasias o detalles superfluos que para cuando llegamos al tercer acto y se nos revela toda intención en su discurso, ha perdió momentum y oportunidad.
Washington hace en esta película lo que sabe hacer mejor, mostrar su rostro desangelado y perpetua mirada triste interpretando a Joe Deacon (“Deke” para los cuates), un ex detective de Los Angeles que se muda al más apacible Condado Kern cuando años atrás un caso de asesinatos contra varias mujeres prácticamente lo anquilosa, más debe regresar cuando un nuevo caso requiere su presencia, pues hay un homicida victimizando jovencitas en la ciudad californiana y decide quedarse para asistir a un joven detective muy respetado en la comunidad policial llamado Jim Baxter (Malek), quien no comparte la perspectiva o metodología penal de Deke, pues él es un joven impetuoso que cree en la ley expedita y, de ser necesario, aplicando todo el rigor de la fuerza legal y física, mientras que Deacon cavila y examina cuidadosamente cada componente de la escena del crimen, acudiendo a forenses y contactos que le puedan otorgar pistas valiosas sobre la identidad del homicida. Al final sus indagaciones los conduce a un desaliñado y ominoso sujeto de nombre Albert Sparma (Jared Leto), quien cuadra con el perfil deseado e incluso con el automóvil visto por la única sobreviviente al ataque del perpetrador, pero tecnicismos y refutes terminan por dejar libre a Sparma, cuya identidad y propósito argumental no se revelará hasta el clímax, uno que puede complacer o frustrar al espectador según su grado de involucramiento en la trama.
Particularmente, el proceso logró distanciarme, ya que Hancock opera bajo la consigna de que tres actores ganadores del Oscar bastan para dotar de credibilidad a su proyecto y llevar la historia en automático sin preocuparse por darle cincelado más fino a un guion muy romo que se contenta con ciertas excentricidades como el mostrar a Deke en su cuarto de hotel visualizando y hablándole a las víctimas o la misma interpretación de Leto, quien debe proyectar tal ambigüedad como para que la audiencia deba adivinar si es o no el asesino hundiendo su interpretación en manierismos innecesarios o guturalidades varias. La buena fotografía y el cuidado trabajo de montaje, así como un correcto desempeño por parte de Washington hacen del filme algo más sostenible, sin embargo, no compensan adecuadamente el resto de fallas que posee. No hablamos de un filme completamente malogrado, tan solo uno cuyas partes defectuosas o débiles superan a las más robustas o sólidas.

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