Luis Muñoz Fernández

Veo tumores casi todos los días. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, cortaba por la mitad un riñón cuyo polo superior contenía una esfera de color amarillo anaranjado. Es mi trabajo. Examinar órganos y tejidos a simple vista, seleccionar aquellos fragmentos que deben ser preparados para su análisis, someterlos al proceso químico que permitirá cortarlos en delgadísimas rebanadas cuyo grosor oscila entre cuatro y seis milésimas de milímetro y solicitar las tinciones que me permitirán observarlos nítidamente con el microscopio.

La mayoría de las ocasiones basta con lo dicho para establecer el diagnóstico, lo que significa que ya podré escoger un nombre entre todos los posibles para bautizar al tumor. El nombre es muy importante, porque en sus letras lleva inscrito el tratamiento más apropiado –a veces ese adjetivo es un eufemismo– y lo que podemos esperar de su comportamiento, eso que llaman el pronóstico. En otras ocasiones, es necesario ir más allá del microscopio y emplear técnicas que nos permiten asomarnos al silencioso mundo molecular y descender los últimos peldaños de la organización de la materia viviente.

Salvo contadas excepciones, los tumores que llamamos benignos no amenazan la existencia de su huésped. Y, aunque los malignos son todo lo contrario, en esa familia se puede encontrar de todo. Desde los que crecen despacio, permiten su pronta detección y ofrecen la oportunidad de ser erradicados –sacados de raíz–, hasta los que, ocultos en algún rincón de la anatomía, no dan aviso, crecen con rapidez, consumen con voracidad la savia vital y, cuando los detectamos, no hay poder humano que los venza.

La relativa lejanía del lecho del dolor tiene algunas ventajas para los que, como yo, nos dedicamos a estudiar y diagnosticar las muchas caras del cáncer. Disociados del enfermo en el que han crecido, los tumores son menos siniestros y uno puede interrogarlos hasta poner en evidencia su verdadera naturaleza. Cada caso que estudiamos es una incógnita que espera su solución. Una especie de juego de las adivinanzas con reglas estrictas y tentaciones que deben ser conjuradas. Necesito calma, concentración, trabajar sin prisas, pero sin tiempos muertos.

Puedo imaginarme la forma en la que el tumor crece dentro del enfermo. Lo he visto en algunos cadáveres que me ha tocado disecar y estudiar. Recuerdo en este momento a un joven de unos 15 años cuyo hígado había quintuplicado su peso debido a los implantes de un tumor originado en uno de sus testículos. Nunca he vuelto a ver un hígado tan grande, ocupado por múltiples nódulos tumorales formados por un tejido similar a la placenta. A ese tumor lo llamamos coriocarcinoma. Sus células malignas nadan en lagos hemorrágicos porque les gusta invadir y romper vasos sanguíneos, como hace la placenta al obtener de la circulación materna los nutrientes que el feto necesita para crecer. Al pensar en ello, caigo en la cuenta de que el desarrollo, la enfermedad y la muerte no son sino facetas de la misma vida.

Es una de las historias del cáncer con el que convivo todos los días. Estando en contacto con él, uno aprende a tenerle respeto. A prepararse para estar a su altura. A mostrar optimismo solamente cuando sabemos lo suficiente, hacemos lo correcto y el tiempo nos permite confirmar nuestras esperanzas. A no caer en la tentación de utilizar el misterio que lo rodea y el terror que infunde para especular con ellos.

Una enfermedad así no solamente desafía la vida del enfermo. También pone a prueba la integridad moral y la solidez científica del médico.

 

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