El pasado 31 de marzo se cumplieron 110 años del nacimiento del único Premio Nobel de Literatura mexicano, Octavio Paz, un ser humano cuya trascendencia fue más allá de su contribución poética y literaria; pues su incidencia ensayística y, por ende, intelectual marcaba pauta y conciencia del quehacer del país.
Comenzó en plena juventud a escribir ensayos sobre literatura, historia, política, arte y ciencia, destacando principalmente por la marcada influencia del modernismo y surrealismo. Con obras como «El laberinto de la soledad» o «Piedra y sol», sorprendió, mezclando de forma crítica tanto lo cultural, lo social como lo político de la época. Pudiendo ser considerado uno de los intelectuales más importantes del siglo XX en México y Latinoamérica.
Como ejemplo, su postura ante la masacre en Tlatelolco en 1968, la cual calificó como “represión sangrienta”, y determinó que no podría seguir como embajador en la India argumentando que no podía continuar representando a un gobierno que había obrado de una manera tan abiertamente opuesta a “mi manera de pensar”. Parte de la carta que envió al entonces secretario de Relaciones Exteriores de México, Antonio Carrillo Flores: “Anoche, por la BBC de Londres, me enteré de que la violencia había estallado de nuevo. La prensa hoy amplía y confirma la noticia de la radio: las Fuerzas Armadas dispararon contra una multitud compuesta en su mayoría por estudiantes. El resultado: más de veinticinco muertos, varios centenares de heridos y un millar de personas en la cárcel. No describiré a usted mi estado de ánimo. Me imagino que es el de la mayoría de los mexicanos: tristeza y cólera.” Imaginemos el impacto que dicho acto provocó en los jóvenes y el gobierno, por un lado, un grupo de inquietos y críticos estudiantes que convivieron con la sangre, los toletes, la cárcel y la muerte, y que un alto funcionario se solidarizara pudo ser una bocanada de esperanza en su romántica lucha, y por el otro, que un intelectual renunciara a un gobierno soberbio y empoderado, pudo ser un golpe que sacudió su esencia autoritaria.
Hoy, a 110 años de su nacimiento, además de recordarlo, tendría que motivarnos y concientizarnos del valor de hombres y mujeres influyentes intelectualmente que se pongan del lado de los valores de la democracia y la patria, sin importar quién esté (mal)ejerciendo el poder en nuestro país.