Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

En El Sauz, la población donde concluyó la visita a Chihuahua, viven casi 1,500 personas, que no vi por ninguna parte, y sin duda esto contribuyó a generar una atmósfera como de encantamiento, las anchas avenidas, las casas silenciosas, el azul de un cielo sin industria ni ruido ni humos, y en el lugar donde bajamos, el museo, que en mi inútil opinión constituyó la cereza del pastel de este recorrido, quizá por los factores anteriores, a los que habría que sumar el edificio, también propiedad de Luis Terrazas, la enorme dignidad del espacio, el lugar en que se encuentra, esas llanuras interminables, en donde fácilmente cabe Aguascalientes, y desde luego la orgullosa y entusiasta atención del joven treintañero que nos atendió, y cuyo nombre se me escapa, por desgracia, director del museo, guía, y quizá intendente.
De entre todos los museos de esta vida, el del Sauz es muy especial, porque está dedicado al pueblo apache, su historia, sus luchas, su cultura, que floreció en lo que es hoy el sur de los Estados Unidos y el norte de México. Ahí son admirables las máscaras, las indumentarias, los amuletos, los collares, todo ello impecable, en un marco de piedra y madera del edificio, y quizá adobe.
Termino; ya termino este recuento de un viaje que ahora, por obra y gracia de estas líneas, se tornará inolvidable, pero no quiero hacerlo sin decir una palabra sobre el calabozo donde el Padre de la Patria pasó sus últimos días de vida. El lugar es la base de una torre, ubicada en el subterráneo del centro cultural Casa Chihuahua, al que se accede a través de una escalera o un elevador. Antes de la inauguración de la exposición de fotografías de Tina Modotti a la que asistimos los titulares de cultura visitantes, bajamos y nos encontramos con un lugar inhóspito, oscuro, muy alto, con dos arcos en el techo. Es una construcción rústica, de piedra ennegrecida, que nada tiene que ver con el edificio del antiguo Palacio Federal, y que sobrevivió al derrumbe de la construcción original, un colegio jesuita de la época virreinal.
En la penumbra del lugar distinguimos una recreación del espacio del religioso, un camastro con una cobija, un crucifijo, una mesita con unos papeles, un libro y un par de escudillas con pan y queso, una pluma, auténtica pluma de ave, para escribir, y un banquito.
La mujer que custodia ese lugar sagrado nos cuenta la historia del edificio, e informa de unos versos escritos por Hidalgo en alguna parte del lugar, con carbón, que obviamente se fueron borrando y se perdieron. Afortunadamente alguien tuvo la precaución de transcribirlos y luego fueron fundidos en placas metálicas y colgadas en la pared.
Son los versos simples de un hombre complejo, hijo de la Ilustración francesa que sueña con triunfo de la razón, aunque produzca monstruos; un hombre que ha recorrido una buena parte del virreinato soliviantando al pueblo, inflamándolo con el fuego de… ¿Qué clase de fuego iluminó a Hidalgo, a Allende? ¿El de la libertad, el de la luz de la razón? En fin. Es la palabra del hombre que sabe con certeza el momento de su muerte y ya comienza a disfrutar de la liberación que le significará, dadas las circunstancias en que se encuentra -pasó 98 días encerrado en esa oscuridad, en pleno calor chihuahuense, y sin esperanza alguna, la imposibilidad de dar marcha atrás, o adelante… Atrapado en esa oscuridad, sin libros ni luz…
En la penumbra del lugar, la guía lee los versos para nosotros; y mientras escucho su voz recuerdo otros momentos de la jornada, la manera como cada uno de nosotros, estados o personas, nos apropiamos la porción de Historia que nos toca, la contamos a otros, no sin un sentimiento de orgullo, la reinventamos y la compartimos con quien quiera escucharnos… Se me figura que la Historia -así, con H-, es como un reflector, a veces racional, a veces caprichoso, frecuentemente violento, en ocasiones pacífico, un reflector, digo, que va recorriendo el territorio, iluminando un lugar a la vez, para luego dejarlo en penumbras, o en la más grande de las oscuridades, hasta otra ocasión, o hasta nunca. En Chihuahua atesoran el lugar de la prisión del Padre de la Patria y de su sacrificio, Juárez y la defensa de la República en contra de los franceses y sus aliados nacionales, y finalmente de la Revolución, que resulta impensable sin Chihuahua, por lo menos en sus etapas maderista y constitucionalista.
Nosotros presumimos a Hidalgo en la hacienda de San Blas, aquella noche de enero de 1811 en que fue defenestrado, pero sobre todo, y por encima de todo, nos apropiamos de la Soberana Convención Militar Revolucionaria. Estos son los dos momentos en que el reflector de la Historia Patria se ha posado en esta tierra, la segunda ocasión con una intensidad equiparable a cualquiera de los acontecimientos que enorgullecen a otros. Recordamos la convención, tenemos un fraccionamiento con ese nombre, una avenida, la antigua circunvalación, y desde luego en nuestro tranvía.
Como digo, la guardiana de ese lugar lee los versos para nosotros, aunque pensándolo bien, en realidad no hay tal, porque la oscuridad del lugar, un subterráneo, impide leer nada sin el apoyo de la luz: en rigor la mujer los dice de memoria, y lo hace orgullosamente, sabedora de ser custodia de un espacio cívico de trascendencia nacional, no sin declarar, la voz dominada por el orgullo, que ya tiene 15 años ahí. Y dice:
Ortega, tu crianza fina, /tu índole y estilo amable/siempre te harán apreciable/aun con gente peregrina/Tiene protección divina/la piedad que has ejercido/con un pobre desvalido/que mañana va a morir/y no puede retribuir/ningún favor recibido.
Melchor, tu buen corazón, /ha aunado con pericia/lo que pide la justicia/y exige la compasión; /Das consuelo al desvalido/en cuanto te es permitido, /partes el postre con él/y agradecido Miguel/te da las gracias rendido. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com