Ricardo Vargas

 

Cuando se habla de una paradoja, se habla de una acción o intención que va en sentido contrario a la lógica, y que a pesar de que se pueda dar de forma aparentemente natural, rompe todo el sentido común. Ejemplos como este hay varios, algunos sencillos y muy conocidos. Está por ejemplo la teoría de Khazzoom–Brookes, dos reconocidos economistas que argumentaban que lograr una eficiencia energética llevaría eventualmente a un incremento en los niveles de consumo de energía. Es decir, lograr los mismos resultados utilizando menos energía eventualmente llevaría a esa sociedad a consumir más energía. Lo explican en tres sencillos puntos; una energía más eficiente vuelve también más eficiente su función de costos por lo que el precio final al consumidor disminuiría también y llevaría a un incremento en la demanda. El segundo punto habla sobre el efecto que tiene una energía más eficiente en la economía, pues dicho insumo tan importante lograría impulsar un mayor crecimiento económico al ser un recurso importante en funciones de producción de los diferentes sectores económicos. Este mayor crecimiento económico llevaría a que se tuviera que consumir más energía, para sustentar dicho crecimiento. Por último, una energía más eficiente hace que las empresas y agentes productivos incorporen sistemas de producción que utilicen de manera intensiva este recurso, pues se ha vuelto más barato.

Entonces, paradójicamente, lograr conseguir una energía más eficiente finalmente llevaría a que se consuma más energía que antes. Esto es una paradoja.

Esta semana se dio a conocer que Pemex registró en 2019 pérdidas netas por 18,367 millones de dólares. Esto es un 91.8% mayor a lo que se perdió en todo 2018 (9,575 millones de dólares). Sólo como dato comparativo, esto es casi dos veces el costo de lo que hubiera sido terminar el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en Texcoco.

Que Pemex registre pérdidas no es noticia nueva, pues el boom petrolero que vivimos en nuestro país fue ya hace muchos años, y nos hemos acostumbrado a escuchar que la paraestatal anualmente pierde más y más dinero. Definitivamente no con la magnitud y la rapidez con la que lo hizo en 2019, pero sí es “normal” ver a Pemex perder dinero. Esto se da en un contexto de apoyo constante por parte del Gobierno Federal, que año con año le extiende un cheque en blanco para lograr lo que en este sexenio llamamos “rescate de la soberanía nacional”. Se entiende, hasta cierto punto, esta postura del Gobierno. Afortunadamente el mercado de las gasolinas se comenzó a abrir en México con la Reforma Energética impulsada en el sexenio anterior. Y naturalmente, el Estado es un participante más en este mercado, por lo que es lógico que defienda a su empresa. Lo que parece extraño, y fuera de toda lógica, es que cualquier agente económico destine más y más recursos a una empresa que pierde más y más dinero. Obtener mayores pérdidas, con mayores aportaciones de capital. Suena paradójico.

Lo que no hemos logrado entender completamente en ese tema es que el Estado es un agente regulador, no es un participante dentro del mercado. No se puede ser juez y parte, y la vocación del Estado es sin duda la de un agente regulador. ¿Cómo serían hoy los servicios de telefonía y telecomunicaciones en nuestro país si el Estado siguiere siendo el único participante?

 

“Nunca digas de esta agua no beberé…”

Esta semana el tipo de cambio USD/MXN registró una variación positiva importante, pasando de 18,8954 en su cotización spot al inicio del lunes, a cerrar el día de ayer sobre los 19.6000 pesos por dólar. Es decir, el peso mexicano se depreció en sólo una semana un 3.72%. Durante el último mes, esta depreciación es cercana al 5%. No es realmente un indicador que deba preocuparnos ni por el cual deberíamos ajustar decisiones de política económica, pues esto es una respuesta de los mercados internacionales, particularmente en esta última semana pues de forma generalizada los mercados de capitales en todo el mundo registraron pérdidas importantes frente a los temores por la rápida expansión del virus COVID-19 (referido comunmente como coronavirus). En este entorno, el dólar representa un activo seguro y de bajo riesgo, por lo que se vuelve atractivo para inversionistas. En consecuencia, esta moneda se aprecia frente a otras divisas internacionales como nuestro peso mexicano. El problema con esto no es la depreciación, sino que nuestro Gobierno Federal ha estado presumiendo durante los últimos meses un tipo de cambio “bajo y estable” como un resultado del buen caminar de la economía mexicana, cuando en realidad se debió a una falta de apreciación del dólar. Será interesante ver qué se dice ahora del tipo de cambio desde Palacio Nacional. Probablemente ahora el dólar “no sea importante” para definir el desempeño de nuestra economía.

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